¿Dónde Estabas Cuando Más Te Necesité?
—¿Dónde estabas, Mariana? ¡Vinimos a visitarte y no estabas en casa! —La voz de mi prima Lucía retumbó en el altavoz del celular, mezclada con el bullicio de la terminal de autobuses.
Me quedé en silencio, mirando por la ventana del pequeño departamento que compartía con Josué y sus padres. Afuera, la Ciudad de México rugía con su tráfico y su gente apurada, pero dentro de mí solo había un eco vacío. No supe qué responderle. ¿Cómo explicarle que ya no era dueña de mi tiempo, que la ciudad me había tragado entera?
Hace dos años llegué desde Veracruz, llena de sueños y con la esperanza de ayudar a mi familia. Mi mamá lloró cuando subí al ADO, pero me abrazó fuerte: “Haz tu vida, hija. No te olvides de dónde vienes”.
En la ciudad conocí a Josué en la cafetería donde trabajaba. Era amable, atento, y tenía esa sonrisa que hacía que todo el ruido se apagara. Nos enamoramos rápido. Un año después, nos casamos en una boda sencilla en Iztapalapa. No teníamos mucho dinero, así que aceptamos vivir con sus papás mientras ahorrábamos para nuestro propio lugar.
Al principio pensé que sería temporal. Pero los días se volvieron semanas, las semanas meses. La casa era pequeña: dos recámaras, una sala donde dormía su hermano menor, y una cocina siempre llena de ollas y voces. Yo ayudaba en todo: lavaba los trastes, barría el patio, hacía mandados para mi suegra. Josué trabajaba todo el día en la refaccionaria de su tío y llegaba cansado, apenas con fuerzas para cenar y dormirse viendo la tele.
Mi familia llamaba seguido. “¿Cuándo vienes a visitarnos?”, preguntaba mi mamá. “No puedo, amá. El trabajo… la casa…”, respondía yo, sintiendo cómo la culpa me apretaba el pecho.
Una tarde, mientras lavaba ropa en el lavadero del patio, escuché a mi suegra hablar con su hermana por teléfono:
—Esta muchacha no sabe ni cocinar frijoles como Dios manda. Josué se merece algo mejor…
Me tragué las lágrimas y seguí tallando la ropa hasta que los nudillos me sangraron un poco. No quería preocupar a mi mamá ni a Lucía, así que les mentía: “Todo bien aquí, solo mucho trabajo”.
Pero la verdad era otra. Josué y yo casi no hablábamos. Él estaba cada vez más distante. Una noche le pregunté:
—¿Tú crees que algún día podamos rentar algo para nosotros?
Él suspiró sin mirarme:
—Ahorita no se puede, Mariana. Hay que ayudarle a mis papás…
Sentí que me ahogaba. Yo también quería ayudar a los míos, pero aquí nadie hablaba de mis necesidades. Empecé a buscar trabajo extra limpiando casas en la colonia Roma. Salía temprano y regresaba tarde, agotada y con las manos ásperas del cloro.
Los domingos eran los peores. La familia de Josué se reunía a comer barbacoa y hablar de sus cosas. Yo era una sombra en la mesa, sirviendo platos y recogiendo vasos vacíos. Nadie preguntaba por mí ni por mi familia.
Un día recibí un mensaje de Lucía: “Vamos a ir a verte el sábado”. Me emocioné tanto que limpié el cuarto y preparé café de olla como en Veracruz. Pero ese sábado mi suegra organizó una comida sorpresa para el cumpleaños de su esposo y me pidió quedarme a ayudar todo el día.
Cuando Lucía llegó con mi tía y mi primo, yo no estaba en casa. Nadie les abrió la puerta porque todos estaban en el patio trasero celebrando. Se fueron sin verme.
Esa noche lloré en silencio junto a Josué, que dormía profundamente ajeno a mi tristeza.
Pasaron los meses y la distancia con mi familia creció como una grieta imposible de cerrar. Un día recibí una llamada urgente: mi mamá estaba enferma. Quise irme corriendo al pueblo, pero Josué solo dijo:
—¿Y quién va a cuidar aquí? Mi mamá también está mala del azúcar…
Sentí rabia e impotencia. ¿Por qué tenía que elegir entre dos familias? ¿Por qué nadie veía mi sacrificio?
La enfermedad de mi mamá empeoró y yo no pude viajar hasta semanas después, cuando ya estaba mejorando. Cuando llegué al pueblo, mi casa olía distinto; mis hermanos me miraban como si fuera una extraña.
—¿Dónde estabas cuando más te necesitábamos? —me preguntó mi hermano menor.
No supe qué decirle. Solo lloré abrazada a mi mamá.
Regresé a la ciudad sintiéndome más sola que nunca. Josué seguía distante; sus padres seguían esperando que yo fuera otra persona; mi familia allá lejos seguía esperando que regresara.
Una noche discutí con Josué:
—¿Por qué nunca me preguntas cómo estoy? ¿Por qué siempre tengo que ser yo la que cede?
Él solo bajó la mirada:
—Así es la vida aquí, Mariana…
Me di cuenta de que había perdido algo importante: mi voz.
Hoy escribo esto sentada en el mismo cuarto pequeño donde empezó todo. Afuera llueve y adentro solo hay silencio.
A veces me pregunto: ¿cuántas mujeres como yo han tenido que elegir entre su familia y su matrimonio? ¿Cuántas han sentido que no pertenecen ni aquí ni allá?
¿Ustedes qué harían si estuvieran en mi lugar? ¿Vale la pena sacrificar tanto por amor o por costumbre?