“Adoro a mi hijo, pero no soporto a mi hija”: El boomerang de la vida en la casa de los Ramírez

—¡Ya basta, Camila! ¿Por qué siempre tienes que hacerme quedar mal delante de todos? —grité, sin importarme que la familia entera estuviera sentada en la mesa del domingo. Mi voz retumbó en la sala, y el silencio cayó como una losa. Julián, mi hijo, bajó la mirada. Camila, mi hija, apretó los labios y se levantó sin decir palabra. Mi esposo, Ernesto, solo suspiró y siguió cortando su carne como si nada pasara.

No era la primera vez. No sería la última. Desde que Camila nació, sentí que algo no encajaba. Era una niña callada, reservada, siempre con un libro bajo el brazo y una mirada que parecía juzgarme. Julián, en cambio, era mi sol: risueño, deportista, el orgullo de la familia Ramírez en Guadalajara. Todos lo decían: “¡Qué muchacho tan simpático! ¡Qué bien educado!” Y yo me llenaba de orgullo.

Pero con Camila… todo era distinto. Me molestaba su silencio, su manera de observarlo todo sin participar. Me irritaba que no quisiera ponerse los vestidos bonitos que le compraba o que prefiriera quedarse en casa leyendo en vez de salir a las fiestas familiares. “¿Por qué no puedes ser como tu hermano?”, le repetía una y otra vez.

Recuerdo una tarde lluviosa cuando tenía doce años. Camila llegó empapada porque se había quedado en la biblioteca después de clases. “¿No ves que te puedes enfermar? ¡Siempre haciendo lo que te da la gana!”, le reclamé. Ella solo me miró con esos ojos grandes y oscuros y subió a su cuarto sin responder. Esa noche escuché su llanto ahogado tras la puerta cerrada, pero no fui capaz de consolarla.

Los años pasaron y la distancia creció. Julián era el centro de mi mundo: lo acompañaba a sus partidos de fútbol, le preparaba su comida favorita, celebraba cada uno de sus logros. Con Camila, todo eran reproches: por sus calificaciones (aunque siempre eran buenas), por su ropa, por sus amistades. Ernesto intentaba mediar, pero yo no escuchaba razones.

—Mamá, ¿por qué nunca estás contenta conmigo? —me preguntó Camila una noche antes de irse a dormir.
—No digas tonterías —le respondí—. Si hicieras las cosas bien, estaría orgullosa.

No me di cuenta del daño que le hacía hasta que fue demasiado tarde.

Camila se fue de casa a los diecisiete años para estudiar literatura en Ciudad de México. Apenas me avisó por teléfono. “Te dejo dinero para el camión”, le dije seca, sin abrazos ni lágrimas. Julián se quedó conmigo y siguió siendo mi adoración. Pero con el tiempo, él también empezó a alejarse: se fue a Monterrey a trabajar y formar su propia familia.

La casa se volvió silenciosa. Ernesto enfermó del corazón y yo me quedé sola con mis recuerdos y mi orgullo herido. Las llamadas de Julián se hicieron menos frecuentes; sus visitas, esporádicas. De Camila no supe nada durante años.

Una tarde cualquiera, mientras barría el patio, recibí una carta. Era de Camila. Decía que había publicado su primer libro y que iba a presentarlo en Guadalajara. Dudé en ir, pero algo dentro de mí —quizá la culpa— me empujó a asistir.

La sala estaba llena de jóvenes y profesores universitarios. Cuando Camila subió al estrado, sentí un nudo en la garganta: era una mujer segura, elegante y serena. Habló sobre el perdón, sobre las heridas familiares y la búsqueda de identidad. Al final de la presentación, me acerqué temblando.

—Hola, mamá —me dijo con una sonrisa triste.
—Camila… —quise abrazarla, pero ella dio un paso atrás.
—Gracias por venir —me dijo simplemente—. Espero que te haya gustado el libro.

No supe qué decirle. Me sentí pequeña, insignificante ante esa mujer fuerte que había crecido lejos de mí.

Esa noche no pude dormir. Recordé cada palabra dura, cada gesto frío, cada vez que preferí a Julián solo porque era más fácil quererlo. Pensé en todas las madres que, como yo, repiten patrones sin darse cuenta del daño que causan.

Hoy escribo esto desde mi sala vacía. Julián vive lejos; apenas me llama. Camila sigue su vida sin mí. Ernesto ya no está para consolarme ni para decirme que aún hay tiempo para cambiar.

Me pregunto si alguna vez podré reparar lo roto o si el boomerang de mis acciones ya me ha golpeado para siempre.

¿Es posible que una madre encuentre perdón? ¿Cuántas familias latinoamericanas viven este mismo drama en silencio? ¿Y tú… has sentido alguna vez que tu amor no fue suficiente o demasiado selectivo?