Cuando la familia se rompe: La decisión que nos separó para siempre

—¡No quiero verla nunca más! —gritó Nicolás, mi hijo, con los ojos llenos de rabia y lágrimas. Ana, la hija de mi esposo Marcos, se encerró en su cuarto dando un portazo que hizo temblar las paredes de nuestro pequeño departamento en Rosario. Yo me quedé en medio del pasillo, sintiendo cómo el aire se volvía denso, casi irrespirable.

No era la primera vez que discutían. Desde que Marcos y yo decidimos unir nuestras vidas, los roces entre nuestros hijos se volvieron parte del día a día. Pero esa noche, después de que Nicolás le gritara a Ana que ojalá nunca hubiera venido a vivir con nosotros, supe que algo se había roto para siempre.

—Esto no puede seguir así, Lucía —me dijo Marcos en voz baja cuando los chicos ya estaban en sus cuartos—. Si no hacemos algo, vamos a terminar perdiéndolos a los dos.

Yo lo miré con cansancio y miedo. ¿Qué se supone que debía hacer? ¿Separar a mis hijos? ¿Mandar a uno lejos para proteger al otro? La idea me revolvía el estómago, pero Marcos insistió:

—Quizás si Nicolás pasa un tiempo con tus padres en el campo, las cosas se calman. Ana necesita sentirse segura aquí. Y vos… vos también necesitás un respiro.

Esa noche no dormí. Escuchaba los ruidos de la ciudad mezclados con los sollozos ahogados de Nicolás detrás de la puerta. Recordé cuando era pequeño y me pedía que le cantara para dormir. Ahora, apenas podía acercarme sin que me mirara con reproche.

Al día siguiente, preparé una mochila con sus cosas. Nicolás no dijo nada. Solo me miró con esos ojos oscuros llenos de preguntas y resentimiento. Mi papá vino a buscarlo en su camioneta desvencijada. Antes de irse, Nicolás me abrazó fuerte, como si supiera que algo se estaba terminando.

—¿Por qué tengo que irme yo? —susurró—. ¿Por qué siempre soy yo el problema?

No supe qué responderle. Me quedé ahí, viendo cómo la camioneta se alejaba por la avenida, llevándose una parte de mí.

Los días siguientes fueron un infierno silencioso. Ana parecía más tranquila, pero yo sentía la casa vacía, como si faltara el aire. Marcos intentaba animarme:

—Es solo por un tiempo, Lucía. Ya vas a ver que todo mejora.

Pero nada mejoraba. Nicolás me llamaba cada noche desde el campo, su voz apagada por la distancia y el dolor.

—Acá no hay nada para hacer, má —me decía—. El abuelo está todo el día en la huerta y la abuela no para de preguntarme si extraño Rosario. ¿Vos me extrañás?

Yo tragaba las lágrimas y le respondía que sí, que pronto volvería a casa. Pero cada llamada era más corta y más fría.

Una tarde, mientras lavaba los platos, escuché a Ana hablando por teléfono con una amiga:

—Ahora por fin puedo estar tranquila en casa. Ojalá Nico no vuelva nunca…

Sentí una punzada en el pecho. ¿Habíamos hecho lo correcto? ¿Había sacrificado a mi hijo por la paz aparente de una familia que nunca terminó de ser mía?

Las semanas pasaron y Nicolás dejó de llamar todos los días. Empezó a ayudar a mi papá en el campo, aprendió a ordeñar vacas y a sembrar maíz. Pero cuando fui a visitarlo por primera vez después de un mes, lo encontré cambiado: más callado, más distante.

—¿Cuándo puedo volver? —preguntó sin mirarme a los ojos.

No supe qué decirle. En casa, Marcos evitaba el tema y Ana fingía que todo estaba bien. Pero yo sentía que había perdido algo irrecuperable.

Una noche, después de cenar, enfrenté a Marcos:

—No puedo seguir así. Nicolás es mi hijo y lo estoy perdiendo.

Él suspiró y me tomó la mano:

—Yo también tengo miedo, Lucía. Pero si vuelve ahora… todo va a empezar de nuevo.

—¿Y si nunca vuelve a ser el mismo? —pregunté, sintiendo cómo las lágrimas me quemaban los ojos.

El silencio fue la única respuesta.

Al poco tiempo, Nicolás dejó de contestar mis mensajes. Mi mamá me decía que estaba bien, pero yo sentía en el alma que algo se había roto entre nosotros. Empecé a soñar con él todas las noches: lo veía solo en medio del campo, gritándome desde lejos mientras yo no podía alcanzarlo.

Un domingo cualquiera, recibí una carta escrita con su letra temblorosa:

“Má,
No sé si quiero volver. Acá es más fácil no pensar en todo lo que pasó. No sé si todavía tengo un lugar ahí con vos y Marcos… o si alguna vez lo tuve.”

Leí esas palabras una y otra vez hasta que el papel se empapó con mis lágrimas. ¿Cómo llegamos hasta acá? ¿En qué momento elegí la paz aparente sobre el amor incondicional?

Hoy escribo esto desde la misma mesa donde tomábamos mate todas las tardes antes de que todo cambiara. Ana está en su cuarto escuchando música; Marcos mira televisión como si nada hubiera pasado. Pero yo siento el vacío de Nicolás en cada rincón de esta casa.

¿Hicimos lo correcto? ¿Vale la pena sacrificar a uno por intentar salvar a todos? ¿Cuántas familias en nuestro país viven este mismo dolor silencioso?

A veces me pregunto: ¿qué harías vos si tuvieras que elegir entre tu hijo y la paz de tu nueva familia? ¿Realmente existe una decisión correcta cuando el corazón está partido en dos?