Cuando Dejé Todo Atrás: Carta Desde Tijuana
—¿De verdad vas a dejar a tus hijos así, Lucía? —La voz de mi suegra retumbó en la cocina, mientras yo, temblando, metía la última blusa en la mochila. El sol de Ciudad Juárez apenas asomaba por la ventana, pero el calor del reproche ya me quemaba la piel.
No respondí. No podía. Si abría la boca, me desmoronaba. Escuché a mis hijos reír en el patio, ajenos al terremoto que estaba a punto de sacudir sus vidas. Mi esposo, Javier, dormía en el sillón, exhausto después de otro turno nocturno en la maquila. Nadie sospechaba nada. Nadie, excepto yo, sabía que esa mañana sería distinta.
Salí sin mirar atrás. Caminé rápido, como si el asfalto pudiera tragarse mis huellas. Tomé un taxi hasta la central de autobuses y compré un boleto solo de ida a Tijuana. No tenía plan, solo una certeza: si me quedaba, me perdía para siempre.
En el autobús, las lágrimas me brotaban sin permiso. Recordé cuando era niña en Chihuahua y soñaba con ser doctora, con viajar, con escribir libros. ¿En qué momento me convertí solo en «la esposa de Javier» o «la mamá de Emiliano y Sofía»? ¿Cuándo dejé de ser Lucía?
La frontera me recibió con su caos habitual: vendedores ambulantes, migrantes con miradas cansadas, policías con rifles colgando del pecho. Me sentí una más entre los que huyen, aunque mi huida era distinta. No escapaba de la violencia ni del hambre; escapaba de una vida que me asfixiaba.
Encontré un cuarto barato en una vecindad cerca del centro. Las paredes olían a humedad y soledad. Esa primera noche, dormí abrazando mi mochila como si fuera un salvavidas. Soñé con mis hijos llamándome, con Javier buscándome por las calles polvorientas de Juárez.
Los días siguientes fueron una mezcla de miedo y alivio. Conseguí trabajo limpiando mesas en una fonda. La dueña, Doña Marta, era una mujer robusta y franca que no hacía preguntas. «Aquí todas tenemos algo que olvidar», me dijo mientras me enseñaba a preparar café de olla.
Pero la culpa era un animal hambriento que no me dejaba en paz. Cada vez que veía a una madre abrazar a su hijo en la fonda, sentía que el pecho se me partía en dos. Llamé a mi suegra desde un teléfono público:
—¿Cómo están los niños?
—Bien —respondió seca—. Pero no preguntes por ellos si no piensas volver.
Colgué antes de romper en llanto. ¿Era egoísta por querer algo más? ¿Por soñar con una vida diferente? En las noches escribía cartas que nunca enviaba: «Perdónenme por no ser suficiente, por no saber cómo seguir».
Un día, Doña Marta me encontró llorando en la cocina.
—¿Por qué te fuiste? —preguntó sin rodeos.
—Porque ya no podía respirar —le confesé—. Sentía que me ahogaba en mi propia casa.
Ella asintió despacio.
—A veces hay que romperse para poder armarse de nuevo.
Sus palabras me dieron fuerzas para seguir. Empecé a ahorrar cada peso. Soñaba con traer a mis hijos conmigo algún día, con empezar de nuevo lejos del pasado.
Pero la realidad golpea fuerte en Tijuana. Una noche, al regresar del trabajo, un hombre intentó asaltarme en la esquina de la vecindad. Grité tan fuerte que los vecinos salieron y lo ahuyentaron. Temblando, entendí que la libertad también tiene su precio.
Las semanas se volvieron meses. Javier nunca llamó. Supe por un primo que había regresado a vivir con su madre y que los niños preguntaban por mí cada noche antes de dormir. La culpa volvió a apretar.
Un domingo cualquiera, recibí una carta de Sofía, mi hija mayor:
«Mamá: Te extraño mucho. Papá está triste y Emiliano llora por las noches. La abuela dice que te fuiste porque ya no nos querías, pero yo sé que eso no es verdad. Yo te quiero aunque estés lejos. ¿Vas a volver algún día?»
Le respondí esa misma noche:
«Sofía querida: Te amo más de lo que puedo decirte. No me fui porque no los quiera; me fui porque necesitaba encontrarme para poder ser mejor mamá para ustedes algún día. No sé cuándo podré volver, pero siempre pienso en ustedes».
Al cerrar el sobre sentí un alivio extraño: por primera vez fui honesta conmigo misma y con ellos.
Hoy escribo esta carta desde un café pequeño cerca del malecón de Tijuana. El mar ruge igual que mis emociones: a veces calmo, a veces furioso. No sé si algún día podré regresar o si mis hijos podrán perdonarme. Pero sé que esta búsqueda es necesaria.
A todas las mujeres que leen esto y sienten que se ahogan en sus propias vidas: no están solas. A veces hay que tomar decisiones dolorosas para sobrevivir.
¿Es posible reconstruir lo perdido? ¿O hay heridas que nunca sanan? ¿Qué harían ustedes si estuvieran en mi lugar?