El Secreto de la Calle Bolívar

—¿Así que eres su esposa? —pregunté, sintiendo cómo el aire se volvía denso en la sala, mientras la mujer frente a mí se apoyaba el vientre enorme con una mano y me miraba con una mezcla de cansancio y desafío.

—En el sentido más literal. Al menos legalmente. Si quieres, te muestro el sello en mi cédula —respondió ella, con un acento que delataba que no era de aquí, de Medellín, sino de algún pueblo perdido en la costa. Sonrió con amargura—. El acta de matrimonio no la traje, discúlpame.

Me quedé helada. El reloj marcaba las nueve y cuarto de la noche. Afuera, los perros ladraban y el eco de una moto retumbaba por la Calle Bolívar. Mi hija Lucía, de apenas seis años, se asomó desde el pasillo con sus ojos grandes y asustados.

—Mami, ¿quién es la señora?

No supe qué responder. Sentí que el mundo se me partía en dos. Mi esposo, Julián, estaba en su turno nocturno en la fábrica de textiles. O eso creía yo. La mujer, que luego supe se llamaba Yamileth, se sentó sin pedir permiso en el sofá gastado y suspiró.

—No vengo a pelear —dijo—. Solo necesitaba un lugar donde dormir esta noche. Julián me prometió que aquí estaría seguro mi hijo… nuestro hijo.

Las palabras me atravesaron como cuchillos. ¿Nuestro hijo? ¿De Julián? ¿Cuánto tiempo llevaba esta mentira? Sentí rabia, vergüenza y una tristeza tan honda que tuve que apoyarme en la pared para no caerme.

—¿Desde cuándo? —pregunté con voz temblorosa.

Yamileth bajó la mirada.

—Hace dos años. Nos casamos en Barranquilla. Él viajaba mucho por trabajo… nunca pensé que tenía otra familia aquí.

Lucía se acercó y me abrazó las piernas. Yo solo podía pensar en las veces que Julián llegaba tarde, en las llamadas que nunca contestaba frente a mí, en los silencios incómodos cuando le preguntaba por sus viajes.

Esa noche no dormí. Yamileth se quedó en el sofá, Lucía conmigo en la cama. Lloré en silencio mientras escuchaba los ronquidos suaves de mi hija. ¿Cómo iba a explicarle todo esto? ¿Cómo iba a enfrentar a Julián?

A la mañana siguiente, antes de que el sol saliera del todo, escuché la puerta principal abrirse. Era Julián. Entró con su uniforme azul manchado de grasa y al verme en la cocina, palideció.

—¿Qué hace ella aquí? —preguntó en voz baja, mirando hacia el sofá donde Yamileth dormía.

—Eso mismo quiero saber yo —le respondí, sintiendo cómo la rabia me subía por la garganta—. ¿Por qué no me cuentas tú?

Julián se pasó las manos por la cara y se dejó caer en una silla. Por un momento pareció un niño asustado.

—No quería hacerles daño…

—¡Pues lo lograste! —le grité, sin importarme si los vecinos escuchaban—. ¿Cuántas mentiras más hay?

Yamileth despertó con el alboroto y se levantó despacio. Se miraron los dos y sentí que sobraba en mi propia casa.

—Julián me prometió que estaría conmigo cuando naciera el bebé —dijo Yamileth—. Pero ahora veo que solo fui otra mentira más.

Julián intentó acercarse a mí, pero retrocedí.

—No sé quién eres —le dije—. No sé si alguna vez te conocí realmente.

Los días siguientes fueron un infierno. Mi mamá vino desde Bello para ayudarme con Lucía porque yo apenas podía levantarme de la cama. Los chismes no tardaron en llegar: las vecinas murmuraban cuando salía a comprar pan; los niños del barrio miraban a Lucía con lástima.

Una tarde, mientras Yamileth estaba en una consulta médica y Julián había desaparecido (según él, buscando trabajo para mantener a «las dos familias»), mi mamá me sirvió un tinto y me miró con esa mezcla de dureza y ternura que solo tienen las madres paisas.

—Mija, usted tiene que decidir qué quiere hacer con su vida. No puede quedarse esperando a que ese hombre cambie.

Yo lloré otra vez. No por Julián, sino por mí misma, por Lucía, por ese futuro que ahora parecía tan incierto.

Esa noche, Yamileth regresó temprano. Se sentó conmigo en la cocina y por primera vez hablamos como dos mujeres heridas, no como rivales.

—No sé qué voy a hacer —me confesó—. No tengo familia aquí y no quiero volver a Barranquilla con esta vergüenza.

La miré y vi su miedo reflejado en mis propios ojos.

—Tampoco sé qué hacer —le respondí—. Pero no es tu culpa. La culpa es de Julián.

Nos quedamos calladas un rato. Afuera llovía fuerte y el sonido del agua golpeando el techo parecía marcar el ritmo de nuestro dolor compartido.

Al día siguiente, Julián volvió con una bolsa de mercado y una cara de arrepentimiento que ya no me conmovía.

—Quiero arreglar las cosas —dijo—. Quiero estar para mis hijos…

Lo interrumpí.

—¿Y qué hay de nosotras? ¿De lo que sentimos? ¿De lo que destruiste?

Julián bajó la cabeza y no supo qué decir.

Esa noche tomé una decisión. Llamé a Yamileth a mi cuarto y le propuse algo impensable:

—Mañana buscaremos un apartamento para ti y tu bebé. Yo te ayudo hasta que consigas trabajo. Pero Julián… él tendrá que decidir si quiere ser padre o seguir huyendo.

Yamileth lloró y me abrazó. Por primera vez sentí compasión por ella; éramos dos mujeres traicionadas por el mismo hombre, pero también dos madres dispuestas a luchar por sus hijos.

Pasaron los meses. Julián intentó volver varias veces, pero ya no había espacio para él en mi vida ni en la de Lucía. Yamileth consiguió trabajo limpiando casas y yo empecé a vender arepas para ayudar con los gastos. Nos hicimos amigas; compartíamos el dolor pero también la esperanza de un futuro mejor para nuestros hijos.

Hoy miro atrás y me pregunto cómo tuve fuerzas para seguir adelante. A veces me despierto pensando si hice lo correcto al perdonar a Yamileth y alejarme de Julián. Pero luego veo a Lucía jugando con su hermanito —el hijo de Yamileth— y entiendo que la familia no siempre es como uno la imagina; a veces hay que construirla desde los pedazos rotos.

¿Ustedes qué harían si estuvieran en mi lugar? ¿Perdonarían o seguirían adelante solas? A veces pienso: ¿es posible reconstruir una vida después de tanta traición?