El préstamo que me rompió el alma: la verdad detrás de la urgencia de mi papá

—¡Camila, si no consigo ese dinero hoy, me muero!—. La voz de mi papá retumbó en el altavoz del celular, tan desesperada que sentí un nudo en el estómago. Eran las seis de la mañana y yo apenas había dormido. El sol ni siquiera asomaba por la ventana de mi departamento en Ciudad de México, pero la urgencia en su tono me hizo saltar de la cama.

Mi papá, Ernesto, siempre fue un hombre orgulloso, de esos que nunca piden ayuda. Por eso, cuando me llamó diciendo que necesitaba dinero para una cirugía urgente del corazón, no dudé ni un segundo. Yo acababa de recibir un ascenso en la agencia de publicidad donde trabajo, y aunque mi sueldo era mejor, aún tenía que pagar la renta, el crédito del coche y ayudar a mi mamá con los gastos de mi hermana menor. Pero era mi papá. ¿Cómo iba a negarme?

—Papá, ¿qué pasó? ¿Por qué no me habías dicho nada antes?— pregunté, con la voz temblorosa.

—No quería preocuparte, hija. Pero el doctor dice que si no me opero esta semana, puedo quedarme en el camino—. Su respiración era agitada, como si realmente le costara trabajo hablar.

No lo pensé más. Ese mismo día fui al banco y pedí un préstamo enorme, uno que me iba a costar años pagar. No me importó. Lo único que quería era salvar a mi papá. Le transferí todo el dinero y le prometí estar con él en el hospital.

Pasaron los días y no recibí noticias suyas. Llamaba a su celular y no contestaba. Mi mamá tampoco sabía nada; hacía años que se habían separado y apenas se hablaban. Empecé a preocuparme más cuando supe por mi tía Rosa que tampoco había ido a su casa en Puebla.

Una semana después, recibí un mensaje de WhatsApp: “Estoy bien, hija. No te preocupes”. Eso fue todo. Ni una palabra más. Mi ansiedad creció hasta que una noche, mientras revisaba Facebook para distraerme, vi una foto que me dejó helada: mi papá, sonriente, abrazando a una mujer rubia frente a una máquina tragamonedas en Las Vegas. El fondo era inconfundible: luces de neón, copas de licor y una felicidad falsa pintada en su rostro.

Sentí que el mundo se me venía encima. Lloré como nunca antes. ¿Cómo podía haberme hecho esto? ¿Dónde estaba la enfermedad? ¿La cirugía? ¿El hombre al que yo admiraba?

Al día siguiente lo llamé una y otra vez hasta que finalmente contestó:

—¿Qué pasa, Camila? Estoy ocupado— dijo, con voz cansada.

—¿Ocupado? ¿En Las Vegas? ¿Con el dinero de tu cirugía?— grité, incapaz de contenerme.

Hubo un silencio largo.

—Mira, hija… Yo sabía que te iba bien en tu trabajo. Pensé que podías ayudarme un poco más. Solo quería darme un gusto antes de… bueno, antes de que sea demasiado tarde— balbuceó.

—¿Un gusto? ¿Mentirme sobre tu salud para irte de viaje? ¿Sabes lo que tuve que hacer para conseguir ese dinero?—

—Eres joven, Camila. Tienes toda la vida por delante. Yo ya no tengo nada…

Colgué sin poder escuchar más. Me sentí traicionada y humillada. No solo por el dinero —que ahora debía pagar mes tras mes con intereses altísimos— sino porque mi propio padre había jugado con mis sentimientos.

Durante semanas no pude dormir bien. Me sentía culpable por haberle creído tan fácilmente y por no haber sospechado nada. Mis amigos me decían que lo enfrentara, que le exigiera devolverme el dinero o al menos una disculpa sincera. Pero él desapareció otra vez; ni mensajes ni llamadas.

Mi mamá se enteró por mi hermana y vino a verme una tarde lluviosa:

—Camila, tu papá siempre ha sido así… impulsivo, irresponsable. No es tu culpa— me dijo mientras me abrazaba fuerte.

Pero sí sentía culpa. Por haber creído en él, por haber puesto en riesgo mi estabilidad financiera y emocional por alguien que no lo merecía.

Los meses pasaron y aprendí a vivir con esa deuda y ese dolor. A veces soñaba con él regresando arrepentido, devolviéndome el dinero o al menos pidiéndome perdón. Pero nunca sucedió.

Un día recibí una carta sin remitente. Era su letra: “Perdóname hija, no supe cómo pedir ayuda sin mentir. No sé si algún día puedas entenderme”.

No sé si algún día podré perdonarlo del todo. Pero aprendí algo: a veces la familia también puede romperte el corazón y no por eso uno deja de amarles… aunque duela.

¿Hasta dónde debemos llegar por quienes amamos? ¿Es posible volver a confiar después de una traición así?