Ecos de advertencias no dichas: La historia de Mariela, Lucía y nuestra familia

—¡Mariela, por favor, ayúdame!— La voz de Lucía atraviesa el teléfono como un cuchillo. Llora, solloza, apenas puede respirar. Mi corazón late tan fuerte que siento que va a romperme el pecho. Sé lo que viene, lo he sentido durante años, pero nunca quise ponerle nombre.

—¿Qué pasó, hija?— pregunto, aunque en el fondo ya lo sé.

—Iván… otra vez. Me gritó, me empujó… Los niños vieron todo. No sé qué hacer, Mariela. Tengo miedo.

Cierro los ojos y veo a mi hijo, Iván, cuando era apenas un niño en nuestra casa en San Miguel de Tucumán. Recuerdo su mirada triste cuando su padre llegaba borracho y gritaba, cuando yo me escondía en la cocina y él se tapaba los oídos. Recuerdo cómo prometí que él nunca sería como su padre. Pero aquí estoy, escuchando a Lucía repetir mi propia historia.

—Voy para allá— le digo, aunque mis piernas tiemblan.

El taxi avanza lento por las calles polvorientas. Miro por la ventana y veo a los chicos jugando a la pelota en la vereda, igual que Iván y sus amigos hace veinte años. ¿En qué momento se rompió todo? ¿Cuándo dejé de ver las señales?

Llego al departamento y Lucía me abre la puerta con los ojos hinchados. Los niños están en el cuarto, abrazados. Iván no está. Lucía me mira como si yo tuviera todas las respuestas.

—¿Por qué es así, Mariela? ¿Por qué me hace esto?— pregunta entre lágrimas.

No sé qué decirle. Me siento culpable. ¿Acaso no fui yo quien le enseñó a callar? ¿No fui yo quien le dijo que los problemas de la familia se quedan en casa? ¿No fui yo quien le pidió que perdonara a su padre una y otra vez?

Me siento en la mesa de la cocina y Lucía se sienta frente a mí. El silencio pesa más que cualquier palabra.

—¿Sabés qué es lo peor?— dice Lucía— Que a veces pienso que es mi culpa. Que si yo fuera más paciente, si no lo provocara…

—No digas eso, hija— le digo, tomando su mano— No es tu culpa. Nunca lo fue.

Pero mientras lo digo, siento el veneno del pasado en mi garganta. ¿Cuántas veces pensé lo mismo sobre mí y el papá de Iván? ¿Cuántas veces me culpé por sus gritos, por sus golpes?

Esa noche me quedo con Lucía y los chicos. Les leo un cuento para dormir, les acaricio el pelo como hacía con Iván cuando tenía pesadillas. Cuando finalmente se duermen, salgo al balcón y llamo a mi hermana Rosa.

—Rosa, no puedo más. Iván… está repitiendo todo lo que vivimos nosotras.

—Mariela, vos hiciste lo que pudiste— dice Rosa— Pero ahora tenés que hacer más. No podés protegerlo si eso significa dejar que lastime a otros.

Lloro en silencio. Pienso en mi madre, en cómo ella también calló toda su vida. Pienso en las mujeres de mi barrio, en las vecinas que bajan la voz cuando pasa algo feo en casa. ¿Cuándo vamos a romper este círculo?

Al día siguiente Iván vuelve al departamento. Entra sin mirar a nadie, va directo al cuarto. Lo sigo y cierro la puerta detrás de mí.

—Iván, tenemos que hablar.

Me mira con rabia y cansancio.

—¿Ahora vos también me vas a juzgar? Siempre defendés a Lucía…

—No estoy acá para juzgarte, hijo. Estoy acá porque te amo. Pero esto no puede seguir así.

Se sienta en la cama y se tapa la cara con las manos.

—No sé qué me pasa, mamá. Me enojo y después no puedo parar… Después me arrepiento pero ya es tarde.

Me acerco y le pongo una mano en el hombro.

—¿Te acordás de tu papá? ¿Te acordás cómo nos hacía sentir?

Asiente en silencio.

—Vos juraste que nunca ibas a ser como él.

Llora como un niño pequeño. Yo también lloro. Por él, por mí, por todas las mujeres de mi familia.

Esa tarde llamo a una psicóloga del hospital público. Le pido ayuda para Iván, para Lucía, para los chicos… para mí también. Por primera vez en mi vida dejo de callar.

Los meses pasan lentos y duros. Iván empieza terapia; a veces retrocede, otras avanza un poco. Lucía también busca ayuda; aprende a poner límites, a decir basta. Yo asisto a un grupo de mujeres en el centro comunitario del barrio; compartimos historias parecidas, nos damos fuerza unas a otras.

No es fácil. Hay días en que todo parece perdido; días en que Iván vuelve a gritar o Lucía duda si quedarse o irse. Pero ahora hablamos, ahora pedimos ayuda. Ahora sabemos que el silencio no protege: destruye.

Un domingo nos sentamos todos juntos a almorzar en casa de Rosa. Los chicos juegan en el patio; Lucía sonríe tímida; Iván ayuda a poner la mesa. No somos una familia perfecta —quizás nunca lo fuimos— pero estamos intentando sanar.

A veces me pregunto si hubiera sido diferente si yo hubiera hablado antes; si hubiera roto el silencio cuando era joven, si hubiera pedido ayuda cuando todavía tenía miedo. Pero ya no puedo cambiar el pasado; sólo puedo elegir qué hago hoy.

¿Hasta cuándo vamos a seguir callando lo que duele? ¿Cuántas familias más tienen que romperse antes de animarnos a hablar?