El día en que los pantalones fueron prohibidos
—¿Y si me ven así? —me pregunté, mirando mi reflejo en el espejo del baño, con las piernas desnudas y la vergüenza cubriéndome como una sábana húmeda. El calor de Veracruz era insoportable, pero lo que más me quemaba era la idea de cruzar la ciudad sin mis viejos pantalones de mezclilla. Hoy, en la casa de Alicia, los pantalones estaban prohibidos. Era su regla, su manera de desafiar al mundo y a las costumbres que nos asfixiaban desde niños.
Nunca pensé que volvería a sentir este temblor en el pecho. Hace años, después de perderlo todo en un divorcio amargo y ver cómo mi hijo se alejaba de mí, juré que no volvería a buscar una familia. Pero Alicia… Alicia tenía esa risa que hacía vibrar las paredes y esa mirada que me desnudaba más que cualquier prenda ausente.
—¡Jerónimo! —gritó mi hermana Lucía desde la sala—. ¿Vas a salir así? ¿No te da pena?
—Es la regla de Alicia —respondí, tratando de sonar seguro—. Si no quieres venir, quédate.
Lucía bufó y se cruzó de brazos. Ella nunca entendió por qué me atraía tanto esa mujer excéntrica. Pero yo sí lo sabía: Alicia era libertad, era rebeldía, era todo lo que yo había reprimido durante años de rutina y miedo.
Salí a la calle con las piernas al aire y el corazón encogido. La gente me miraba raro, algunos reían, otros murmuraban. En mi barrio, donde todos se conocen y los chismes vuelan más rápido que las palomas, esto era un escándalo. Pero seguí caminando, cada paso era una pequeña victoria sobre mi propio orgullo.
Cuando llegué a la casa de Alicia, la puerta estaba abierta y se escuchaba música de Chavela Vargas mezclada con risas y voces femeninas. Entré sin tocar. En la sala había cinco mujeres sentadas en círculo, todas con faldas o vestidos coloridos, todas descalzas. Alicia estaba en el centro, con una falda larga de flores y el cabello recogido en un moño desordenado.
—¡Jerónimo! —exclamó al verme—. ¡Pensé que no te atreverías!
Me sonrojé como un adolescente.
—No podía perderme esto —dije, aunque por dentro sentía que sí podía, que tal vez debía haberme quedado en casa.
Alicia me abrazó fuerte, como si quisiera fundirme con ella. Sentí el olor a canela de su piel y el calor de su risa contra mi cuello.
—Aquí no hay pantalones, ni prejuicios —me susurró al oído—. Hoy somos libres.
Las demás mujeres me miraron con complicidad. Una de ellas, Marta, me ofreció una copa de mezcal.
—Por los valientes —brindó.
Bebí de un trago y sentí el fuego bajar por mi garganta. Me senté junto a ellas y escuché sus historias: una había dejado a su esposo golpeador; otra luchaba por la custodia de sus hijos; otra más acababa de salir del clóset. Todas tenían cicatrices invisibles, todas estaban ahí para sanar.
Alicia tomó mi mano bajo la mesa. Sus dedos eran cálidos y firmes.
—¿Por qué viniste? —me preguntó en voz baja.
No supe qué responderle. Tal vez porque estaba cansado de huir. Tal vez porque necesitaba sentirme parte de algo otra vez.
—Quería verte —admití al fin—. Quería saber si todavía puedo empezar de nuevo.
Ella sonrió y apretó mi mano.
La tarde avanzó entre confesiones y carcajadas. Por un momento olvidé mis miedos, olvidé el qué dirán, olvidé el dolor del pasado. Me sentí ligero, como si los pantalones fueran solo una excusa para dejar atrás todo lo que me pesaba.
Pero entonces llegó el conflicto: Lucía apareció en la puerta, furiosa.
—¡Jerónimo! ¡Mamá está enferma! ¿Y tú aquí haciendo el ridículo?
El silencio cayó como un balde de agua fría. Sentí la culpa morderme el pecho. Mi madre llevaba meses enferma y yo apenas podía mirarla sin sentirme responsable por su tristeza. Había sacrificado tanto por nosotros…
Alicia se levantó y enfrentó a Lucía con calma.
—Aquí nadie hace el ridículo —dijo—. Aquí sanamos lo que afuera nos rompe.
Lucía me miró con ojos llenos de reproche.
—Papá estaría avergonzado —susurró.
Sentí las lágrimas arder en mis ojos. ¿Por qué siempre tenía que elegir entre mi felicidad y la familia? ¿Por qué ser yo mismo era tan difícil?
Me levanté y abracé a Lucía.
—Voy contigo —le dije—. Pero regresaré.
Alicia me miró con ternura y tristeza.
—Te espero —susurró.
Caminé con Lucía hasta la casa de mamá. El camino fue largo y silencioso. Al llegar, encontré a mamá dormida en su cama, pálida pero tranquila. Me senté a su lado y le tomé la mano arrugada.
—Perdón, mamá —murmuré—. Perdón por no ser el hijo perfecto.
Ella abrió los ojos y me sonrió débilmente.
—Nadie es perfecto, mijo —susurró—. Solo sé feliz.
Esa noche lloré como no lo hacía desde niño. Lloré por mi padre ausente, por mi hijo lejano, por los años perdidos escondiéndome detrás de pantalones y excusas.
Al día siguiente volví a la casa de Alicia. Esta vez no sentí vergüenza al dejar los pantalones en casa. Esta vez fui yo mismo, con todas mis cicatrices y mis ganas de empezar de nuevo.
Alicia me recibió con los brazos abiertos y una sonrisa luminosa.
—¿Listo para ser libre? —preguntó.
Asentí, sintiendo por primera vez en mucho tiempo que tal vez sí podía serlo.
¿Hasta cuándo vamos a dejar que el miedo decida por nosotros? ¿Cuántas veces más vamos a negarnos la oportunidad de ser felices solo por cumplir expectativas ajenas?