Extraña en mi propia casa: la historia de una nuera mexicana
—¿Ya terminaste de limpiar la cocina, Mariana? —La voz de mi suegra, doña Carmen, retumbó en el pasillo como un trueno en plena tormenta.
Me detuve en seco, con las manos aún húmedas y el corazón latiendo tan fuerte que sentí que todos podían oírlo. Era mi primer día como esposa de Alejandro y ya me sentía como una intrusa en la casa donde ahora debía vivir. La casa de los padres de Alejandro, en un barrio popular de Guadalajara, era grande pero fría, llena de retratos familiares y miradas que me pesaban como piedras.
—Sí, doña Carmen —respondí, intentando sonar segura, aunque por dentro me temblaba la voz.
Ella me miró de arriba abajo, con esa expresión que nunca supe descifrar del todo. ¿Desdén? ¿Desconfianza? ¿O simplemente costumbre de tener el control?
—Bueno, pues apúrate porque hay que preparar la comida para todos. Aquí no estamos para flojear —dijo, girando sobre sus talones y desapareciendo en el comedor.
Alejandro apareció detrás de mí, con esa sonrisa nerviosa que últimamente se le había vuelto habitual.
—No le hagas caso, Mariana. Mi mamá es así con todos —susurró, pero yo sabía que no era cierto. Conmigo era diferente. Yo era la forastera.
Los días pasaron y cada uno fue una batalla silenciosa. Me levantaba antes que todos para ayudar en la cocina, limpiaba los cuartos, lavaba la ropa. Pero nada parecía suficiente para doña Carmen. Siempre encontraba algo mal: «La sopa está muy salada», «Así no se planchan las camisas», «En mi casa las cosas se hacen diferente».
A veces me preguntaba si Alejandro notaba mi tristeza. Él trabajaba todo el día en la tienda familiar y regresaba cansado, pero siempre intentaba animarme:
—Ya verás, mi amor, pronto se acostumbrará a ti. Solo dale tiempo.
Pero el tiempo pasaba y yo seguía siendo la extraña. Mis padres vivían lejos, en un pueblito de Michoacán, y aunque hablábamos por teléfono, nunca les conté lo difícil que era todo. No quería preocuparlos ni decepcionarlos.
Una tarde, mientras lavaba los trastes, escuché a doña Carmen hablando con su hija Patricia en la sala:
—No sé qué le vio Alejandro a esa muchacha. Ni siquiera sabe cocinar bien. Y mira cómo viste… siempre tan sencilla.
Sentí un nudo en la garganta. Quise salir corriendo, pero mis pies no me respondieron. Me quedé ahí, escuchando cómo desmenuzaban cada aspecto de mi vida: mi origen humilde, mi falta de experiencia, hasta mi acento.
Esa noche lloré en silencio al lado de Alejandro. Él dormía profundamente y yo me preguntaba si algún día lograría sentirme parte de esa familia.
Pasaron los meses y la situación no mejoró. Al contrario, empeoró cuando quedé embarazada. Doña Carmen empezó a opinar sobre todo: qué debía comer, cómo debía vestirme, hasta cómo debía dormir.
—En esta casa las mujeres siempre han tenido partos naturales —me dijo un día—. Nada de hospitales caros ni doctores modernos. Aquí se hace como Dios manda.
Yo quería gritarle que ese era mi cuerpo y mi hijo, pero solo asentí en silencio. Sentía que cualquier palabra mía sería usada en mi contra.
El día del parto fue una pesadilla. Doña Carmen insistió en quedarse conmigo todo el tiempo. Cuando nació mi hijo Emiliano, ella fue la primera en cargarlo.
—Es igualito a su papá —dijo orgullosa—. Ojalá no saque lo tímida de su madre.
Me dolió más de lo que podía admitir. Sentí que hasta mi maternidad me la estaban robando.
Una noche, mientras amamantaba a Emiliano en el cuarto pequeño que compartíamos Alejandro y yo, él me encontró llorando.
—¿Qué tienes? —me preguntó preocupado.
—No puedo más —le confesé entre sollozos—. No soy feliz aquí. Siento que nunca voy a ser suficiente para tu mamá… ni para nadie.
Alejandro me abrazó fuerte y por primera vez lo vi dudar. Al día siguiente habló con sus padres y les dijo que buscaríamos nuestro propio lugar para vivir.
Doña Carmen se ofendió profundamente:
—¿Así me pagan todo lo que he hecho por ustedes? ¡Después no digan que no les advertí!
Nos fuimos a un pequeño departamento cerca del mercado. Era humilde pero era nuestro. Por primera vez sentí que podía respirar tranquila.
Los primeros días fueron difíciles: extrañaba a mis padres, tenía miedo de no poder con todo sola y Alejandro trabajaba aún más para pagar la renta. Pero poco a poco fui encontrando mi lugar. Hice amigas en el mercado, aprendí nuevas recetas y hasta empecé a vender tamales los fines de semana para ayudar con los gastos.
Doña Carmen dejó de hablarnos por meses. Solo cuando Emiliano cumplió un año nos visitó por primera vez. Entró al departamento mirando todo con desconfianza, pero al ver a su nieto sonreírle, algo cambió en su rostro.
—Está muy grande… y sano —dijo suavemente.
No fue una reconciliación mágica ni instantánea. Pero fue un comienzo.
Hoy miro hacia atrás y me doy cuenta de todo lo que tuve que soportar para encontrar mi propio hogar. Aprendí que el verdadero hogar no es una casa grande ni una familia perfecta; es el lugar donde te sientes amada y respetada tal como eres.
A veces me pregunto: ¿Cuántas mujeres viven lo mismo que yo? ¿Cuántas callan por miedo o por costumbre? ¿Hasta cuándo vamos a aceptar ser extrañas en nuestra propia vida?