El aroma del pan y el peso de las palabras calladas: Un jueves que lo cambió todo

—¿Otra vez pan con mantequilla, Mariana? —La voz de Andrés retumbó en la cocina, mezclándose con el aroma cálido del pan recién horneado. Yo, con las manos aún cubiertas de harina, sentí cómo la rabia y la tristeza me subían por la garganta. Era jueves, pero no uno cualquiera. Era el jueves en que mi paciencia, amasada durante años, estaba a punto de romperse.

No respondí de inmediato. Miré a mi hija Lucía, sentada en la mesa con los codos apoyados y la mirada baja. Ella sabía, como yo, que ese tono de voz era el preludio de una discusión. Afuera, la lluvia golpeaba el techo de lámina y el olor a tierra mojada se colaba por la ventana entreabierta. Pensé en mi madre, en su casa de Tegucigalpa, diciéndome siempre: “Mija, el amor se demuestra en los detalles”. ¿Pero qué pasa cuando los detalles se vuelven cadenas?

—Es lo que hay, Andrés —contesté al fin, tratando de mantener la calma—. Salí tarde del trabajo y no tuve tiempo de ir al mercado.

Él bufó y se sirvió café con un gesto brusco. —Siempre tienes una excusa. Antes no eras así.

Sentí el golpe de sus palabras como una piedra en el pecho. Antes no era así… ¿Antes cuándo? ¿Antes de que Lucía naciera? ¿Antes de que él perdiera su empleo y yo tuviera que trabajar doble turno en la panadería? ¿Antes de que las cuentas se acumularan y los sueños se achicaran?

—¿Sabes qué? —dije, dejando caer el cuchillo sobre la mesa—. Si tanto te molesta, haz tú la cena.

Lucía levantó la vista, asustada. Andrés me miró con furia contenida. Por un instante, el silencio fue tan denso que casi podía cortarse con el cuchillo.

—No me hables así delante de la niña —susurró él, pero sus palabras eran veneno.

Me temblaban las manos. Quise gritarle todo lo que había callado: las noches sin dormir pensando cómo pagar el alquiler, los días en que me partía el lomo para que nada faltara en casa, las veces que él llegaba tarde y yo fingía no oler el perfume ajeno en su camisa. Pero no dije nada. Solo recogí mi delantal y salí al patio bajo la lluvia.

Allí, entre las gotas frías y el olor a pan recién hecho que escapaba por la ventana, lloré en silencio. Recordé cuando Andrés y yo nos conocimos en la universidad, cuando soñábamos con abrir una cafetería juntos y viajar por América Latina. ¿En qué momento nos perdimos? ¿Cuándo dejamos de ser compañeros para convertirnos en extraños?

Mi vecina Rosa apareció del otro lado de la cerca con su infaltable cigarro en mano.

—¿Otra vez peleando? —preguntó sin rodeos.

Asentí, incapaz de hablar.

—No te dejes, Mariana. Uno también vale —dijo ella, lanzando el humo al cielo encapotado—. No eres su sirvienta.

Sus palabras me calaron hondo. ¿Cuándo fue la última vez que pensé en mí misma? Siempre era primero Lucía, luego Andrés, luego la casa… Yo quedaba al final de la lista.

Volví adentro empapada y encontré a Lucía lavando los platos mientras Andrés veía televisión como si nada hubiera pasado. Me acerqué a mi hija y le acaricié el cabello.

—¿Estás bien, mi amor?

Ella asintió sin mirarme.

Esa noche no pude dormir. Me quedé mirando el techo, escuchando los ronquidos de Andrés y pensando en todas las veces que había sacrificado mis sueños por mantener la paz en casa. Recordé mi pasión por la repostería, los premios que gané en la secundaria por mis pasteles de tres leches, las tardes en que mi abuela me enseñaba a amasar pan mientras me contaba historias de mujeres valientes.

A la mañana siguiente, tomé una decisión. Me levanté antes del amanecer y preparé una canasta con pan dulce y empanadas para vender en el mercado. Cuando Andrés despertó y me vio vestida para salir, frunció el ceño.

—¿A dónde vas tan temprano?

—A buscarme a mí misma —respondí sin titubear—. Y a ganar un poco más para la casa.

Él no dijo nada. Solo me miró como si no me reconociera.

En el mercado sentí una libertad nueva. Las otras vendedoras me recibieron con sonrisas cómplices y consejos prácticos: “No le des fiado a doña Marta”, “Ponle más azúcar al pan de coco”. Vendí todo antes del mediodía y regresé a casa cansada pero feliz.

Esa noche preparé una cena sencilla pero especial: arroz con pollo y ensalada fresca. Cuando Andrés llegó, notó el cambio en mi actitud.

—¿Y esto?

—Hoy cociné porque quise, no porque tenía que hacerlo —le dije mirándolo a los ojos.

Él bajó la mirada y por primera vez en mucho tiempo pareció vulnerable.

—Perdón —murmuró—. No me di cuenta de cuánto te estaba pidiendo.

No respondí enseguida. Sabía que las heridas no sanan con una sola disculpa. Pero esa noche sentí que algo había cambiado dentro de mí: ya no era solo esposa o madre; era Mariana, una mujer con sueños propios.

Ahora cada jueves huelo el pan recién hecho y me pregunto si algún día podré perdonarlo del todo… o si podré perdonarme a mí misma por haber callado tanto tiempo. ¿Cuántas mujeres más viven atrapadas entre el aroma del hogar y la amargura de las palabras no dichas? ¿Y tú… qué harías si fueras yo?