Abuela contra la Cajera: Cuando la Venganza se Transformó en Amistad

—¿Así que ahora los viejos no sabemos contar el dinero? —le espeté a la muchacha detrás del mostrador, mi voz temblando entre rabia y vergüenza. El murmullo de los clientes en la tienda se hizo más fuerte, y sentí las miradas clavándose en mi espalda como agujas. Me llamo Carmen, tengo 68 años y toda mi vida he vivido en este barrio de Ciudad de México. Pero ese día, frente a todos, la joven cajera —Marisol— me corrigió el vuelto con una sonrisa burlona y un tono que me hizo sentir invisible, como si fuera una carga para todos.

Salí de la tienda con la cabeza alta, pero por dentro hervía. ¿Quién se creía esa muchacha para humillarme así? Caminé a casa apretando el monedero, jurando que no dejaría pasar esa falta de respeto. Mi nieto Emiliano me encontró sentada en la cocina, los ojos húmedos y el café frío entre las manos.

—¿Qué te pasa, abuela? —preguntó, dejando su mochila en la silla.

—Nada, hijo. Solo que a veces una ya no sabe si estorba o si todavía cuenta para algo —le respondí, tratando de sonar fuerte.

Pero Emiliano no se dejó engañar. Me abrazó y prometió acompañarme al día siguiente a la tienda. Yo asentí, pero en mi mente ya tejía un plan: haría que esa cajera pagara por su insolencia. Pensé en hablar con el gerente, en organizar a las otras señoras del barrio para boicotear el local. La idea de la venganza me daba fuerzas, me hacía sentir viva.

Al día siguiente, entré a la tienda con Emiliano. Marisol estaba ahí, recogiendo monedas del suelo mientras un niño pequeño lloraba porque su madre no le compró un dulce. La miré con desprecio y me acerqué al gerente, Don Rogelio.

—Quiero hablarle sobre el trato que recibimos los clientes mayores aquí —le dije en voz alta para que todos escucharan.

Don Rogelio me miró con cansancio. —Doña Carmen, usted sabe que aquí la queremos mucho. ¿Qué pasó?

Le conté todo, exagerando un poco para que sonara peor. Marisol escuchaba desde lejos, los ojos llenos de lágrimas contenidas. El gerente le pidió que se acercara.

—¿Es cierto lo que dice Doña Carmen? —preguntó Don Rogelio.

Marisol bajó la mirada. —No fue mi intención faltarle al respeto. Solo quería ayudarla porque vi que se confundió con las monedas.

Sentí una punzada de culpa, pero no cedí. —Pues aprenda a tratar a los mayores con dignidad —dije antes de salir triunfante.

Esa noche no pude dormir. Recordaba los ojos tristes de Marisol y las palabras de Emiliano: «A veces los jóvenes también tienen problemas, abuela». Al día siguiente, mientras barría el patio, escuché gritos en la calle. Salí corriendo y vi a Marisol discutiendo con un hombre borracho que le gritaba insultos frente a la tienda.

Sin pensarlo, me acerqué y me interpuse entre ellos.

—¡Déjala en paz! —grité—. ¿No tienes madre o qué?

El hombre se fue murmurando maldiciones. Marisol me miró sorprendida.

—Gracias, Doña Carmen…

—No tienes que agradecerme nada —le respondí seca—. Nadie merece ser tratado así.

Ella bajó la cabeza y murmuró: —A veces uno solo quiere hacer bien su trabajo… Mi mamá está enferma y yo tengo que cubrir sus turnos y cuidar a mis hermanos.

Sentí que algo dentro de mí se rompía. ¿Cuántas veces había juzgado sin saber? ¿Cuántas veces había exigido respeto sin darlo primero?

A partir de ese día, empecé a mirar a Marisol con otros ojos. Un día le llevé unas empanadas que hice en casa. Ella me sonrió tímidamente y me invitó a sentarme con ella durante su descanso.

—Mi mamá tiene diabetes y no puede trabajar mucho —me contó—. Yo quería estudiar enfermería, pero ahora solo puedo trabajar aquí.

Le hablé de mis propios sacrificios: cómo dejé mis sueños por cuidar a mis hijos cuando mi esposo murió joven; cómo aprendí a sobrevivir vendiendo tamales en la esquina; cómo el barrio era mi familia cuando no tenía a nadie más.

Poco a poco, nuestra relación cambió. Las otras señoras del barrio empezaron a notar que Marisol era amable y atenta. Yo misma les contaba lo trabajadora que era, cómo ayudaba a su familia y cómo luchaba cada día por salir adelante.

Un día Emiliano llegó corriendo a casa:

—¡Abuela! ¡Marisol ganó una beca para estudiar enfermería en las noches!

Sentí un orgullo inmenso, como si fuera mi propia nieta. Fui a felicitarla y ella me abrazó fuerte.

—Gracias por darme otra oportunidad, Doña Carmen —me susurró al oído—. Usted me enseñó que todos merecemos ser escuchados.

Ahora, cada vez que paso por la tienda y veo a Marisol sonriendo detrás del mostrador, pienso en lo fácil que es juzgar sin saber lo que hay detrás de una mirada cansada o una palabra dura. Pienso en cuántas veces buscamos venganza cuando lo que realmente necesitamos es comprensión.

A veces me pregunto: ¿cuántas amistades hemos perdido por orgullo? ¿Cuántas historias dejamos sin descubrir por no atrevernos a perdonar? ¿Y si todos diéramos una segunda oportunidad antes de condenar?