El Silencio de Mi Madre

—¿Por qué no lloras, hijo? —me preguntó Doña Carmen mientras me servía un café negro, fuerte como la vida misma en este barrio de Ciudad de México. El reloj marcaba las seis y media de la tarde y el sol se colaba a través de las cortinas raídas del departamento. Mi madre, Lucía, yacía en la cama del fondo, apenas respirando, con la piel pegada a los huesos y los ojos perdidos en algún recuerdo que yo ya no compartía.

No respondí. Solo miré el vapor del café y pensé en todas las veces que mi madre me gritó que era un inútil, que nunca llegaría a nada. Pensé en los días en que llegaba borracha y rompía los platos contra la pared, mientras yo me escondía bajo la mesa con mi hermana menor, Valeria. Pensé en los golpes, en las palabras que duelen más que cualquier enfermedad.

—No tienes que cargar con esto solo —insistió Doña Carmen, sentándose a mi lado. Ella siempre fue la vecina amable, la que traía pan dulce los domingos y cuidaba a los niños del edificio cuando las madres tenían que salir a trabajar. Ahora era ella quien venía cada tarde a cuidar a mi madre cuando yo estaba en el taller mecánico.

—No siento nada —le confesé por fin, con la voz baja, casi avergonzado. —No puedo.

Doña Carmen suspiró y miró hacia el cuarto donde Lucía dormía o deliraba, ya no sabía distinguirlo. —A veces el corazón se cansa de tanto dolor, hijo. No es tu culpa.

La enfermedad de mi madre llegó como un castigo divino, o al menos así lo sentí yo. Un cáncer silencioso que la fue consumiendo poco a poco, igual que ella consumió mi infancia con su rabia y su resentimiento. Cuando el doctor nos dio el diagnóstico, Valeria lloró desconsolada. Yo solo sentí un vacío frío, como si me hubieran arrancado algo que nunca supe que tenía.

Valeria venía cada tanto desde Toluca, donde vivía con su esposo y sus dos hijos. Ella sí podía llorar, abrazar a mamá y decirle que todo estaría bien. Yo solo podía mirar desde lejos, incapaz de acercarme demasiado.

Una tarde, mientras cambiaba las sábanas de mamá, ella abrió los ojos y me miró fijamente. —¿Por qué estás aquí? —me preguntó con esa voz áspera que siempre usó conmigo.

—Porque no hay nadie más —le respondí sin pensar.

Ella sonrió con amargura. —Siempre fuiste igual de frío que tu padre.

Sentí un nudo en la garganta, pero no dije nada. Mi padre nos abandonó cuando yo tenía ocho años. Mamá nunca lo superó y descargó toda su furia sobre mí. Siempre fui el culpable de todo: de su soledad, de su pobreza, de sus fracasos.

Esa noche no pude dormir. Escuchaba su respiración entrecortada desde el otro cuarto y pensaba en todas las veces que soñé con verla así: débil, indefensa, necesitada de mí. Pero ahora que ese momento había llegado, no sentía satisfacción ni alivio. Solo un cansancio inmenso.

Al día siguiente, Doña Carmen llegó temprano con un caldo de pollo y una bolsa de pan dulce. Se sentó conmigo en la cocina mientras mamá dormía.

—¿Sabes? Yo también tuve una madre difícil —me confesó en voz baja—. Nunca me quiso como yo esperaba. Pero cuando enfermó, sentí lo mismo que tú: nada. Solo después entendí que el rencor es una cárcel.

La miré sorprendido. Nunca imaginé que Doña Carmen pudiera entenderme tan bien.

—¿Y cómo saliste de esa cárcel? —le pregunté.

Ella sonrió tristemente. —Todavía estoy aprendiendo.

Esa tarde recibí una llamada del hospital: mi madre necesitaba una transfusión urgente. Corrí hasta allá sin pensar demasiado. En la sala de espera, Valeria lloraba desconsolada mientras hablaba por teléfono con su esposo. Me senté a su lado y le pasé un pañuelo.

—¿Por qué eres así? —me preguntó entre sollozos—. ¿Por qué no puedes perdonarla?

No supe qué decirle. ¿Cómo se perdona a alguien que nunca te pidió perdón? ¿Cómo se sana una herida que nunca deja de sangrar?

Los días pasaron entre hospitales y silencios incómodos. Doña Carmen seguía viniendo cada tarde, trayendo comida y palabras amables. A veces me hablaba de su infancia en Veracruz, de cómo aprendió a sobrevivir sola desde muy joven. Me hacía sentir menos solo.

Una noche, mientras le daba agua a mamá con una cuchara pequeña, ella me agarró la mano con fuerza inesperada.

—¿Me odias? —me preguntó sin rodeos.

Me quedé helado. No esperaba esa pregunta. La miré a los ojos y vi miedo, algo que nunca había visto en ella antes.

—No lo sé —le respondí honestamente—. A veces sí. A veces solo quiero entender por qué fuiste así conmigo.

Ella cerró los ojos y murmuró algo ininteligible. No volvió a hablarme esa noche.

Días después, mamá empeoró rápidamente. El doctor nos dijo que era cuestión de horas. Valeria llegó corriendo desde Toluca con sus hijos pequeños, que no entendían por qué todos estaban tan tristes.

Me senté junto a la cama de mamá y le tomé la mano por primera vez en años. Sentí su piel fría y frágil como papel viejo.

—Mamá —susurré—, si alguna vez quise verte así… lo siento.

No sé si me escuchó. Sus ojos estaban cerrados y su respiración era apenas un suspiro.

Cuando finalmente murió, Valeria se desmoronó sobre su cuerpo y yo solo pude quedarme parado al lado de la cama, sintiendo ese mismo vacío frío de siempre.

El funeral fue pequeño: algunos vecinos del edificio, Doña Carmen y unos pocos familiares lejanos. Nadie habló mucho de Lucía; todos sabían lo difícil que había sido su vida… y la nuestra junto a ella.

Después del entierro, Doña Carmen me abrazó fuerte y me susurró al oído:

—Ahora empieza lo más difícil: aprender a vivir sin rencor.

Esa noche volví al departamento vacío y me senté en la cocina con una taza de café frío entre las manos. Miré las paredes descascaradas y pensé en todo lo que había perdido… y en todo lo que tal vez nunca tuve.

¿Es posible perdonar cuando nunca recibiste amor? ¿O hay heridas que simplemente nunca sanan? ¿Ustedes qué piensan?