El Rencor de Emiliano: Lo que Aprendí del Nuevo Esposo de Mamá
—¿Por qué tiene que quedarse aquí? —grité, apretando los puños tan fuerte que sentí las uñas clavarse en la palma. Mi mamá me miró con esos ojos cansados que últimamente siempre tenía. Ernesto, el hombre que acababa de entrar a nuestra vida, se quedó parado en la puerta del departamento, con una sonrisa incómoda y un ramo de flores marchitas en la mano.
—Emiliano, por favor, compórtate —susurró mamá, como si tuviera miedo de que los vecinos escucharan.
Pero yo no quería comportarme. Tenía ocho años y lo único que quería era que mi papá regresara. Que las cosas volvieran a ser como antes, cuando los domingos íbamos todos juntos al parque Chapultepec y mi mamá reía de verdad, no como ahora, con esa risa forzada que se le escapaba solo para no llorar.
La primera noche que Ernesto durmió en la casa, me encerré en mi cuarto. Escuchaba sus pasos pesados por el pasillo, su voz grave hablando con mamá en la cocina. Me tapé los oídos con la almohada, pero igual escuché cuando le dijo:
—Dale tiempo, Lucía. Es normal que esté confundido.
Confundido. No estaba confundido. Estaba enojado. Y triste. Y solo.
A la mañana siguiente, Ernesto intentó acercarse. Me trajo un pan dulce y un vaso de leche.
—¿Te gustan las conchas? —preguntó, sonriendo como si nada pasara.
No le respondí. Solo lo miré con odio. Él suspiró y dejó el desayuno sobre la mesa.
—Cuando yo tenía tu edad, también extrañaba a mi papá —dijo en voz baja.
Quise gritarle que no me importaba su historia, que él nunca iba a ser mi papá. Pero me quedé callado. Mamá entró a la cocina y me acarició el cabello.
—Dale una oportunidad, Emi —me pidió—. No es malo.
Pero para mí sí lo era. Era el hombre que había ocupado el lugar de mi papá. El que hacía reír a mamá cuando yo ya no podía.
Las semanas pasaron y Ernesto seguía ahí. A veces intentaba ayudarme con la tarea o me invitaba a ver partidos de fútbol en la tele. Yo siempre encontraba una excusa para irme a mi cuarto o salir a jugar con mis amigos en la vecindad. Mis amigos decían cosas:
—¿Y tu papá? —preguntó un día Diego, mientras jugábamos canicas en el patio.
—Se fue —respondí, encogiéndome de hombros.
—¿Y ese señor quién es?
—Nada —mentí—. Solo un amigo de mi mamá.
Pero todos sabían la verdad. En la escuela también lo sabían. Un día, la maestra Carmen me llamó después de clase.
—Emiliano, ¿todo bien en casa?
No supe qué decirle. Solo bajé la cabeza y apreté los dientes para no llorar.
Las peleas entre mamá y yo se hicieron más frecuentes. Una noche, después de una discusión especialmente fuerte porque Ernesto había ido a recogerme a la escuela sin avisarme, le grité a mamá:
—¡Ojalá nunca lo hubieras traído! ¡Ojalá papá regresara!
Mamá se tapó la cara con las manos y empezó a llorar. Ernesto entró corriendo y me miró con una mezcla de tristeza y cansancio.
—No quiero reemplazar a tu papá —dijo—. Solo quiero ayudarte a ser feliz otra vez.
Pero yo no quería escuchar. Salí corriendo del departamento y bajé las escaleras hasta la calle. Caminé sin rumbo por las calles ruidosas de la colonia Narvarte, esquivando puestos de tacos y vendedores ambulantes. Sentía un nudo en la garganta tan grande que apenas podía respirar.
Me senté en una banqueta y lloré hasta quedarme sin lágrimas. Pensé en mi papá, en cómo solía cargarme sobre sus hombros y contarme historias de cuando era niño en Veracruz. Pensé en mamá, en cómo su sonrisa se había ido apagando poco a poco desde que él se fue.
No sé cuánto tiempo estuve ahí, pero cuando volví a casa ya era tarde y hacía frío. Ernesto estaba esperándome en la entrada del edificio.
—Tu mamá está muy preocupada —me dijo suavemente—. ¿Podemos hablar?
No respondí, pero lo seguí hasta el departamento. Mamá me abrazó tan fuerte que pensé que me iba a romper los huesos.
Esa noche no dormí bien. Soñé con mi papá llamándome desde lejos, pero yo no podía alcanzarlo.
Los días siguieron pasando y poco a poco empecé a notar cosas nuevas sobre Ernesto. No era malo conmigo; al contrario, siempre intentaba ayudarme o escucharme cuando tenía problemas en la escuela. Un día llegó con una bicicleta usada que había arreglado él mismo.
—Era mía cuando era niño —me contó—. La arreglé para ti.
No supe qué decirle. Por primera vez sentí algo diferente: no era odio, pero tampoco cariño. Era como si una puerta se hubiera entreabierto dentro de mí.
Un sábado por la tarde, mientras mamá trabajaba horas extras en el hospital, Ernesto me llevó al parque. Jugamos fútbol y luego nos sentamos a comer helado bajo un árbol enorme.
—Sé que extrañas mucho a tu papá —me dijo—. Yo también extraño al mío todos los días.
Lo miré sorprendido.
—¿De verdad?
Asintió con la cabeza.
—Mi papá murió cuando yo tenía nueve años. Al principio odiaba a todos los que intentaban acercarse a mi mamá… hasta que entendí que ella también necesitaba volver a sonreír.
Me quedé callado mucho rato. Sentí una punzada en el pecho al pensar en mi mamá sola, triste, trabajando tanto para mantenernos.
Esa noche le pregunté a mamá si ella era feliz con Ernesto.
—Sí, Emi —me respondió acariciándome el rostro—. Pero tú eres lo más importante para mí.
Por primera vez desde hacía meses, dormí tranquilo.
No fue fácil aceptar a Ernesto como parte de nuestra familia. Todavía extraño a mi papá todos los días y hay momentos en los que me enojo sin razón aparente. Pero ahora entiendo que el amor no se acaba solo porque las cosas cambian; solo se transforma.
A veces me pregunto: ¿cuántos niños como yo sienten rabia y tristeza cuando sus familias cambian? ¿Cuántos logran perdonar y abrir su corazón otra vez? ¿Y ustedes… han sentido alguna vez ese miedo de perderlo todo?