El eco de los secretos: una sombra en la casa de campo
—¡No te vayas todavía, hijo!—gritó mi madre desde la puerta, su voz temblando entre el trueno y la lluvia que caía sobre el techo de zinc. Pero ya tenía la mochila al hombro y las botas llenas de barro. El olor a tierra mojada y a leña quemada me perseguía mientras cruzaba el patio, esquivando los charcos que se formaban junto al viejo limonero.
Había pasado el fin de semana en la casa de mis padres, en las afueras de San Vicente, un pueblo perdido entre los cerros del sur de Colombia. Cada verano, desde que tengo memoria, ellos se mudan allí para cuidar la tierra y alejarse del ruido de la ciudad. Pero este año todo era distinto: la casa crujía más que nunca, las paredes pedían pintura a gritos y mi padre, don Ramiro, ya no era el hombre fuerte que cargaba sacos de café sin sudar una gota.
—No te preocupes, viejo—le dije esa mañana mientras arreglaba el portón caído—. Yo me encargo del resto. Tú siéntate y descansa ese corazón.
Él solo me miró con esos ojos grises, llenos de orgullo y algo más que no supe descifrar. Mi madre, doña Teresa, preparaba café en la cocina, murmurando oraciones para que la salud de papá mejorara. Yo hacía lo posible por ayudar: cargaba agua del pozo, reparaba goteras, cortaba leña. Pero sentía que todo era inútil, como si el tiempo se nos escapara entre los dedos.
Esa tarde, cuando la tormenta empezó a rugir sobre los cerros, mi padre me llamó al cuarto. Su voz era apenas un susurro:
—Santiago… hay cosas que debes saber antes de irte.
Me senté a su lado, sintiendo el peso del silencio. Afuera, los relámpagos iluminaban la silueta del gallinero y los perros aullaban asustados.
—¿Recuerdas cuando eras niño y desaparecías por horas en el monte?—me preguntó.
Asentí, recordando mis aventuras entre los cafetales y los ríos escondidos.
—Siempre pensé que eras valiente… pero también temía que un día no volvieras. Como tu hermano.
El nombre de Julián flotó en el aire como un fantasma. Nadie hablaba de él desde hacía años. Mi hermano mayor había desaparecido una noche parecida a esta, cuando yo tenía apenas diez años. La policía buscó por semanas, pero nunca hubo respuestas. Mis padres se encerraron en su dolor y yo aprendí a no preguntar.
—Papá…
—Déjame terminar—me interrumpió con la voz quebrada—. Esa noche… yo discutí con él. Le dije cosas horribles. Le grité que era una vergüenza para la familia por no querer trabajar en el campo, por soñar con irse a la ciudad. Y él… él se fue sin mirar atrás.
Las lágrimas rodaban por sus mejillas arrugadas. Sentí un nudo en la garganta.
—Nunca te lo dije porque pensé que era mejor así. Pero ahora… siento que el corazón no me va a aguantar mucho más y no quiero irme con este peso.
Me quedé en silencio, escuchando el golpeteo de la lluvia y el crujir de la madera vieja. Por primera vez entendí el cansancio en los ojos de mi padre y la tristeza silenciosa de mi madre.
Esa noche dormí poco. El viento sacudía las ventanas y los recuerdos me mantenían despierto. Pensé en Julián, en cómo habría sido su vida si las cosas hubieran sido distintas. Pensé en mi propio destino: ¿estaba repitiendo los errores de mi padre al quedarme atrapado entre el deber y mis propios sueños?
Al amanecer, ayudé a mamá a preparar arepas y café. Ella me miró con ternura y preocupación.
—Tu papá te necesita más que nunca—susurró—. No lo dejes solo con sus fantasmas.
Pero yo tenía que volver a mi vida en la ciudad: mi trabajo como profesor suplente apenas me alcanzaba para pagar el arriendo y ayudarles con lo poco que podía enviar cada mes. Me despedí prometiendo volver pronto, aunque ambos sabíamos que ese “pronto” podía ser semanas o meses.
El viaje de regreso fue largo y silencioso. El bus avanzaba lento por las carreteras llenas de baches mientras yo repasaba una y otra vez la confesión de mi padre. ¿Cuántas familias en nuestro país viven con secretos así? ¿Cuántos padres e hijos se hieren sin quererlo, atrapados entre el orgullo y el miedo?
Al llegar a mi pequeño apartamento en Cali, encontré un mensaje de voz de mamá:
—Santi… tu papá está peor. Ven cuando puedas.
El corazón se me encogió. Quise llorar, gritarle al mundo por qué todo tenía que ser tan difícil para nosotros los pobres: siempre luchando contra la tierra dura, contra las enfermedades, contra el olvido.
Esa noche soñé con Julián. Lo vi parado bajo la lluvia, mirándome con tristeza desde el otro lado del portón caído.
—No repitas mi historia—me dijo—. Habla antes de que sea tarde.
Desperté sudando frío. Llamé a mamá al amanecer:
—Voy para allá hoy mismo.
El viaje fue aún más largo esta vez; cada kilómetro era una batalla contra mis propios miedos. Al llegar encontré a papá pálido en su cama, respirando con dificultad. Me senté a su lado y le tomé la mano.
—Perdóname por no haber estado más cerca—le dije entre lágrimas—. Perdóname por no preguntar antes.
Él apretó mi mano con fuerza inesperada:
—No tienes nada que perdonar, hijo… Solo prométeme que no dejarás que el silencio destruya lo poco que nos queda.
Lloramos juntos mientras afuera el sol empezaba a secar la tierra mojada.
Días después, cuando papá mejoró un poco, nos sentamos los tres en el corredor a mirar cómo las gallinas picoteaban entre las matas de plátano. Hablamos por primera vez en años sobre Julián: sobre sus sueños, sus errores y nuestro propio dolor. Mamá lloró en silencio; papá pidió perdón una vez más.
No sé si algún día podremos sanar del todo esa herida, pero al menos ahora ya no somos extraños bajo el mismo techo.
A veces me pregunto: ¿cuántos secretos guardamos por miedo? ¿Cuántas veces dejamos que el orgullo pese más que el amor? ¿Y si mañana fuera demasiado tarde para decir lo que sentimos?