Cuando los hijos olvidan a su madre: La historia de una maestra jubilada en México
—¿Por qué no viniste, hijo? —pregunté con la voz quebrada, mirando el teléfono que no sonó en mi cumpleaños número setenta y dos. La casa estaba silenciosa, solo el tic-tac del viejo reloj de pared acompañaba mis pensamientos. Me llamo Carmen Rodríguez y fui maestra de primaria en un pequeño pueblo de Veracruz durante más de treinta años. Siempre creí que la educación y el amor eran las mejores herencias que podía dejarle a mis hijos, pero hoy, sentada en este sillón gastado, me pregunto si no me equivoqué.
Recuerdo cuando mi esposo, Don Ernesto, aún vivía. La casa rebosaba de risas y gritos infantiles. Mis hijos, Lucía y Andrés, corrían por el patio mientras yo preparaba tamales para la cena. Ernesto siempre decía: “Carmen, nuestros hijos serán nuestro orgullo”. Y yo le creía. Trabajaba doble turno en la escuela y aún así encontraba tiempo para ayudarles con las tareas, escuchar sus problemas y abrazarlos cuando tenían miedo.
Pero la vida no es una telenovela. Cuando Ernesto enfermó de cáncer, todo cambió. Lucía ya vivía en Ciudad de México y Andrés se fue a Monterrey buscando mejores oportunidades. Yo me quedé sola cuidando a mi esposo hasta el último suspiro. Recuerdo la última noche que pasamos juntos:
—No los juzgues, Carmen —me dijo Ernesto con voz débil—. La vida allá afuera es dura.
—Pero yo los necesito aquí —le respondí entre lágrimas.
Él solo me acarició la mano y cerró los ojos para siempre.
Después del funeral, la casa se sintió más vacía que nunca. Lucía se quedó dos días y luego regresó a su vida agitada en la capital. Andrés solo vino al entierro y se fue sin mirar atrás. Me quedé con las fotos viejas y las cartas de mis alumnos agradeciéndome por enseñarles a leer y escribir.
Los primeros meses intenté mantenerme ocupada. Daba clases particulares a los niños del barrio y tejía bufandas para vender en el mercado. Pero la pensión apenas alcanzaba para los medicamentos y la comida. Un día, mientras contaba las monedas para comprar tortillas, sentí una punzada de rabia:
—¿De qué sirvió tanto sacrificio? —me pregunté en voz alta—. ¿Para esto?
Intenté llamar a Lucía varias veces. Siempre contestaba su secretaria:
—La señora Lucía está en una reunión, ¿puede dejar mensaje?
Andrés ni siquiera respondía los mensajes de WhatsApp. Solo veía las fotos que subía a Facebook: él con su esposa y sus hijos en un centro comercial, sonriendo como si yo no existiera.
Una tarde lluviosa, la vecina Doña Rosa tocó mi puerta.
—Carmen, ¿por qué no le pides ayuda a tus hijos? Tú les diste todo.
—No quiero ser una carga —le respondí, sintiendo cómo se me apretaba el pecho.
Pero la verdad es que ya me sentía una carga invisible. Nadie preguntaba si comí, si tenía frío o si necesitaba algo. Solo los recuerdos me hacían compañía.
Un día recibí una carta del banco: debía tres meses de luz y si no pagaba me cortarían el servicio. Me senté en la cama y lloré como una niña. Pensé en irme a vivir con Lucía, pero recordé su mirada incómoda cuando le mencioné esa posibilidad la última vez que nos vimos:
—Mamá, aquí todo es muy pequeño y los niños tienen sus rutinas…
Sentí que mi corazón se rompía un poco más.
Pasaron los meses y mi salud empeoró. La artritis me impedía caminar bien y cada noche rezaba para que al menos uno de mis hijos llamara. Pero solo el silencio respondía.
Una mañana, mientras barría el patio, escuché a unos niños jugando en la calle:
—¡Mira! Es la maestra Carmen —gritó uno—. Ella me enseñó a leer.
Sentí un calorcito en el pecho. Al menos alguien recordaba mi nombre.
Esa noche soñé con Ernesto. Me decía:
—No estás sola, Carmen. Lo que diste no fue en vano.
Pero al despertar, la soledad era más real que nunca.
Hoy escribo estas líneas sentada junto a la ventana, viendo cómo cae la tarde sobre el pueblo que me vio nacer y envejecer. Me pregunto si otras madres sienten este vacío cuando los hijos se van y se olvidan de quien les dio todo.
¿Vale la pena sacrificarlo todo por los hijos? ¿O deberíamos aprender a vivir para nosotras mismas antes de que sea demasiado tarde?