Cuatro días en casa de mi suegra: El error que nunca volveré a cometer
—¿Estás segura, Camila? —me preguntó mi esposo, Julián, mientras yo repasaba por quinta vez la lista de instrucciones pegada en la puerta del refrigerador.
—No tenemos opción, Julián. Mi mamá está enferma y no puede ayudarnos. Además, tu mamá siempre ha querido pasar más tiempo con Emiliano —respondí, tratando de sonar más convencida de lo que realmente estaba.
Pero la verdad era otra. Mi estómago era un nudo. Emiliano tenía apenas un año y medio y nunca había pasado una noche lejos de mí. Sin embargo, el trabajo me obligaba a viajar a la capital por una capacitación imposible de rechazar. Cuatro días. Solo cuatro días, me repetía como un mantra.
La mañana que nos fuimos, mi suegra, Doña Rosa, llegó temprano a la casa. Traía un vestido floreado y su sonrisa de siempre, esa que a veces me parecía demasiado forzada. Yo le entregué las cuatro hojas tamaño carta con instrucciones: horarios de comida, siestas, canciones para dormirlo, hasta la marca exacta del jabón para su piel sensible.
—Ay, Camila, no te preocupes tanto —me dijo mientras leía por encima—. Yo crié a tres hijos y todos salieron bien.
Pero yo sí me preocupaba. Mucho. Porque Doña Rosa tenía sus propias ideas sobre la crianza: nada de vacunas, remedios caseros para todo y una fe ciega en el poder del agua de manzanilla.
El primer día en la ciudad fue un infierno. No podía concentrarme en las conferencias. Llamaba cada dos horas y siempre era lo mismo:
—Todo bien, Camila. Emiliano está jugando con los perros. Ya comió frijolitos y tortilla —me decía Doña Rosa.
—¿Le diste tortilla? Pero todavía no puede comer maíz…
—Ay, hija, no seas exagerada. Así crecen fuertes los niños aquí en Chiapas.
La segunda noche, Julián me llamó con voz temblorosa:
—Mi mamá dice que Emiliano tiene fiebre.
Sentí que el mundo se me venía encima. Quise tomar el primer autobús de regreso, pero Julián me convenció de esperar. Me pasé la noche en vela, imaginando lo peor: ¿y si era dengue? ¿Y si mi suegra no lo llevaba al médico por confiar en sus tés milagrosos?
El tercer día recibí una llamada inesperada. Era mi cuñada, Mariana.
—Camila, ¿tienes un minuto? —su voz sonaba preocupada—. No quiero meterte miedo, pero mamá está muy cansada. Emiliano lloró toda la noche y ella no quiso llamarte para no preocuparte. Dice que solo es berrinche, pero yo creo que tiene dolor de oído.
Sentí rabia y culpa al mismo tiempo. ¿Por qué Doña Rosa no me había dicho nada? ¿Por qué yo había confiado en ella?
Esa tarde llamé a Julián y le pedí que fuera a casa de su mamá inmediatamente.
Cuando llegó, me mandó una foto: Emiliano dormido en brazos de su abuela, con los ojos hinchados de tanto llorar. Julián lo llevó al médico del pueblo; tenía una infección en el oído y fiebre alta.
Lloré en el baño del hotel como una niña. Me odié por haberme ido, por haber dejado a mi hijo en manos de alguien que no respetaba mis decisiones como madre.
El último día fue el peor. Mariana me escribió otro mensaje:
—Camila, tienes que saberlo: mamá le dio a Emiliano un remedio casero para bajarle la fiebre. No quiso decirle nada a Julián porque sabe que tú te enojas.
Sentí que me faltaba el aire. Llamé a Doña Rosa furiosa:
—¿Por qué no me dijiste nada? ¡Es mi hijo!
—No seas dramática, Camila —me respondió con frialdad—. Aquí siempre hemos hecho las cosas así. Tú eres muy moderna para estas cosas.
Colgué sin despedirme.
Cuando regresé al pueblo, fui directo a casa de mi suegra. Emiliano corrió hacia mí con los brazos abiertos y rompí a llorar frente a todos.
Esa noche discutí con Julián como nunca antes:
—¡Tu mamá no respeta mis decisiones! ¡No puedo confiar en ella!
—¡Es mi madre! ¡Ella solo quería ayudar!
—¡Ayudar no es desobedecerme como madre!
Durante semanas la tensión fue insoportable. Doña Rosa dejó de visitarnos y Julián se encerró en su silencio culpable.
Un domingo cualquiera, Mariana vino a verme:
—Camila, mamá está triste. Dice que tú la odias.
—No la odio —le respondí—. Solo quiero que respete cómo crío a mi hijo.
Mariana suspiró:
—Aquí las cosas siempre han sido así. Pero tú eres diferente… Quizá eso es bueno para Emiliano.
Esa noche me senté junto a Emiliano mientras dormía y pensé en todas las madres de mi pueblo: las que crían con tradiciones antiguas y las que intentamos hacerlo diferente entre críticas y miradas juzgonas.
¿Hice mal en confiar en mi suegra? ¿O es imposible conciliar dos mundos tan distintos bajo el mismo techo?
¿Ustedes qué harían si estuvieran en mi lugar? ¿Hasta dónde llega el respeto por las tradiciones familiares cuando se trata del bienestar de nuestros hijos?