El secreto de la vecindad: La vergüenza de Julián

—¡Julián, otra vez! ¿Por qué siempre tienes que hacer las cosas mal? —gritó Lucía desde la cocina, mientras el olor a arroz quemado se mezclaba con el humo que salía por la ventana abierta. Yo, con la cabeza gacha y las manos temblorosas, trataba de sacar la olla del fuego, pero ya era tarde: el arroz estaba negro y el olor a quemado se impregnaba en toda la casa.

Los gritos de Lucía no tardaron en cruzar las paredes delgada de nuestra casa en el barrio San Martín, en las afueras de Medellín. Sabía que los vecinos escuchaban cada palabra, cada insulto, cada apodo que ella me lanzaba como dardos: «¡Inútil! ¡Desastre! ¡Ni para cocinar sirves!». Y yo, como siempre, solo podía murmurar un «perdón» que se perdía entre el humo y la vergüenza.

No era la primera vez. Desde que nos casamos, Lucía me había puesto mil apodos: «Mi Sol», cuando estaba de buenas; «Mi burro», cuando hacía alguna tontería; «Mi tormenta», cuando todo salía mal. Pero últimamente, los apodos cariñosos habían desaparecido y solo quedaban los otros, los que dolían.

Esa noche, mientras abría las ventanas para ventilar la casa, escuché las risas ahogadas de doña Marta y don Ernesto, nuestros vecinos de al lado. Sabía que mañana todo el barrio hablaría de mí. No era solo el arroz quemado: era la gotera que nunca arreglé, el portón que se cayó porque olvidé soldarlo bien, el perro del vecino que se escapó porque dejé la puerta abierta. Cada error mío era un capítulo nuevo en la novela diaria del barrio.

—¿Por qué no puedes ser como los demás hombres? —me dijo Lucía más tarde, cuando intenté acercarme a ella—. Mira a Ernesto: arregla todo en su casa. O a Pedro: nunca lo ves haciendo el ridículo.

No supe qué responderle. Solo recordé a mi papá, allá en el campo, diciéndome lo mismo cuando era niño: «Julián, ¿por qué eres tan distraído? Mira a tu hermano: él sí sabe trabajar». Siempre fui el torpe, el que rompía los platos, el que olvidaba las cosas importantes.

Esa noche no pude dormir. Escuchaba los murmullos del barrio colándose por la ventana: «Pobre Lucía, le tocó un bueno para nada»; «Ese Julián sí que es un caso perdido»; «¿Viste cómo quemó el arroz?». Me tapé la cabeza con la almohada y quise desaparecer.

Al día siguiente, mientras barría la acera tratando de evitar las miradas de los vecinos, doña Marta se acercó con su sonrisa falsa:

—Ay Julián, ¿otra vez problemas en casa? Si necesitas ayuda para arreglar algo, avísame. Mi Ernesto es muy bueno con las manos.

Sentí cómo me ardían las mejillas. Solo pude sonreír y agradecerle, aunque por dentro quería gritarle que no necesitaba su lástima.

En la tienda del barrio, los chismes volaban como moscas alrededor del pan dulce:

—Dicen que Lucía ya no aguanta más —comentó Rosa—. Que cualquier día lo deja y se va con sus hijos donde su mamá.

—¿Y quién puede culparla? —respondió otra—. Ese hombre no sirve ni para cuidar un gato.

Compré lo necesario y salí rápido, sintiendo las miradas clavadas en mi espalda.

Esa tarde, mientras intentaba arreglar la gotera del baño —otra vez—, mi hijo Mateo entró al baño y me miró con esos ojos grandes que heredó de su madre:

—Papá, ¿por qué mamá siempre te grita?

Me quedé helado. No supe qué decirle. ¿Cómo explicarle a un niño de ocho años que su papá es motivo de burla para todos? ¿Cómo decirle que a veces uno intenta hacer las cosas bien y todo sale mal?

—A veces los adultos se enojan —le dije al fin—. Pero no es tu culpa, hijo.

Mateo me abrazó y sentí un nudo en la garganta. Por él tenía que seguir intentando.

Esa noche, Lucía llegó cansada del trabajo y me encontró sentado en la sala con Mateo dormido sobre mis piernas. Me miró con una mezcla de tristeza y resignación:

—Julián… yo ya no sé qué hacer contigo. Te juro que intento entenderte, pero cada día es más difícil.

Quise decirle tantas cosas: que yo también estaba cansado, que me dolían sus palabras más de lo que imaginaba, que sentía vergüenza cada vez que fallaba delante de ella y del barrio entero. Pero solo pude bajar la mirada y susurrar:

—Lo siento.

Esa noche soñé con mi infancia: mi madre llorando porque rompí su jarrón favorito; mi padre gritándome porque olvidé cerrar la puerta del gallinero; mi hermano riéndose porque me caí del árbol más bajo del patio. Siempre fui el motivo de risas o enojo.

Al despertar, decidí hacer algo diferente. Fui donde don Ernesto y le pedí ayuda para arreglar el portón. Al principio me miró sorprendido —quizás nunca pensó que yo pediría ayuda— pero luego sonrió y juntos trabajamos toda la mañana. Me enseñó a soldar bien las bisagras y a medir antes de cortar. Por primera vez en mucho tiempo sentí que podía aprender algo nuevo.

Cuando Lucía llegó esa tarde y vio el portón arreglado, no dijo nada al principio. Solo me miró largo rato y luego murmuró:

—Gracias…

No fue un perdón ni una reconciliación completa, pero fue un comienzo.

Esa noche salí a barrer la acera otra vez. Doña Marta me miró desde su ventana y esta vez no dijo nada. Solo asintió con la cabeza.

Me di cuenta entonces de algo importante: todos cometemos errores, pero algunos cargamos con ellos más tiempo porque nos los recuerdan a diario. En barrios como el mío, donde todos se conocen y nadie olvida nada, cada torpeza se convierte en leyenda y cada intento de mejorar es visto con desconfianza.

Pero también entendí que uno puede cambiar su historia si se atreve a pedir ayuda y a enfrentar sus propios miedos.

Ahora me pregunto: ¿cuántos Julián hay en nuestros barrios? ¿Cuántos viven con miedo al juicio ajeno y al peso de sus propios errores? ¿Y cuántos están dispuestos a darles una segunda oportunidad?