Entre el amor y el orgullo: La batalla por mi nieta

—¡No puedes llevártela así, Benjamín! —grité desde la puerta, con la voz quebrada y el corazón en la garganta. Mi nieta Camila, de apenas cinco años, me miraba con esos ojos grandes y asustados mientras su padre la subía al auto. Mi hija Mariana lloraba en silencio, apretando los puños contra el pecho como si así pudiera detener el dolor.

Todo comenzó hace unas semanas, cuando Benjamín llegó a casa con una expresión dura y una lista de quejas. Decía que Camila estaba muy delgada, que Mariana no sabía alimentarla bien, que yo consentía demasiado a la niña con dulces y pan dulce del mercado. Pero yo sé que detrás de esas palabras había algo más: la tensión económica que nos ahoga desde hace meses.

Vivo en un barrio popular de Guadalajara, donde las paredes escuchan más de lo que deberían y los vecinos siempre tienen algo que decir. Desde que Mariana perdió su trabajo en la tienda de ropa y Benjamín apenas consigue hacer rendir su salario de chofer de camión, las discusiones en casa se volvieron rutina. Yo, jubilado del Seguro Social, hago lo que puedo con mi pensión para ayudarles, pero a veces no alcanza ni para la leche de Camila.

—Papá, ¿de verdad crees que soy mala madre? —me preguntó Mariana esa noche, con la voz hecha trizas.
—No digas eso, hija. Tú haces lo mejor que puedes —le respondí, abrazándola fuerte.

Pero las palabras de Benjamín seguían resonando en mi cabeza: “Si no pueden darle lo que necesita, mejor me la llevo conmigo”. Y así lo hizo. Se llevó a Camila a casa de su madre en Tlaquepaque, donde según él tendría mejor comida y menos carencias.

Los días siguientes fueron un infierno. Mariana apenas comía, pasaba las noches mirando fotos de Camila en su celular y preguntándose si algún día volvería a verla. Yo intentaba mantenerme fuerte por ella, pero cada vez que veía la sillita vacía en la mesa sentía que me arrancaban un pedazo del alma.

Intenté hablar con Benjamín varias veces. Le llamé, le mandé mensajes, incluso fui hasta la casa de su madre. Me recibió con frialdad:
—Don Ernesto, usted sabe cómo está la situación. Aquí Camila está bien. No quiero más problemas.
—Pero es su madre…
—Su madre no puede darle lo que necesita. No insista.

Me fui de ahí con el corazón hecho polvo. ¿De verdad era solo por la comida? ¿O era el dinero lo que pesaba más? Sabía que Benjamín siempre había resentido que Mariana dependiera tanto de mí. En las reuniones familiares lanzaba indirectas sobre “los hombres que mantienen a sus familias” y “las mujeres que deberían aportar más”.

Una tarde, mientras tomaba café con mi vecina Lupita, le conté todo entre suspiros.
—Mire, don Ernesto —me dijo—, cuando falta el dinero, hasta el amor se pone a prueba. Pero no deje que el orgullo los destruya. Hable con él otra vez.

Esa noche reuní fuerzas y llamé a Benjamín una vez más.
—Hijo, no quiero pelear. Solo quiero ver a mi nieta. Mariana está sufriendo mucho.
Hubo un silencio largo al otro lado del teléfono.
—No sé si es lo mejor… —dijo finalmente—. Aquí no le falta nada.
—Pero le falta su madre —le respondí casi suplicando.

Pasaron semanas así. Mariana intentó buscar ayuda legal pero no teníamos dinero para abogados. Fui a la parroquia a pedir consejo al padre Tomás; él nos animó a no perder la fe y a buscar diálogo antes que pleito.

Un domingo por la tarde, Benjamín apareció en casa con Camila. La niña corrió a abrazar a su madre y yo sentí que podía respirar otra vez. Pero la alegría duró poco: Benjamín puso condiciones claras.
—Camila puede venir los fines de semana. Pero si veo que sigue igual de flaca o enferma, no vuelve más.
Mariana asintió sin decir palabra. Yo sentí rabia e impotencia, pero también alivio de tenerla cerca aunque fuera por unas horas.

Así vivimos durante meses: esperando el viernes para ver a Camila y temiendo el domingo cuando se la llevaban otra vez. Mariana empezó a trabajar limpiando casas para juntar algo de dinero; yo vendía pan dulce en la esquina para ayudarle. Cada peso era una batalla ganada al destino.

Pero el ambiente seguía tenso. Las miradas entre Mariana y Benjamín eran cuchillos afilados; las conversaciones giraban siempre en torno al dinero y a quién podía darle más a Camila. Nadie hablaba del amor ni del miedo ni del dolor de estar separados.

Una tarde lluviosa, Camila enfermó de fiebre alta mientras estaba con nosotros. Mariana quiso llevarla al hospital público pero Benjamín llegó furioso:
—¡Esto pasa porque aquí no hay condiciones! ¡Te dije que conmigo estaría mejor!
—¡No digas tonterías! —le grité— ¡Aquí nadie quiere hacerle daño!
La discusión subió de tono hasta que los vecinos salieron a mirar desde las ventanas. Al final, Benjamín se llevó a Camila bajo la lluvia sin escuchar razones.

Esa noche Mariana se desplomó en mis brazos:
—Papá, siento que la estoy perdiendo para siempre…
No supe qué decirle. Solo pude abrazarla y llorar con ella.

Hoy escribo estas líneas buscando consejo porque ya no sé qué hacer. ¿Es justo que el dinero decida quién puede criar a un hijo? ¿Vale más una despensa llena que el amor de una madre? ¿Cómo se sana una familia rota por el orgullo y la necesidad?

A veces me pregunto si algún día Camila entenderá todo esto o si solo recordará los gritos y las ausencias. ¿Qué harían ustedes en mi lugar? ¿Cómo se lucha por una nieta sin perderla en el intento?