¿Cómo pudo hacerlo?
—¿Cómo pudiste hacerlo, papá? —grité, con la voz quebrada y los ojos llenos de lágrimas, mientras veía a esa mujer sentada en el sillón que hasta hace poco ocupaba mi mamá. El eco de mis palabras retumbó en la sala, y sentí que el aire se volvía más pesado, como si la casa entera compartiera mi dolor y mi rabia.
Me llamo Lucía Ramírez. Tenía quince años cuando mi mamá murió de cáncer. Fue un proceso largo, doloroso, lleno de hospitales públicos saturados, médicos apurados y noches enteras rezando a la Virgen de Guadalupe para que le diera fuerzas. Mi papá, Ernesto, siempre fue un hombre callado, trabajador, pero desde que mamá se fue, se volvió una sombra. O eso pensé… hasta que apareció ella.
Aquel día volví corriendo de la escuela, emocionada porque papá había prometido llevarme al teatro municipal a ver una obra de Lorca. Era nuestro pequeño ritual desde que mamá enfermó: buscar momentos para olvidar el dolor. Pero al abrir la puerta, sentí que algo no estaba bien. El aroma a café recién hecho no era el mismo; había un perfume dulce y extraño flotando en el aire. Y ahí estaba ella: Patricia. Sentada en el sillón, con las piernas cruzadas y una sonrisa incómoda.
—Hola, Lucía —dijo, como si nada pasara.
No respondí. Solo miré a papá, esperando una explicación. Él bajó la mirada y murmuró:
—Lucía, quiero que conozcas a Patricia. Ella… ella va a quedarse con nosotros un tiempo.
El mundo se me vino abajo. ¿Un tiempo? ¿En nuestra casa? ¿En la casa de mi mamá? Sentí náuseas. Corrí a mi cuarto y cerré la puerta con llave. Lloré hasta quedarme dormida.
Las semanas siguientes fueron un infierno. Patricia intentaba ser amable, cocinaba arepas los domingos y me preguntaba por la escuela. Pero yo no podía soportar verla usando el delantal de mi mamá ni escuchando su risa en la cocina donde antes solo se oía la voz dulce de mi madre cantando boleros. Mi papá evitaba las conversaciones difíciles; se refugiaba en el trabajo y llegaba tarde casi todas las noches.
Una tarde, mientras hacía tarea en la mesa del comedor, escuché a Patricia hablando por teléfono en voz baja:
—Sí, amor… sí, ya casi termino aquí…
Me quedé helada. ¿Amor? ¿Con quién hablaba? ¿Acaso tenía otro hombre? La idea me llenó de una extraña satisfacción y miedo al mismo tiempo. ¿Y si solo estaba usando a mi papá? ¿Y si él volvía a quedarse solo… o peor aún, si terminaba más roto?
Esa noche enfrenté a Patricia:
—¿A quién llamabas? —le pregunté sin rodeos.
Ella me miró sorprendida y luego suspiró:
—Lucía, sé que esto es difícil para ti. No quiero reemplazar a tu mamá. Solo quiero ayudar…
—¡No necesito tu ayuda! —le grité— ¡Y tampoco la necesita mi papá!
Ella se quedó callada. Por primera vez vi tristeza en sus ojos. Me sentí culpable, pero no podía evitarlo.
Los días pasaron y la tensión creció. En la escuela mis amigas notaban que algo andaba mal.
—¿Por qué no vienes a las prácticas de fútbol? —me preguntó Mariana.
—No tengo ganas —respondí seca.
No quería contarles lo que pasaba en casa; temía que me juzgaran o peor aún, que sintieran lástima por mí.
Una noche escuché a papá llorando en su cuarto. Nunca lo había visto así. Me acerqué sigilosamente y lo vi sentado en la cama, con una foto de mamá entre las manos.
—Perdóname… —susurraba— Perdóname por no saber estar solo…
Me dolió verlo tan vulnerable. Por primera vez entendí que él también estaba roto, que su manera de sobrevivir era aferrarse a alguien más aunque yo sintiera que traicionaba a mamá.
Al día siguiente decidí hablar con él:
—Papá… ¿la quieres?
Él me miró sorprendido.
—No lo sé, hija… Solo sé que no soporto el silencio… No soporto llegar y no escuchar nada…
Me abrazó fuerte y lloramos juntos. Por primera vez desde que mamá murió sentí que podía respirar un poco mejor.
Pero los problemas no terminaron ahí. Un día Patricia llegó con su hijo pequeño, Diego. Tenía seis años y una mirada triste. Me molestó verlo jugando con mis juguetes viejos, pero cuando lo vi llorar porque extrañaba a su papá (que lo había abandonado), sentí compasión. Nos hicimos amigos poco a poco; jugábamos fútbol en el patio y le enseñé a hacer tareas.
La familia comenzó a transformarse en algo nuevo: caótico, imperfecto, pero real. Aprendí que el dolor no desaparece; solo cambia de forma. A veces me enojo con papá por haber traído a Patricia tan pronto; otras veces agradezco tener alguien más en casa cuando él trabaja hasta tarde.
Un día encontré una carta de mamá entre sus cosas. Decía: “No te encierres en el dolor, Lucía. La vida sigue aunque duela”. Lloré mucho esa noche, pero al día siguiente desperté con menos peso sobre los hombros.
Hoy miro atrás y veo cuánto he cambiado. Sigo extrañando a mamá todos los días, pero ya no odio tanto a Patricia ni culpo a papá por intentar ser feliz otra vez. Entendí que nadie nos enseña cómo seguir adelante después de perderlo todo; solo hacemos lo mejor que podemos con lo que tenemos.
A veces me pregunto: ¿cuánto tiempo es suficiente para dejar ir el pasado? ¿Está mal buscar consuelo en otros cuando el dolor es insoportable? ¿Alguna vez podré perdonar del todo?
¿Ustedes qué harían si estuvieran en mi lugar?