Entre Pantallas y Prejuicios: La Historia de Mariana y Doña Rosa
—¿Y ahora qué haces ahí sentada, Mariana? —La voz de Doña Rosa retumbó en la sala, mezclándose con el zumbido del ventilador y el aroma a café recalentado. Yo, con los ojos fijos en la pantalla, intentaba ignorar el nudo en la garganta mientras respondía a los últimos correos del día.
—Estoy trabajando, Doña Rosa —contesté sin apartar la vista del monitor, aunque sabía que no le importaba la respuesta. Ella bufó, cruzando los brazos sobre su delantal floreado.
—¿Trabajando? Eso no es trabajo. Trabajo es lo que hacía mi difunto esposo: salir al sol, sudar, traer el pan a la casa. No estar ahí como zombi, tecleando quién sabe qué cosas. ¿O acaso hablas con otro hombre por ese aparato?
Sentí la sangre subir a mis mejillas. Mi esposo, Andrés, estaba en la oficina, y yo, desde que la pandemia nos obligó a cambiar todo, había conseguido un empleo remoto como desarrolladora de software para una empresa argentina. Pero para Doña Rosa, eso era invisible. Para ella, yo era una vaga más, una nuera inútil que ni siquiera sabía preparar un buen guiso de lentejas.
—No estoy hablando con nadie —dije bajito—. Estoy resolviendo un bug para el cliente de Brasil.
—¡Ay, esas palabras raras! —exclamó ella—. ¿Por qué no mejor limpias la cocina? Mira cómo está de sucia. ¿Qué va a pensar Andrés cuando llegue?
Quise gritarle que yo también aportaba al hogar, que mi sueldo pagaba parte del alquiler y que gracias a mi trabajo habíamos podido comprarle su nuevo televisor. Pero me mordí los labios. No quería más peleas. Andrés siempre me pedía paciencia: «Es que mi mamá es de otra época, Mariana. No entiende estas cosas».
Pero yo sí entendía lo que era sentirse sola en tu propia casa. Extrañaba a mi familia en Medellín, las tardes de café con mi mamá y mis hermanas. Aquí, en este barrio de Ciudad de México, solo tenía a Andrés y a una suegra que me miraba como si fuera una amenaza.
Una tarde, mientras revisaba unos códigos y escuchaba música bajito para no molestarla, Doña Rosa entró de golpe al cuarto.
—¿Otra vez ahí? ¿No tienes nada mejor que hacer? —me espetó.
—Estoy trabajando, Doña Rosa —repetí por enésima vez.
Ella resopló y se fue murmurando algo sobre «las mujeres de hoy» y «la juventud perdida». Sentí las lágrimas arderme en los ojos. ¿Por qué tenía que ser tan difícil?
Esa noche, cuando Andrés llegó y vio mi cara desencajada, intentó consolarme.
—Mira, amor —me dijo acariciándome el cabello—. Mi mamá es dura, pero no lo hace por maldad. Dale tiempo.
Pero el tiempo pasaba y nada cambiaba. Al contrario: cada día parecía encontrar una nueva razón para criticarme. Que si la ropa estaba mal lavada, que si no sabía hacer tortillas como ella, que si seguro gastaba el dinero en «cosas inútiles» por internet.
Un viernes por la tarde, mientras trabajaba en una videollamada con colegas de Chile y Perú, escuché un golpe seco en la cocina. Corrí y encontré a Doña Rosa sentada en el suelo, con la mano en la rodilla y el rostro desencajado de dolor.
—¡Ay, mi pierna! —gimió—. Creo que me la torcí…
La ayudé a levantarse y la llevé al sofá. Llamé a Andrés y juntos fuimos al hospital. Por suerte no era grave, pero el médico le recomendó reposo absoluto por dos semanas.
Durante esos días me tocó hacerme cargo de todo: la comida, la limpieza, las compras… y mi trabajo remoto. Me levantaba antes del amanecer para adelantar tareas y poder atenderla durante el día. A veces sentía que no podía más.
Una tarde, mientras le preparaba un té de manzanilla, Doña Rosa me miró con ojos cansados.
—Nunca pensé que fueras capaz de tanto —murmuró—. Perdóname si he sido dura contigo.
No supe qué decirle. Solo asentí y le sonreí débilmente.
El día de su cumpleaños se acercaba y yo quería hacer algo especial para ella. Recordé que siempre se quejaba de no poder ver las fotos de sus nietos en Colombia porque no entendía cómo usar el celular viejo que tenía. Así que ahorré parte de mi sueldo y le compré una tablet sencilla pero moderna.
La envolví con papel brillante y se la entregué esa mañana.
—¿Y esto? —preguntó sorprendida.
—Es para ti —le dije—. Para que puedas ver las fotos de tus nietos y hablar con ellos cuando quieras.
Al principio se mostró desconfiada. Pero esa tarde me senté a su lado y le enseñé cómo usarla: cómo abrir WhatsApp, cómo hacer videollamadas, cómo ver las fotos que le enviaban mis cuñadas desde Medellín.
Vi cómo sus ojos se iluminaban cuando escuchó la voz de su nieta mayor al otro lado de la pantalla:
—¡Abuelita! ¡Te extraño mucho!
Doña Rosa lloró como nunca antes la había visto llorar. Me abrazó fuerte y me dijo:
—Gracias, Mariana… Nunca imaginé que esto fuera posible.
Desde ese día todo cambió entre nosotras. Ya no me miraba como una extraña; ahora me pedía ayuda para enviar mensajes o buscar recetas nuevas en internet. Incluso empezó a contarles a sus amigas del barrio lo orgullosa que estaba de tener una nuera «tan inteligente».
A veces pienso en todo lo que tuvimos que pasar para llegar aquí: los prejuicios, las palabras duras, la soledad… Pero también pienso en cómo un pequeño gesto puede abrir puertas donde antes solo había muros.
¿Será posible que el amor y la paciencia puedan transformar hasta los corazones más duros? ¿Cuántas historias como la mía se repiten cada día en nuestros hogares latinoamericanos?