El Sueño de la Boda que se Volvió Pesadilla: Cuando el Dinero Nos Rompió

—¡Mamá, papá, me caso!— gritó Valeria entrando corriendo a la sala, con los ojos brillando como nunca antes. Mi esposo, Ernesto, dejó caer el periódico y yo sentí que el corazón se me salía del pecho. Por un instante, todo fue alegría, abrazos y lágrimas. Valeria, mi única hija, la niña que criamos entre sacrificios en nuestro pequeño departamento de Ciudad de México, iba a casarse con Julián, un muchacho trabajador del barrio vecino.

Pero la felicidad duró poco. Apenas una semana después, Julián vino a cenar con sus padres. La mesa estaba servida con lo mejor que teníamos: arroz con mole, tortillas recién hechas y agua de jamaica. Pero el ambiente se sentía tenso. Don Rubén, el padre de Julián, apenas probó bocado. Su esposa, doña Teresa, miraba el mantel como si buscara respuestas en las flores bordadas por mi abuela.

—Mire, señora Lucía—dijo don Rubén de pronto, con voz ronca—, nosotros no tenemos mucho. Apenas alcanzamos para la renta y la comida. No podemos aportar nada para la boda.

Sentí una punzada en el pecho. Ernesto apretó los labios y yo vi cómo su orgullo se inflamaba. En nuestra cultura, la familia de la novia suele hacerse cargo de la fiesta, pero también esperábamos al menos un gesto simbólico del otro lado. No era por el dinero; era por respeto.

—No se preocupe, don Rubén—respondí tratando de sonar amable—. Nosotros nos encargamos de todo.

Pero esa noche, cuando Julián y sus padres se fueron, Ernesto explotó.

—¿Así nada más? ¿Vamos a pagar todo como si fuéramos ricos? ¿Y si luego nos ven la cara?

—Ernesto, es la felicidad de Valeria—le dije, pero él ya no escuchaba. Se encerró en el cuarto y no salió hasta el día siguiente.

Los días pasaron y los preparativos avanzaban a trompicones. Valeria estaba ilusionada, pero yo notaba su preocupación. Un día la encontré llorando en la cocina.

—Mamá, Julián está desesperado. Su papá perdió el trabajo y no tienen ni para el gas. No quiero que se sientan menos…

La abracé fuerte. Recordé mi propia boda, sencilla pero llena de amor. ¿Por qué ahora todo tenía que ser tan complicado?

El dinero empezó a escasear en casa. Ernesto tuvo menos trabajo en la carpintería y yo vendía menos pasteles en el mercado. Pero seguíamos adelante: apartamos un salón modesto, encargamos un vestido sencillo para Valeria y hasta pedimos prestado para los anillos.

Una tarde, mientras revisaba cuentas, Ernesto entró furioso.

—¡Ya basta! No podemos seguir así. Si ellos no ponen nada, que se casen por el civil y ya.

Valeria escuchó desde el pasillo y rompió en llanto.

—¡Papá! ¿Por qué tienes que ser así? ¡Julián no tiene la culpa!

Esa noche hubo gritos y reproches. Ernesto se sentía humillado; Valeria herida; yo atrapada entre los dos amores de mi vida.

La noticia corrió rápido por la familia. Mi hermana Marta llamó desde Veracruz:

—¿Cómo que van a hacer una boda sin fiesta? ¡Eso es una vergüenza!

Mi suegra murmuraba que estábamos gastando lo poco que teníamos por «gente que ni siquiera es de nuestra sangre».

Un sábado lluvioso, Julián vino solo a casa. Se sentó frente a Ernesto y habló con voz temblorosa:

—Don Ernesto… yo amo a Valeria y quiero hacerla feliz. No tengo dinero ni lujos para ofrecerle, pero sí trabajo duro y respeto. Si usted no quiere que nos casemos ahora, lo entiendo…

Ernesto lo miró largo rato. Vi en sus ojos el reflejo de su propio padre, un hombre duro que nunca le dio nada fácil.

—No es por ti, muchacho… Es que uno quiere lo mejor para su hija. Y uno se siente menos cuando no puede darlo.

Julián bajó la cabeza. Yo sentí que algo se rompía en ese momento: el orgullo de dos hombres buenos aplastado por la pobreza y las expectativas sociales.

La boda estuvo a punto de cancelarse. Valeria dejó de comer; Julián se volvió un fantasma en su propia casa. Yo rezaba cada noche para que Dios nos diera una señal.

Y entonces pasó lo inesperado: mi madre enfermó gravemente en Veracruz. Tuvimos que gastar los ahorros del vestido y del salón en pasajes y medicinas. Todo parecía perdido.

Pero fue ahí donde entendí algo: la vida es demasiado corta para dejarse vencer por el orgullo o el dinero.

Regresamos a Ciudad de México con el corazón apachurrado pero decididos a seguir adelante. Llamé a Julián y Valeria a la sala.

—No habrá fiesta grande ni vestido blanco ni salón elegante—les dije—. Pero si ustedes se aman, pueden casarse aquí mismo, en casa, rodeados de quienes los queremos.

Valeria me abrazó llorando; Julián sonrió por primera vez en semanas.

El día de la boda fue sencillo: flores del mercado, comida hecha entre todos los vecinos y una guitarra prestada para cantar «Cielito Lindo». No hubo lujos ni regalos caros, pero sí risas sinceras y abrazos apretados.

Esa noche, mientras veía bailar a mi hija con su esposo bajo las luces improvisadas del patio, entendí que habíamos ganado mucho más que una fiesta: habíamos recuperado nuestra familia.

Ahora me pregunto: ¿Cuántas familias más se rompen por culpa del dinero o del qué dirán? ¿Vale la pena perder lo esencial por orgullo? ¿Ustedes qué harían si estuvieran en mi lugar?