Año Nuevo en Medellín: Entre pólvora y silencios rotos
—¿Por qué tienes que hacer esto cada año, Santiago? —le grité, aunque mi voz apenas se escuchaba entre el estruendo de la pólvora y la música que salía de las casas vecinas. Era la medianoche en Medellín, y la ciudad entera parecía arder en luces y ruido. Santiago, con su camisa blanca impecable y la copa de aguardiente en la mano, me miró como si yo fuera una extraña.
—¿Hacer qué, Laura? ¿Celebrar? ¿Disfrutar la vida? —respondió, alzando la voz para que sus amigos, reunidos en la terraza, pudieran oírlo también. Sentí la mirada de mi suegra, doña Carmen, clavada en mi espalda, y el murmullo de las primas de Santiago, siempre listas para el chisme.
No era la primera vez que discutíamos en una fiesta, pero esa noche, la última del año, sentí que algo se rompía por dentro. Yo solo quería un poco de paz, sentarme en el balcón a ver los fuegos artificiales, recordar a mi papá —que ya no estaba— y pensar en lo que vendría. Pero Santiago necesitaba ser el centro de todo, el alma de la fiesta, el que más gritaba, el que más bailaba, el que más bebía.
—No es eso, Santiago. Es que no me escuchas. Nunca me escuchas —dije, bajando la voz, sintiendo cómo la rabia se mezclaba con la tristeza. Él se encogió de hombros y volvió con sus amigos, dejándome sola en medio del bullicio.
Me senté en una esquina del patio, abrazando mis rodillas, mientras los niños corrían con chispitas y los adultos brindaban por el año nuevo. Mi hermana, Juliana, se acercó y me puso la mano en el hombro.
—¿Otra vez lo mismo, Laurita? —susurró, con esa mezcla de compasión y cansancio que solo una hermana puede tener.
—No sé cuánto más puedo aguantar, Juli. Siento que me estoy perdiendo a mí misma —le confesé, con la voz quebrada.
Ella me abrazó fuerte, y por un momento, el ruido se desvaneció. Recordé cuando éramos niñas y mi mamá nos hacía escribir deseos en papelitos para quemarlos a medianoche. «Pide lo que tu corazón necesite», me decía. Pero ahora, ni siquiera sabía qué pedir.
La fiesta seguía, y Santiago cada vez más eufórico, bailando con su prima Lina, riendo a carcajadas, ignorando mi presencia. Doña Carmen se me acercó, con su voz suave pero firme.
—Laurita, mija, no le pongas mala cara a Santiago en su propia casa. Es Año Nuevo, hay que celebrar —me dijo, como si yo fuera la culpable de arruinar la noche.
—No es solo la fiesta, doña Carmen. Es todo. Yo también quiero celebrar, pero a mi manera —le respondí, tratando de no llorar.
Ella suspiró, como si no pudiera entenderme, y se fue a servir más buñuelos. Me sentí más sola que nunca, rodeada de gente pero aislada por un muro invisible.
A la una de la mañana, Santiago apareció de nuevo, con los ojos brillantes de alcohol y la sonrisa torcida.
—Ven, Laurita, vamos a bailar. Es Año Nuevo, deja la cara larga —me dijo, tomándome de la mano con fuerza.
—No quiero bailar, Santiago. Quiero hablar. Necesito que me escuches —le respondí, mirándolo a los ojos.
Él soltó mi mano y levantó las cejas, como si no entendiera nada.
—¿Hablar de qué? ¿De lo aburrida que eres? ¿De lo mucho que te molesta que yo sea feliz? —me espetó, y sentí que todos los ojos se volvían hacia nosotros.
—No soy aburrida, Santiago. Solo soy diferente. No necesito gritar ni beber para sentirme viva —le dije, con la voz temblorosa pero firme.
Él se rió, una risa amarga, y se alejó de nuevo. Sentí que el aire me faltaba, que la noche se volvía más fría. Juliana me hizo señas desde la puerta, pero yo no podía moverme. Estaba atrapada en mi propio silencio, viendo cómo mi matrimonio se desmoronaba entre risas ajenas y pólvora en el cielo.
A las dos de la mañana, cuando la fiesta empezaba a apagarse, Santiago volvió a buscarme. Esta vez, su voz era más baja, casi un susurro.
—¿De verdad quieres arruinar la noche, Laura? ¿No puedes esperar hasta mañana para tus dramas? —me preguntó, con los ojos cansados.
—No es solo esta noche, Santiago. Es cada día. Siento que no tengo espacio para ser yo misma. Que todo gira a tu alrededor —le dije, sintiendo cómo las lágrimas me quemaban los ojos.
Él se quedó en silencio, mirando el suelo. Por un momento, pensé que iba a decir algo, pero solo se encogió de hombros y se fue a dormir, dejándome sola en el patio.
Me quedé allí, escuchando los últimos estallidos de la pólvora, pensando en todo lo que había perdido. Pensé en mi papá, en mi mamá, en los sueños que alguna vez tuve. Pensé en la niña que escribía deseos en papelitos y los quemaba con esperanza. ¿En qué momento me había olvidado de mí misma?
Juliana salió a buscarme, envuelta en una ruana, y se sentó a mi lado.
—Laurita, no tienes que quedarte donde no eres feliz. No tienes que sacrificarte siempre por los demás —me dijo, mirándome con ternura.
—¿Y si me equivoco, Juli? ¿Y si lo dejo y después me arrepiento? —le pregunté, con miedo.
—Peor es arrepentirse de no haberlo intentado. De no haberte elegido a ti misma —me respondió, apretando mi mano.
La noche terminó en silencio. Cuando todos se fueron a dormir, me quedé sola en el balcón, mirando las luces de la ciudad. Sentí el frío en los huesos, pero también una chispa de algo nuevo, una pequeña esperanza. Tal vez era hora de escribir un nuevo deseo, de quemar el papelito y pedir, por fin, lo que mi corazón necesitaba.
¿Será que uno puede volver a encontrarse a sí mismo después de tanto tiempo? ¿Será que tengo el valor de elegir mi propia voz, aunque eso signifique romper la frágil armonía que me ata a Santiago? ¿Ustedes qué harían en mi lugar?