Excluida de la Felicidad: Un Corazón de Madre en la Frontera
—¿Por qué no puedo ir, Camila? —le pregunté, sintiendo cómo mi voz temblaba, aunque intentaba mantenerme firme. Ella bajó la mirada, jugando con el borde de su blusa, evitando mis ojos. La tarde caía sobre el patio de nuestra casa en Medellín, y el aire olía a café recién hecho y a distancia.
—No es por ti, Lucía… es que… —titubeó—. Es complicado. Mamá no quiere que vayas. Y… bueno, es mi boda.
Sentí que el mundo se me venía encima. ¿Cómo podía ser? ¿Después de quince años de criarla, de curar sus rodillas raspadas, de consolarla en sus noches de llanto cuando su papá viajaba por trabajo? ¿Después de tantas veces en que fui yo quien le preparó el desayuno antes del colegio, quien la acompañó al médico, quien le enseñó a bailar salsa en la sala mientras reíamos hasta llorar?
Pero ahora, en el momento más importante de su vida, yo era la intrusa. La extraña. La madrastra.
Recuerdo cuando conocí a Camila. Tenía siete años y una mirada desconfiada. Su mamá, Verónica, había decidido mudarse a otra ciudad y dejarla con su papá, mi esposo Andrés. Yo llegué con miedo y esperanza, queriendo ser parte de algo más grande que yo misma. Al principio, Camila me miraba como si yo fuera una sombra que amenazaba con borrar los recuerdos de su madre. Pero poco a poco, entre cuentos antes de dormir y tardes de helado en el parque Bolívar, fuimos construyendo algo parecido al amor.
Andrés siempre decía: “Lucía, tú eres el pegamento de esta familia”. Pero ahora, sentada frente a Camila, sentía que todo se desmoronaba. No era suficiente haber estado ahí en los momentos difíciles; no era suficiente haber sacrificado mis propios sueños para que ella pudiera cumplir los suyos.
—¿Y tu papá qué dice? —pregunté, tratando de entender si al menos él lucharía por mí.
—Papá… está triste —respondió ella—. Pero dice que es tu decisión si quieres ir o no. Yo… yo preferiría que no fueras para evitar problemas con mamá.
La palabra “problemas” retumbó en mi cabeza. ¿Acaso yo era un problema? ¿Un obstáculo en la felicidad de mi hijastra?
Esa noche, Andrés llegó tarde del trabajo. Lo esperé en la cocina, con una taza de café frío entre las manos.
—¿Sabes lo que pasó? —le pregunté apenas entró.
Él asintió con los ojos cansados.
—Lo siento, Lucía. Verónica ha estado metiéndole ideas a Camila desde hace meses. Que tú no eres su verdadera familia, que solo quieres figurar…
Me dolió más de lo que esperaba. No solo por mí, sino por Camila. Por todo lo que habíamos compartido y ahora parecía desvanecerse como humo.
Los días siguientes fueron un infierno silencioso. Camila evitaba la casa; Andrés y yo apenas hablábamos. La familia empezó a murmurar: “Es normal, Lucía no es la mamá”, “Las madrastras nunca son bienvenidas”, “Mejor así, para evitar chismes”.
Pero nadie sabía lo que era quedarse despierta hasta tarde esperando que Camila llegara sana y salva; nadie sabía lo que era vender mis aretes para pagarle el vestido de promoción; nadie sabía lo que era amar sin esperar nada a cambio.
Una tarde lluviosa, mi hermana Rosa vino a visitarme.
—¿Y tú qué vas a hacer? —me preguntó mientras me servía un tinto.
—No lo sé —le respondí—. Siento que si voy, arruino su día. Pero si no voy… ¿qué soy entonces?
Rosa me miró con ternura y tristeza.
—Eres madre, Lucía. Aunque nadie te lo reconozca.
La boda se acercaba y yo seguía debatiéndome entre el orgullo y el dolor. Andrés intentó convencer a Camila, pero ella se mantuvo firme: “No quiero problemas con mamá”.
El día del matrimonio llegó. La casa estaba vacía; solo quedábamos Andrés y yo. Él se vistió con su mejor camisa y salió temprano para acompañar a su hija al altar. Yo me quedé sola, mirando las fotos viejas: Camila disfrazada de mariposa en el colegio; Camila abrazando a nuestro perro; Camila y yo bailando en Navidad.
Lloré como nunca antes. No por mí, sino por esa niña que alguna vez confió en mí y ahora me veía como una amenaza.
Por la noche, Andrés volvió con los ojos rojos.
—Fue hermosa —dijo—. Pero faltabas tú.
Me abrazó fuerte y lloramos juntos. Sabíamos que algo se había roto para siempre.
Días después, recibí un mensaje de Camila:
“Gracias por todo lo que hiciste por mí. Perdón si te lastimé. Solo quería paz ese día.”
No respondí enseguida. No sabía qué decirle a esa mujer que alguna vez fue mi niña.
Hoy escribo esto porque sé que muchas mujeres en Latinoamérica viven historias como la mía: madres sin título oficial, corazones invisibles en las familias ensambladas. ¿Cuándo vamos a entender que ser madre no siempre es cuestión de sangre?
A veces me pregunto: ¿cuántas Lucías hay allá afuera esperando ser reconocidas? ¿Cuántos corazones se rompen en silencio por amor no correspondido?
¿Y tú? ¿Alguna vez has sentido que tu amor no basta para pertenecer?