El día que todo cambió: Un relato de vida en Ciudad de México
—¿Señora Jimena González?— La voz al otro lado del teléfono temblaba, y en ese instante supe que algo terrible había pasado. Eran las 7:13 de la mañana, y yo apenas había puesto el café en la estufa. —Sí, soy yo— respondí, sintiendo cómo el corazón se me subía a la garganta. —Su esposo, el señor Alejandro Ramírez, tuvo un accidente. Está en el Hospital General Balbuena. Debe venir lo antes posible.
El mundo se detuvo. Dejé caer la taza, que se rompió en mil pedazos sobre el piso de la cocina. Mi hija Sofía, de apenas ocho años, salió corriendo de su cuarto asustada por el ruido. —¿Qué pasa, mamá?— preguntó con los ojos grandes y llenos de miedo. No pude responderle. Solo la abracé fuerte y le dije que nos íbamos al hospital.
El trayecto en taxi fue eterno. El tráfico de Ciudad de México parecía burlarse de mi desesperación. Sofía no dejaba de preguntar por su papá, y yo solo podía apretar su mano, tratando de no llorar frente a ella. Cuando llegamos, corrí por los pasillos fríos hasta que una enfermera me llevó a la sala de espera. —Espere aquí, la doctora vendrá a hablar con usted— dijo sin mirarme a los ojos.
Los minutos se volvieron horas. Mi suegra, Doña Marta, llegó poco después, con el rostro desencajado y las manos temblorosas. —¿Qué pasó, Jimena? ¿Cómo está mi hijo?— Me sentí impotente, incapaz de darle respuestas. Finalmente, la doctora apareció. —Alejandro está estable, pero sufrió varias fracturas y una contusión en la cabeza. Va a necesitar cirugía y una larga recuperación.
El alivio fue inmediato, pero duró poco. Cuando por fin pude entrar a verlo, Alejandro apenas podía hablar. Me miró con ojos vidriosos y murmuró: —Perdóname, Jime… Hay cosas que no sabes…
No entendí a qué se refería. Pensé que era el dolor o la anestesia hablando. Pero esa noche, mientras revisaba su celular para avisar a sus amigos del accidente, encontré mensajes que no eran para mí. Mensajes de amor, promesas y citas con una tal «Carla». Sentí que el piso se abría bajo mis pies.
No dormí esa noche. La rabia y la tristeza me revolvían el estómago. ¿Cómo podía ser? ¿Después de quince años juntos? Al día siguiente, enfrenté a Alejandro en el hospital.
—¿Quién es Carla?— pregunté sin rodeos.
Él bajó la mirada, incapaz de sostenerme la vista. —Es… alguien del trabajo. Lo siento, Jime. No quería lastimarte.
La furia me cegó. —¿No querías lastimarme? ¡Me has destrozado! ¿Y Sofía? ¿Pensaste en ella?
Alejandro lloró como nunca lo había visto antes. Pero yo no podía consolarlo; sentía que todo lo que habíamos construido era una mentira.
Los días siguientes fueron un infierno. Doña Marta me culpaba por no haber notado nada antes. Mis padres me decían que pensara en Sofía antes de tomar cualquier decisión. Mis amigas me aconsejaban desde el divorcio hasta la venganza.
Pero lo peor fue enfrentar a Sofía. Una tarde me preguntó: —¿Por qué papá ya no viene a casa?
No supe qué decirle. Solo le prometí que todo iba a estar bien, aunque ni yo misma lo creía.
La recuperación de Alejandro fue lenta y dolorosa. Yo iba al hospital todos los días por Sofía, pero apenas le dirigía la palabra. Un día, mientras él dormía, llegó Carla al hospital. La reconocí por las fotos del celular.
—¿Eres Jimena?— preguntó con voz suave.
—Sí— respondí fría.
—Solo quería decirte que no sabía que seguían juntos… Alejandro me dijo que estaba separado— murmuró ella, con lágrimas en los ojos.
Sentí una mezcla extraña de compasión y rabia. —Pues no era cierto— le respondí.— Y ahora todos estamos pagando por sus mentiras.
Carla se fue sin decir más. Yo me quedé ahí, mirando a Alejandro dormir, preguntándome en qué momento nuestra vida se había convertido en esto.
Pasaron semanas antes de que pudiera hablar con él sin gritar o llorar. Una tarde, mientras Sofía dibujaba en la sala del hospital, Alejandro me tomó la mano.
—Jime, sé que te fallé y no merezco tu perdón… Pero quiero luchar por nuestra familia. Estoy dispuesto a hacer lo que sea necesario.
No supe qué responderle. Parte de mí quería huir y no mirar atrás; otra parte recordaba los años felices, las promesas y los sueños compartidos.
Empezamos terapia de pareja por insistencia de Sofía, quien solo quería vernos juntos otra vez. Las sesiones fueron duras; salían a flote viejas heridas y resentimientos guardados por años: el estrés del trabajo, las presiones económicas, la soledad que sentíamos aunque dormíamos en la misma cama.
Un día, después de una sesión especialmente difícil, Alejandro confesó entre sollozos:
—Me sentía vacío… No justifico lo que hice, pero necesitaba sentirme importante para alguien…
Yo también lloré. Porque entendí que ambos habíamos fallado: él por buscar afuera lo que le faltaba adentro; yo por dejarme consumir por la rutina y olvidar lo que nos unía.
La familia se dividió: mi suegra insistía en que debía perdonarlo «por el bien de Sofía»; mi madre decía que no debía permitirle volver jamás; mis amigas ya ni sabían qué aconsejarme.
En medio del caos, Sofía enfermó gravemente de bronquitis y estuvo internada varios días. Fue ahí donde Alejandro y yo volvimos a unirnos como equipo: turnándonos para cuidarla, rezando juntos por su salud, recordando lo mucho que nos necesitábamos como padres.
Cuando Sofía salió del hospital, nos sentamos los tres en la sala de casa y hablamos como nunca antes: sobre el amor, el perdón y los errores humanos.
Hoy no puedo decir que todo está resuelto ni que confío plenamente en Alejandro otra vez. Pero estamos intentando reconstruirnos desde las ruinas; aprendiendo a hablar con honestidad y a pedir ayuda cuando lo necesitamos.
A veces me pregunto si es posible volver a amar después de una traición tan grande… ¿Ustedes qué harían en mi lugar? ¿Perdonarían o empezarían de nuevo?