Cicatrices de la traición: Una historia de familia, confianza y desilusión
—¡No puedes hacerme esto, mamá! —grité, con la voz quebrada, mientras veía cómo mi madre cerraba la puerta de su cuarto, ignorando mis lágrimas. Afuera, la lluvia golpeaba los techos de lámina de nuestra casa en el barrio San Martín, en las afueras de Ciudad de México. Mi nombre es Mariana López y, aunque apenas tengo 32 años, siento que he vivido mil vidas.
Desde niña aprendí que en mi familia el amor se medía en sacrificios. Mi papá, Don Ernesto, trabajaba jornadas dobles como chofer de microbús; mi mamá, Doña Rosa, vendía tamales en la esquina. Yo era la mayor de cuatro hermanos: Diego, Lucía y el pequeño Emiliano. Cuando tenía 15 años, mi papá enfermó de los riñones. Dejé la prepa para ayudar en casa. «Ya tendrás tiempo para estudiar, hija», me decía mi mamá mientras me pasaba el delantal. Pero ese tiempo nunca llegó.
A los 20 años, mientras mis amigas soñaban con viajar o estudiar en la UNAM, yo ya sabía cómo estirar el dinero para que alcanzara para todos. Mi hermano Diego se metió en problemas con una pandilla; Lucía quedó embarazada a los 17; Emiliano era apenas un niño cuando mi papá murió. Yo fui madre, hermana y padre a la vez. «Eres el pilar de esta familia», repetía mi mamá cada vez que yo quería hablar de mis propios sueños.
Pero el verdadero golpe llegó hace dos años. La pandemia nos dejó sin ingresos. Yo había conseguido trabajo limpiando casas en Polanco y vendiendo gelatinas en la colonia. Un día llegué a casa y encontré a Diego borracho, gritando que ya no aguantaba más. Lucía lloraba porque su pareja la había dejado con dos niños pequeños. Mi mamá solo suspiraba y me miraba como si yo tuviera todas las respuestas.
—¿Por qué siempre tengo que ser yo? —le pregunté una noche a mi reflejo en el espejo del baño. Tenía ojeras profundas y las manos agrietadas por el cloro.
Un día, desesperada, le pedí ayuda a mi tía Carmen, la hermana de mi mamá que vive en Monterrey. «No puedo meterme en sus problemas», me dijo por teléfono. «Cada quien carga su cruz». Sentí una punzada en el pecho. ¿Dónde estaba esa familia unida que tanto nos enseñaron a valorar?
Las cosas empeoraron cuando Diego robó dinero de la caja donde guardábamos los ahorros para la renta. Mi mamá lo defendió: «Es tu hermano, está desesperado». Yo solo sentí rabia e impotencia.
—¿Y yo? ¿Quién me defiende a mí? —le reclamé a mi madre.
—No seas egoísta, Mariana —me respondió ella sin mirarme a los ojos.
Esa noche dormí en el suelo de la cocina porque Lucía se había adueñado de mi cama con sus hijos. Lloré en silencio hasta quedarme dormida.
Un mes después, recibimos una notificación de desalojo. Nadie tenía dinero para pagar la renta atrasada. Fui con mi jefe, Don Manuel, a pedirle un adelanto.
—Mira, Mariana —me dijo con voz cansada—, apenas puedo pagarle a las muchachas. Si quieres buscar otro trabajo, lo entiendo.
Sentí que el mundo se me venía encima. Caminé bajo la lluvia hasta la casa y encontré a todos viendo televisión como si nada pasara.
—¿Y ahora qué vamos a hacer? —pregunté al borde del colapso.
—Tú siempre resuelves todo —dijo Lucía encogiéndose de hombros.
Fue ahí cuando algo dentro de mí se rompió. Me encerré en el baño y grité hasta quedarme sin voz.
Al día siguiente, hice algo que nunca imaginé: empaqué mis cosas y me fui. Dejé una nota: «No puedo más. Necesito pensar en mí».
Me fui a casa de una amiga, Paola, que vivía en Iztapalapa. Me recibió con un abrazo y una taza de café caliente.
—Ya era hora que te pusieras primero tú —me dijo Paola—. No eres su sirvienta ni su salvadora.
Las primeras noches no podía dormir por la culpa. ¿Cómo iba a dejar a mi familia sola? Pero poco a poco sentí alivio. Conseguí trabajo en una panadería y empecé a ahorrar para terminar la prepa abierta.
Mi familia me llamó varias veces al principio:
—¿Cómo pudiste abandonarnos? —lloraba mi mamá al teléfono.
—No soy tu enemiga —le respondí— pero tampoco puedo seguir cargando con todo.
Diego me mandó mensajes insultándome; Lucía dejó de hablarme por meses. Solo Emiliano me buscaba para contarme cómo iba en la escuela.
Pasaron los meses y aprendí a vivir sola. Descubrí que podía reír sin sentir culpa y llorar sin esconderme. Empecé terapia comunitaria en el centro cultural del barrio; ahí conocí historias parecidas a la mía: mujeres que lo dieron todo por su familia y recibieron solo reproches o indiferencia.
Un día recibí una carta de mi mamá:
«Hija,
No entiendo tus decisiones pero quiero que sepas que te extraño. Aquí las cosas no han mejorado mucho pero espero que estés bien. Perdóname si alguna vez te hice sentir menos o si no supe apoyarte como necesitabas.
Con cariño,
Mamá»
Lloré mucho al leerla pero no regresé. Aprendí que amar no significa destruirse por otros ni aceptar migajas de cariño o respeto.
Hoy vivo en un pequeño cuarto propio; tengo plantas en la ventana y libros apilados junto a la cama. Sigo ayudando a Emiliano cuando puedo pero ya no cargo culpas ajenas.
A veces me pregunto si algún día podré perdonar del todo las cicatrices de la traición familiar o si aprenderé a quererlos desde lejos, sin perderme a mí misma otra vez.
¿Ustedes qué harían? ¿Hasta dónde llegarían por su familia antes de decir basta?