Demasiado tarde para el perdón
—¿Por qué ahora? —me pregunté en voz baja, apretando la carta arrugada entre mis dedos temblorosos. Afuera, la lluvia golpeaba los ventanales del pequeño apartamento en el barrio San Telmo, y el sonido del agua mezclado con el barullo lejano de la ciudad me hacía sentir aún más sola. Habían pasado veinte años desde que mi madre se fue sin decir adiós. Veinte años de silencio, de preguntas sin respuesta, de noches en vela preguntándome si alguna vez volvería a saber de ella.
La carta había llegado esa mañana, traída por doña Rosa, la vecina chismosa del tercer piso. «Mariana, una mujer dejó esto para vos. Dijo que era urgente», me dijo con esa voz entre preocupada y curiosa que siempre usaba cuando olía drama. Yo solo asentí, demasiado aturdida para responderle.
Me senté en la mesa de la cocina, el corazón latiéndome tan fuerte que sentía que se me iba a salir del pecho. Abrí el sobre con manos torpes y leí:
«Hija,
Sé que no tengo derecho a pedirte nada después de tanto tiempo. Pero estoy enferma y necesito verte. Perdóname si puedes. Mamá.»
Las palabras me atravesaron como un cuchillo. ¿Perdonarla? ¿Después de todo lo que pasó? Recordé la última vez que la vi: yo tenía apenas ocho años y ella discutía a gritos con mi papá en el patio trasero de nuestra casa en Villa María. Recuerdo su voz quebrada, las lágrimas en sus mejillas, y cómo salió corriendo con una maleta vieja sin mirar atrás. Mi papá nunca volvió a ser el mismo después de eso. Yo tampoco.
—¿Qué vas a hacer, hija? —preguntó mi papá esa noche cuando le conté de la carta. Él seguía viviendo conmigo, aunque los años y la tristeza lo habían vuelto más callado.
—No sé, papá. No sé si puedo verla —le respondí, sintiendo cómo la rabia y el miedo se mezclaban dentro de mí.
Él suspiró hondo y me miró con esos ojos cansados que parecían haber envejecido siglos desde aquella noche fatídica.
—A veces uno tiene que hacer las paces con el pasado para poder seguir adelante —dijo en voz baja.
Esa noche no dormí. Me quedé mirando el techo, escuchando la lluvia y recordando los días felices antes de que todo se rompiera: los domingos en la plaza, los cumpleaños con torta casera, las canciones que mi mamá cantaba mientras cocinaba. Pero también recordé los gritos, las peleas, el olor a alcohol en el aliento de mi papá cuando llegaba tarde del trabajo, las lágrimas silenciosas de mi mamá en la cocina.
Al día siguiente, decidí ir a buscarla. La dirección estaba escrita con letra temblorosa: Hospital General San Martín, sala 302. Tomé el colectivo 60 y durante el trayecto miré por la ventana, viendo cómo la ciudad pasaba ante mis ojos como una película vieja y gastada.
Cuando llegué al hospital, el olor a desinfectante y las caras cansadas de los pacientes me hicieron sentir aún más nerviosa. Pregunté por mi madre en recepción y una enfermera me acompañó hasta su habitación.
Allí estaba ella: más delgada, el cabello canoso recogido en una trenza desordenada, los ojos hundidos pero aún vivos. Cuando me vio entrar, sus labios temblaron y una lágrima rodó por su mejilla.
—Mariana… —susurró—. Mi niña…
Me quedé parada en la puerta, sin saber si acercarme o salir corriendo. Parte de mí quería abrazarla; otra parte quería gritarle todo lo que había guardado durante años.
—¿Por qué te fuiste? —le solté al fin, la voz quebrada por el llanto contenido—. ¿Por qué nos dejaste solos?
Ella bajó la mirada y sus manos temblaron sobre la sábana.
—No podía más… Tu papá… yo… todo era demasiado. Me sentía atrapada. Pensé que si me iba ustedes estarían mejor sin mí.
—¡Eso no es cierto! —grité—. ¡Te necesitaba! ¡Te sigo necesitando!
El silencio se hizo pesado entre nosotras. Afuera, escuché el llanto de un bebé y el murmullo de las enfermeras en el pasillo.
—Lo siento tanto… —susurró ella—. No hay un solo día en que no me arrepienta.
Me senté junto a su cama y tomé su mano. Era frágil, casi transparente. Por primera vez vi a mi madre no como la mujer fuerte e invencible de mi infancia, sino como una persona rota por dentro.
Pasamos horas hablando. Me contó cómo había intentado rehacer su vida en Córdoba, cómo nunca pudo olvidar a su familia ni perdonarse por lo que hizo. Me habló de noches enteras llorando por mí, de cartas que nunca se atrevió a enviar.
Yo también le conté mi verdad: los años difíciles con papá, la soledad, el miedo a confiar en alguien otra vez. Lloramos juntas por todo lo perdido y lo que nunca sería recuperado.
Los días siguientes volví al hospital cada tarde después del trabajo. A veces hablábamos mucho; otras veces solo nos mirábamos en silencio, como si quisiéramos recuperar todo el tiempo perdido con miradas y caricias tímidas.
Pero el tiempo no perdona. Su enfermedad avanzó rápido y una mañana recibí la llamada: «Señorita Mariana, su mamá ha fallecido esta madrugada».
El dolor fue tan grande que sentí que me partía en dos. En el funeral solo estábamos mi papá y yo; nadie más vino a despedirse de ella. Mientras veía cómo bajaban su ataúd al suelo húmedo del cementerio municipal, pensé en todas las familias rotas por secretos y silencios como el nuestro.
Esa noche volví a casa sola. Me senté junto a la ventana y miré cómo la lluvia caía sobre las calles vacías de San Telmo. Saqué la última carta que mi madre me dejó antes de morir:
«Perdóname si puedes. Te amo siempre».
No sé si algún día podré perdonarla del todo. Pero al menos ahora entiendo su dolor y el mío. Quizás eso sea suficiente para empezar a sanar.
¿Ustedes creen que es posible perdonar cuando ya es demasiado tarde? ¿O hay heridas que nunca cierran?