Esclavitud de fin de semana: Cuando mi suegra no conoce límites

—¿Ya terminaste de limpiar la cocina, Mariana? —La voz de Doña Carmen retumba en el pasillo, seca y cortante, como si cada palabra fuera un látigo.

Me detengo un segundo, con las manos aún húmedas y el corazón acelerado. Afuera, el sol de sábado apenas calienta el patio, pero aquí adentro siento el peso de una tormenta. Mauricio, mi esposo, está en el cuarto de la televisión, fingiendo que no escucha. Yo respiro hondo y respondo:

—Sí, suegra. Ya casi termino.

Pero no es suficiente. Nunca lo es. Desde que me casé con Mauricio y nos mudamos a su casa en Guadalajara, los fines de semana dejaron de ser míos. Doña Carmen tiene una lista interminable de tareas: limpiar, cocinar, lavar la ropa de todos, incluso la de sus otros hijos que ya ni viven aquí. A veces pienso que me ve más como una sirvienta que como parte de la familia.

Recuerdo el primer domingo después de la boda. Llegué a la cocina temprano para preparar café y encontré a Doña Carmen ya despierta, con los brazos cruzados.

—Aquí las mujeres no descansan —me dijo sin mirarme—. Si quieres ser parte de esta familia, tienes que demostrarlo.

Mauricio me había prometido que todo sería diferente, que su mamá solo necesitaba tiempo para acostumbrarse a mí. Pero han pasado dos años y cada fin de semana es igual o peor. Los viernes por la noche siento un nudo en el estómago; sé que al día siguiente me espera una jornada agotadora.

A veces intento hablar con Mauricio:

—¿No crees que tu mamá me exige demasiado? —le pregunto en voz baja, cuando ya estamos solos en nuestra recámara.

Él suspira y me acaricia la mano.

—Es su manera de mostrar cariño… Además, así ha sido siempre con todos.

Pero yo no veo cariño en sus ojos cuando me mira trabajar hasta el cansancio. Veo juicio, veo expectativas imposibles. Veo una competencia silenciosa entre ella y yo por el amor de su hijo.

Un sábado cualquiera, mientras tallo los pisos del patio, escucho a Doña Carmen hablando por teléfono con su hermana en Veracruz:

—Esta muchacha no sabe hacer nada bien. Todo tengo que enseñarle…

Siento las lágrimas arderme en los ojos, pero las reprimo. No quiero darle el gusto de verme débil. Me concentro en la escoba y en la esperanza de que algún día todo cambie.

La situación empeora cuando llega mi cuñada, Paola, con sus dos hijos pequeños. De pronto, también soy niñera. Los niños corren por toda la casa y dejan un desastre tras otro. Paola apenas ayuda; dice que está cansada por su trabajo en el hospital.

Una tarde, mientras recojo juguetes del suelo, Paola se acerca y me susurra:

—No te lo tomes tan a pecho. Mi mamá siempre ha sido así… Yo aprendí a ignorarla.

Pero yo no puedo ignorarla. No puedo dejar de sentirme invisible, como si mis esfuerzos nunca fueran suficientes.

El colmo llega un domingo por la tarde. Estoy terminando de planchar las camisas de Mauricio cuando Doña Carmen entra al cuarto sin tocar.

—¿Por qué tardas tanto? —me reclama—. Cuando yo tenía tu edad ya había criado a cuatro hijos y trabajado en el mercado.

Me muerdo los labios para no llorar. Siento rabia y tristeza al mismo tiempo. ¿Por qué tengo que demostrar mi valor así? ¿Por qué nadie ve lo cansada que estoy?

Esa noche, después de cenar, reúno el valor para hablar con Mauricio frente a su mamá.

—Ya no puedo más —le digo con voz temblorosa—. Necesito descansar los fines de semana. Necesito sentirme parte de esta familia y no solo la empleada.

Doña Carmen me mira con frialdad.

—Si no te gusta cómo se hacen las cosas aquí, puedes irte —dice sin titubear.

Mauricio se queda callado. Siento que el mundo se me viene encima. ¿De verdad tengo que elegir entre mi dignidad y mi matrimonio?

Esa noche duermo poco. Pienso en mi mamá allá en Michoacán, en cómo siempre me enseñó a defenderme pero también a respetar a los mayores. ¿Dónde está el equilibrio? ¿Cuándo se vuelve injusto el sacrificio?

Al día siguiente, mientras preparo café para todos, Doña Carmen entra a la cocina y me observa en silencio. Por primera vez noto cansancio en sus ojos.

—No creas que es fácil para mí tampoco —me dice bajito—. Pero aquí nadie regala nada…

No respondo. Solo asiento y sigo sirviendo café. En ese momento entiendo que ambas somos prisioneras de las expectativas familiares; ella también fue nuera alguna vez, también tuvo que demostrar su valor ante otra mujer dura y exigente.

Pero eso no justifica el dolor ni la soledad que siento cada fin de semana.

Hoy escribo esto mientras escucho las risas lejanas de los niños y el murmullo constante de la televisión donde Mauricio se refugia. Me pregunto si algún día podré romper este ciclo sin perderlo todo.

¿Hasta cuándo debemos sacrificar nuestra felicidad por cumplir expectativas ajenas? ¿Cuántas mujeres más viven esta esclavitud silenciosa dentro de sus propias casas?