Entre el amor y el límite: La historia de una tía en guerra

—¡No podés hablarle así a tu tía, Sofi!—le dije, con la voz temblorosa pero firme, mientras mi sobrina de ocho años me miraba con esos ojos grandes y desafiantes. Era un sábado cualquiera, el sol entraba por la ventana de mi pequeño departamento en Almagro, y yo solo quería compartir una tarde tranquila con mi hermana Luciana y su hija Sofía. Pero todo cambió en ese instante.

Sofía había tirado el jugo al piso y, en vez de disculparse, me gritó: “¡Limpiá vos, para eso sos grande!”. Sentí una punzada en el pecho. No era la primera vez que la veía comportarse así, pero sí era la primera vez que me animaba a decir algo. Miré a Luciana esperando su apoyo, pero ella solo se encogió de hombros y siguió revisando su celular.

—Sofi, cuando hacés un lío, lo correcto es pedir perdón y ayudar a limpiar—insistí, tratando de mantener la calma.

La nena bufó y cruzó los brazos. Luciana levantó la vista, molesta:

—¿Por qué la retás? Es una nena, no entiende—me dijo, como si yo fuera una extraña metida en su casa.

Sentí que algo se rompía entre nosotras. Luciana y yo siempre habíamos sido muy unidas. De chicas compartíamos todo: la cama, los secretos, hasta los sueños de salir del barrio de Lanús y tener una vida mejor. Pero desde que nació Sofía, algo cambió. Luciana se volvió sobreprotectora, incapaz de ver cualquier defecto en su hija. Yo intenté acompañarla, pero cada vez que señalaba algún límite necesario, ella lo tomaba como un ataque personal.

Ese día terminó con Luciana agarrando a Sofía del brazo y saliendo de mi departamento sin despedirse. Me quedé sola, mirando el jugo derramado en el piso y preguntándome si había hecho bien.

Los días siguientes fueron un infierno. Mi mamá me llamó llorando:

—¿Qué le hiciste a tu hermana? Está destrozada. Dice que maltrataste a Sofi.

Intenté explicarle lo que había pasado, pero nadie quiso escucharme. Mi papá fue más duro:

—En esta familia no levantamos la voz a los chicos. Si no te gusta cómo cría Luciana a su hija, mejor no te metas.

De repente, yo era la mala de la película. La tía amargada que no entiende a los niños. La hermana celosa que no soporta ver feliz a la otra. Los domingos familiares se volvieron incómodos; Luciana apenas me dirigía la palabra y Sofía me miraba con desprecio. Mis sobrinos mayores me evitaban y hasta mi abuela me preguntó si estaba pasando por “la menopausia”.

Me sentí sola y traicionada. ¿Acaso nadie veía lo que estaba pasando? Sofía cada vez era más insolente; en una reunión familiar le gritó a mi mamá porque no le sirvió gaseosa rápido. Nadie dijo nada. Yo apreté los dientes y me fui al baño a llorar.

Una tarde, después del trabajo en la librería del centro, decidí llamar a Luciana para intentar arreglar las cosas.

—Luchi, ¿podemos hablar?—le pedí, con la voz baja.

—No tengo nada que hablar con vos si vas a seguir criticando cómo crío a mi hija—me cortó enseguida.

—No es eso… Solo quiero que Sofi aprenda a respetar a los demás. No quiero pelearme con vos por esto.

—¿Sabés qué pasa?—me interrumpió—Vos nunca tuviste hijos. No sabés lo difícil que es. Mejor ocupate de tu vida y dejame criarla como yo quiera.

Sentí que me arrancaban el corazón. ¿Era cierto? ¿Por no ser madre no tenía derecho a opinar? ¿Mi amor por Sofía valía menos?

Pasaron semanas sin hablarnos. Mi mamá intentó mediar, pero solo logró empeorar las cosas. En Navidad, Luciana ni siquiera me saludó. Me fui temprano a casa y lloré hasta quedarme dormida.

Empecé a dudar de mí misma. ¿Había sido demasiado dura? ¿Estaba exagerando? Pero cada vez que veía cómo Sofía trataba a los demás, sentía que tenía razón. Una tarde escuché a mi vecina Marta decirle a su nieto: “Si no ponés límites ahora, después es tarde”. Esas palabras me quedaron resonando.

Un día recibí un mensaje inesperado de mi primo Diego:

—Che, te banco. Lo que hiciste con Sofi estuvo bien. Alguien tiene que ponerle un freno.

Me sentí menos sola. Empecé a hablar con otras amigas tías o madrinas y todas tenían historias parecidas: hermanas o cuñadas que no aceptan ningún comentario sobre sus hijos; familias divididas por cosas pequeñas que se hacen gigantes porque nadie quiere ceder.

Un sábado lluvioso decidí escribirle una carta a Luciana:

“Luchi,
No escribo para pelear ni para tener razón. Solo quiero decirte que te extraño y que extraño a Sofi como era antes: dulce, divertida, cariñosa. Sé que ser mamá es difícil y yo no tengo idea de lo que es criar sola a una hija. Pero también sé lo que es quererla como si fuera mía y preocuparme por ella. No quiero ser tu enemiga ni la tía mala; solo quiero poder estar cerca sin sentirme una extraña.”

No recibí respuesta. Pero semanas después, Luciana me llamó:

—¿Podés cuidar a Sofi este viernes? Tengo turno con el médico y no tengo con quién dejarla.

Sentí alivio y miedo al mismo tiempo. Cuando Sofía llegó a casa, estaba seria y distante. Le preparé chocolatada y medialunas como cuando era más chica.

—Sofi… ¿te acordás cuando hacíamos castillos con almohadas?—le pregunté tímidamente.

Ella asintió sin mirarme.

—Te quiero mucho aunque a veces te rete…

Se quedó callada un rato y después murmuró:

—Mamá dice que sos mala porque no entendés nada…

Me dolió escuchar eso, pero respiré hondo.

—A veces los grandes nos equivocamos o nos enojamos porque queremos lo mejor para ustedes… Yo solo quiero ayudarte a ser buena persona.

Sofía me miró por primera vez en meses y vi un destello de la nena dulce que conocí.

Esa tarde jugamos como antes. Cuando Luciana vino a buscarla, noté que estaba cansada y vulnerable.

—Gracias por cuidarla…—me dijo bajito.

No hablamos más del tema, pero algo empezó a cambiar lentamente entre nosotras. No volvimos a ser las mismas de antes, pero aprendimos a respetar nuestras diferencias.

Hoy sigo preguntándome: ¿Dónde está el límite entre amar a tu familia y defender tus propios valores? ¿Hasta dónde debemos callar para no romper la paz? ¿Y si el silencio solo alimenta el problema?

A veces pienso: ¿cuántas familias estarán pasando por lo mismo? ¿Cuántas tías o tíos se sienten villanos por querer lo mejor para sus sobrinos? ¿Vale la pena perderse por miedo al conflicto?