El silencio de los domingos: secretos entre paredes

—No te preocupes, Lucía —me dijo Ernesto, mi esposo, mientras cerraba la maleta con ese gesto despreocupado que tanto me irritaba últimamente—. Son solo tres días en Monterrey. Antes de que te des cuenta, ya estaré aquí otra vez.

Asentí, apretando los labios para no dejar escapar el temblor de mi voz. Me apoyé en el marco de la puerta, observando cómo revisaba por tercera vez su pasaporte y los papeles del trabajo. El reloj marcaba las seis de la mañana y la casa estaba sumida en ese silencio espeso que precede a las despedidas.

Ernesto se acercó, me besó en la mejilla y murmuró con una sonrisa forzada:

—Cuida a papá, ¿sí? Ya sabes que desde que mamá se fue, se siente muy solo.

No respondí. Solo asentí, sintiendo una punzada de culpa mezclada con algo que no quería nombrar. Cuando la puerta se cerró tras él, el eco resonó en mi pecho como un disparo. Me quedé un momento inmóvil, escuchando el sonido del motor alejándose por la calle empedrada del barrio.

Bajé a la cocina y encontré a Don Manuel, mi suegro, sentado en la mesa con su taza de café. Sus ojos oscuros, tan parecidos a los de Ernesto, me miraron con una intensidad que siempre me había incomodado.

—¿Ya se fue? —preguntó, sin apartar la vista de mí.

—Sí —respondí, sirviéndome café con manos temblorosas.

El silencio volvió a instalarse entre nosotros. Afuera, los perros ladraban y el sol apenas asomaba entre las cortinas. Don Manuel carraspeó y rompió el silencio:

—¿Y tú? ¿Cómo te sientes?

No supe qué responder. ¿Cómo decirle que me sentía vacía, que cada viaje de Ernesto era una herida abierta? ¿Cómo confesarle que esos días me sentía más sola que nunca?

—Bien —mentí—. Solo un poco cansada.

Él asintió y sonrió apenas, como si supiera que mentía. Luego se levantó y puso su mano sobre mi hombro. Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

—Si necesitas hablar… aquí estoy —susurró.

Me quedé helada. No era la primera vez que decía algo así, pero esa mañana su voz tenía un matiz distinto, más íntimo, casi urgente.

Los días siguientes transcurrieron entre rutinas y silencios incómodos. Don Manuel buscaba cualquier excusa para acercarse: preguntaba por la cena, por el jardín, por cualquier cosa que le permitiera quedarse a solas conmigo. Yo intentaba mantenerme ocupada, pero sentía su mirada siguiéndome por toda la casa.

Una noche, mientras lavaba los platos, lo escuché entrar a la cocina. Se acercó demasiado y sentí su aliento en mi cuello.

—Lucía…

Me giré bruscamente, con el corazón desbocado.

—¿Qué pasa?

Él bajó la mirada y murmuró:

—Nada… solo quería darte las gracias por todo lo que haces por esta familia.

Me aparté rápidamente y subí a mi cuarto. Esa noche no pude dormir. Recordé todas esas veces en que sus palabras parecían tener un doble sentido, todas esas miradas largas cuando Ernesto no estaba.

El tercer día llegó y Ernesto volvió como prometió. Traía regalos y sonrisas, pero yo ya no podía mirarlo igual. Había algo roto dentro de mí.

Esa noche, mientras cenábamos los tres juntos, Don Manuel hizo un comentario sobre lo bien que Lucía había cuidado la casa en su ausencia. Ernesto sonrió y me tomó de la mano bajo la mesa. Yo sentí náuseas.

Los días pasaron y traté de convencerme de que todo estaba en mi cabeza. Pero una tarde encontré a Don Manuel en mi habitación, revisando mis cosas. Cuando le pregunté qué hacía ahí, tartamudeó una excusa absurda sobre buscar una foto vieja de Ernesto.

Esa fue la gota que derramó el vaso. Decidí hablar con Ernesto esa misma noche.

—Ernesto —dije mientras él veía televisión—, necesito contarte algo sobre tu papá.

Él me miró extrañado.

—¿Qué pasó?

Le conté todo: las miradas, los comentarios ambiguos, el incidente en mi cuarto. Ernesto primero se rio nervioso, luego su rostro se endureció.

—¿Estás segura? —preguntó en voz baja.

—Sí —respondí con lágrimas en los ojos—. No quiero vivir así.

Esa noche hubo gritos en la casa. Ernesto enfrentó a su padre y yo escuché desde el pasillo cómo Don Manuel negaba todo con voz temblorosa. Pero algo en su tono lo delataba: no era inocente.

Al día siguiente, Don Manuel se fue a casa de su hermana en Veracruz. La casa quedó más silenciosa que nunca, pero ese silencio ya no era opresivo: era un respiro después de meses de angustia.

Ernesto y yo intentamos seguir adelante, pero algo se había quebrado entre nosotros. Él me pidió perdón por no haber visto antes lo que pasaba bajo su propio techo. Yo traté de perdonarlo, pero cada rincón de la casa me recordaba esos días de miedo y confusión.

Un domingo cualquiera, mientras regaba las plantas del patio, me pregunté si alguna vez podría volver a sentirme segura en ese lugar. Si alguna vez podría confiar plenamente en alguien otra vez.

A veces pienso que los peores secretos no son los que se gritan, sino los que se susurran entre paredes viejas y miradas furtivas. ¿Cuántas mujeres más viven historias como la mía en silencio? ¿Hasta cuándo vamos a callar por miedo al qué dirán?