El silencio de mi hija: Cuando el amor se mide en metros cuadrados

—¿Así que a Emiliano sí le das todo y a mí nada?—. La voz de Lucía retumbó en la sala, tan fría como la lluvia que golpeaba los ventanales esa tarde de agosto. Yo, sentada en mi sillón favorito, apenas podía sostenerle la mirada. Mi nieto Emiliano, con apenas veintitrés años, se había mudado hacía dos semanas al pequeño departamento que logré comprarle con mis ahorros de toda una vida. No era lujoso, pero era suyo. Y ahora, mi hija Lucía me miraba como si yo hubiera cometido el peor de los pecados.

No supe qué responderle. ¿Cómo explicarle que lo hice por amor? ¿Que vi en Emiliano la misma desesperanza que sentí yo a su edad, cuando llegué a esta ciudad desde Veracruz con una maleta y un sueño? ¿Que quise evitarle noches de insomnio y alquileres impagables?

—No es justo, mamá. Yo también soy tu hija—, insistió Lucía, con los ojos llenos de reproche.

Mi hijo mayor, Rodrigo, siempre fue más callado. Él solo me abrazó y me dijo: —Haz lo que te dicte el corazón, mamá. Yo ya tengo mi vida hecha—. Pero Lucía… Lucía no podía entenderlo.

Desde ese día, dejó de visitarme. Las llamadas se volvieron mensajes secos; los domingos familiares se esfumaron como el vapor del café en la mesa. Me quedé sola en este departamento grande y silencioso del centro de la ciudad, rodeada de fotos antiguas y recuerdos que ya nadie quiere escuchar.

A veces me pregunto si fallé como madre. ¿Acaso consentí demasiado a uno y descuidé a la otra? ¿O es que el dinero tiene el poder de romper hasta los lazos más fuertes?

Recuerdo cuando Lucía era niña y corría por el patio con las rodillas raspadas, gritando que quería ser doctora para curar a todos los niños pobres del barrio. ¿En qué momento cambió ese corazón generoso por uno tan duro?

Una tarde, Emiliano vino a visitarme. Traía pan dulce y una sonrisa tímida.

—Abuela, ¿te arrepientes de haberme ayudado?—

Le acaricié el cabello como cuando era niño.

—No, mi amor. Solo me duele que tu mamá no lo entienda—.

Él bajó la mirada.

—Mamá dice que ahora tú eres más mi abuela que su mamá—.

Sentí un nudo en la garganta. ¿Cómo podía explicarle que el amor no se divide, sino que se multiplica?

Las semanas pasaron y la soledad se hizo costumbre. Mis amigas del club de dominó me decían que era normal, que los hijos siempre esperan algo más. Pero yo no quería creerlo. Yo crié a mis hijos con esfuerzo, lavando ajeno y vendiendo tamales en la esquina para pagarles la escuela. Nunca les faltó comida ni cariño.

Un día, decidí llamar a Lucía. El teléfono sonó largo rato antes de que contestara.

—¿Qué quieres, mamá? Estoy ocupada—.

—Solo quería saber cómo estás… si necesitas algo—.

—No necesito nada. Ya vi que prefieres ayudar a Emiliano—.

—Lucía, eres mi hija. Te amo igual que siempre—.

Silencio. Luego un suspiro cansado.

—A veces siento que nunca fui suficiente para ti—.

La llamada terminó ahí. Me quedé mirando el teléfono, preguntándome en qué momento se rompió todo.

Esa noche no pude dormir. Me levanté a ver las fotos viejas: Lucía en su graduación, Rodrigo con su primer trabajo, Emiliano en mis brazos recién nacido. ¿Por qué el amor se vuelve tan complicado cuando hay dinero de por medio?

Al día siguiente, Rodrigo vino a verme. Me trajo flores y me escuchó llorar en silencio.

—Mamá, no te castigues. Hiciste lo correcto. Lucía necesita tiempo para entenderlo—.

Pero yo sabía que el tiempo no siempre cura; a veces solo profundiza las heridas.

Pasaron los meses y la Navidad llegó sin Lucía ni sus hijos. La mesa estaba vacía; solo Emiliano y Rodrigo me acompañaron esa noche. Brindamos por los ausentes y por los recuerdos felices.

En enero recibí una carta de Lucía. Decía: «Quizá algún día pueda perdonarte. Pero ahora solo siento rabia y tristeza». Lloré al leerla, porque entendí que su dolor era real, aunque yo no pudiera compartirlo.

Hoy tengo setenta y cinco años y sigo esperando a mi hija cada domingo. A veces escucho pasos en el pasillo y creo que es ella; pero solo es el viento moviendo las cortinas.

Me pregunto si algún día entenderá que el amor de una madre no se mide en metros cuadrados ni en escrituras notariales. ¿Vale la pena sacrificar la paz familiar por ayudar a un nieto? ¿O debería haber guardado esos ahorros para repartirlos entre todos por igual?

¿Ustedes qué harían en mi lugar? ¿El amor se puede repartir sin herir a nadie? A veces creo que el corazón de una madre nunca deja de romperse.