Siempre di todo, pero ahora no tengo lugar en tu vida: Confesiones de una madre mexicana sobre el desapego y la decepción
—¿Por qué no me avisaste que ibas a salir tan tarde, Mariana? —mi voz tembló, aunque intenté sonar tranquila. El reloj marcaba las once y media de la noche y yo seguía sentada en el sillón, con la luz del pasillo encendida, esperando escuchar el sonido de sus llaves en la puerta. Pero ya no era mi casa. Era su departamento, el que con tanto esfuerzo logré ayudarle a comprar, vendiendo mi propio terreno en Ecatepec y pidiendo prestado a medio mundo.
Mariana entró sin mirarme, con los audífonos puestos y el celular en la mano. Apenas levantó la vista para decirme: —Mamá, ya te dije que no tienes que esperarme. Tengo veintisiete años, por favor.
Sentí un nudo en la garganta. ¿En qué momento mi niña se convirtió en esta mujer distante? ¿Cuándo dejé de ser necesaria? Recordé cuando era pequeña y corría a abrazarme después de la escuela, cuando me decía que yo era su mejor amiga. Ahora, cada palabra mía parecía molestarle.
No sé si fue el cansancio o la costumbre de tantos años de sacrificio, pero esa noche no pude dormir. Me levanté a preparar café y me quedé mirando por la ventana, viendo cómo la ciudad despertaba poco a poco. Pensé en mi propia madre, en cómo yo también me alejé de ella cuando llegué a la capital buscando un futuro mejor. ¿Será que esto es el destino de todas las madres?
Al día siguiente, intenté acercarme. Le preparé su desayuno favorito: chilaquiles con pollo y mucho queso. Cuando salió de su cuarto, apenas probó un bocado antes de decir: —No tengo hambre, voy tarde al trabajo.
—¿Quieres que te acompañe al metro? —pregunté, aunque sabía la respuesta.
—No hace falta, mamá. Ya no soy una niña —me respondió sin mirarme.
Me quedé sola en el departamento, rodeada de sus cosas nuevas y modernas, pero sintiéndome más fuera de lugar que nunca. Recordé todo lo que hice por ella: los turnos dobles como enfermera en el hospital general, las noches sin dormir cuando se enfermaba, las veces que vendí tamales para pagarle la universidad privada porque “en la UNAM no hay cupo”, como decía ella con tristeza.
A veces pienso que me equivoqué dándole tanto. Que al querer evitarle sufrimientos, le robé la oportunidad de valorar lo que cuesta conseguir las cosas. Pero ¿cómo no iba a hacerlo? Si cada vez que veía sus ojos tristes o sus zapatos rotos sentía que el corazón se me partía.
Una tarde, mientras doblaba su ropa, encontré una carta arrugada entre sus cosas. No pude evitar leerla. Era para una amiga: “A veces siento que mi mamá no entiende mi vida aquí. Me asfixia su presencia. Quiero mi espacio.”
Sentí como si me hubieran dado una bofetada. ¿Eso era yo para ella? ¿Una carga? ¿Una sombra?
Esa noche, cuando llegó del trabajo, intenté hablar con ella:
—Mariana, ¿te molesta que esté aquí?
Ella suspiró y se sentó frente a mí. Por primera vez en meses me miró a los ojos.
—No es eso, mamá… Es solo que necesito aprender a vivir sola. Siempre has estado ahí para mí y te lo agradezco, pero ahora quiero saber si puedo hacerlo por mí misma.
—¿Y yo? —pregunté con voz baja— ¿Dónde quedo yo?
—Tú también tienes derecho a tu vida —me dijo—. No tienes que cargar conmigo siempre.
Me encerré en el baño a llorar. No quería que me viera débil. Pensé en todas las madres solas del barrio, en Doña Lupita que vive esperando una llamada de su hijo desde Estados Unidos, en mi vecina Rosa que perdió a su hija por la violencia y solo tiene fotos para abrazar.
Me pregunté si acaso todas estamos destinadas a quedarnos solas después de darlo todo.
Pasaron los días y Mariana empezó a llegar más tarde cada vez. Yo buscaba excusas para salir: iba al mercado aunque no necesitara nada, visitaba a mi hermana en Iztapalapa aunque me quedara lejos. Sentía que estorbaba en mi propia familia.
Un domingo, mientras veía la televisión sola, escuché cómo Mariana reía por teléfono con alguien. Hablaba de planes para irse de viaje a Oaxaca con sus amigos del trabajo. Ni siquiera mencionó si yo quería acompañarla.
Esa noche tomé una decisión dolorosa: tenía que dejarla ir. Tenía que aprender a vivir para mí misma.
Al día siguiente le dije:
—Mariana, voy a regresar unos días a Ecatepec. Quiero arreglar unas cosas allá.
Ella solo asintió y siguió revisando su celular.
Hice mi maleta despacio, guardando cada prenda como si fuera un pedazo de mi vida. Antes de salir le dejé una nota: “Te amo hija. Siempre estaré aquí si me necesitas.”
En el camión rumbo a Ecatepec sentí una mezcla de alivio y tristeza. Miré por la ventana los puestos ambulantes, los niños jugando fútbol en la calle polvorienta, las señoras vendiendo flores afuera del panteón. Pensé en todas las mujeres como yo: madres que dieron todo y ahora caminan solas.
A veces me pregunto si hice bien o mal al entregarme tanto. Si acaso debí pensar más en mí misma antes de perderme en el papel de madre.
¿Será cierto eso que dicen las vecinas? Que los hijos no son nuestros, solo los cuidamos un rato hasta que vuelan solos…
¿Y ustedes qué piensan? ¿Hasta dónde debe llegar el sacrificio de una madre? ¿Cómo se aprende a soltar sin dejar de amar?