La boda de mi exmarido: el día que la venganza se volvió redención
—¿De verdad vas a ir, Elvira? —La voz de mi hermana Carmen retumbó en la cocina, mientras yo apretaba entre los dedos la invitación blanca con letras doradas.
No respondí. Solo miré el sobre, temblando. “Te invito cordialmente a mi boda con Lucía, el próximo sábado en la iglesia de San Nicolás. Espero que puedas acompañarnos en este día tan especial. —Alfonso”.
Alfonso. Mi exmarido. El hombre con el que compartí quince años de mi vida, con quien soñé tener hijos y envejecer en una casa con vistas al mar. El mismo que, hace dos años, me dejó por una mujer diez años más joven, justo cuando yo más necesitaba apoyo: acababa de perder mi trabajo en la editorial y mi madre estaba enferma.
—No tienes por qué hacerlo —insistió Carmen, acercándose—. Nadie espera que vayas.
—¿Y si voy? —le respondí, con la voz rota—. ¿Y si me planto allí y le demuestro que no me ha destruido?
Carmen suspiró. —Haz lo que te haga sentir mejor, pero no te pierdas a ti misma por demostrarle nada a ese imbécil.
No dormí esa noche. Me debatía entre el deseo de mostrarle a Alfonso que había sobrevivido sin él y el miedo a enfrentarme a todos los que me miraron con lástima cuando se fue. Recordaba las tardes en las que me quedaba sola en casa, escuchando el eco de sus pasos alejándose, mientras yo intentaba recomponerme con tazas de café y libros que ya no lograban distraerme.
El sábado llegó demasiado rápido. Me puse el vestido azul marino que guardaba para ocasiones especiales y me recogí el pelo como solía gustarle a mi madre. Al salir del portal, sentí las miradas de los vecinos; algunos me saludaron con una mezcla de sorpresa y compasión.
La iglesia estaba llena. Reconocí a los amigos de Alfonso, a su tía Mercedes —la misma que me criticó por no quedarme embarazada— y a Lucía, radiante en su vestido blanco. Alfonso me vio entrar y por un instante vaciló; sus ojos se cruzaron con los míos y vi un destello de culpa.
Me senté en la última fila. Durante la ceremonia, mi mente viajaba entre recuerdos: las vacaciones en Asturias, las cenas improvisadas en casa, las discusiones por tonterías… y el día en que Alfonso me dijo, sin mirarme a los ojos:
—Lo siento, Elvira. Ya no puedo seguir fingiendo.
La rabia me subió como un fuego por dentro. ¿Cómo podía estar ahí, celebrando su felicidad mientras yo aún recogía los pedazos de mi vida? Cuando terminó la ceremonia y todos salieron al patio para las fotos, me acerqué a Alfonso. Él se apartó unos metros del bullicio y me miró nervioso.
—No esperaba que vinieras —susurró.
—Pues aquí estoy —le respondí, conteniendo las lágrimas—. ¿Por qué me invitaste?
Bajó la mirada. —No lo sé… Quizá porque quería cerrar bien las cosas contigo. Porque… porque fuiste importante para mí.
Sentí una punzada en el pecho. Quise gritarle todo el dolor acumulado, pero solo pude decir:
—¿Sabes lo que es reconstruirse desde cero? ¿Ver cómo todos te dan la espalda porque ya no eres “la mujer de Alfonso”? ¿Tener que buscar trabajo a los cincuenta años mientras tu mundo se desmorona?
Él no supo qué decir. Lucía apareció entonces, cogida del brazo de su madre, y me dedicó una sonrisa tensa.
—Gracias por venir, Elvira —dijo ella—. Sé que no debe ser fácil.
Asentí sin poder articular palabra. Me alejé del grupo y busqué refugio en el jardín trasero de la iglesia. Allí encontré a Mercedes fumando un cigarrillo a escondidas.
—Nunca pensé que tendrías el valor de venir —me dijo con su habitual tono ácido.
—Ni yo —le respondí—. Pero aquí estoy.
Mercedes me miró fijamente y, por primera vez en años, vi un atisbo de respeto en sus ojos.
—Dicen que la vida siempre da segundas oportunidades —musitó—. Quizá esta sea la tuya.
Me marché antes del banquete. Caminé por las calles empedradas del centro de Salamanca, sintiendo una mezcla extraña de alivio y vacío. Me detuve frente al escaparate de una librería y recordé cuánto amaba escribir antes de perderme en la rutina del matrimonio.
Esa noche, saqué del cajón mi viejo cuaderno y empecé a escribir sobre todo lo que había callado durante años: mis miedos, mis sueños rotos, mi rabia… y también mi esperanza. Las palabras fluyeron como un torrente imparable.
Poco a poco, fui recuperando mi vida. Encontré trabajo como correctora en una pequeña editorial local; no era el puesto soñado, pero me devolvió la dignidad perdida. Empecé a salir con amigas que hacía años no veía; redescubrí la ciudad, sus bares llenos de risas y sus plazas bañadas por la luz dorada del atardecer.
Un día recibí una llamada inesperada: Carmen había hablado de mis escritos a una amiga periodista y querían publicar uno de mis relatos sobre el duelo tras un divorcio. Dudé mucho antes de aceptar; temía exponerme, mostrar mis heridas al mundo… Pero algo dentro de mí había cambiado desde aquella boda: ya no tenía miedo al qué dirán.
El relato se publicó en un suplemento dominical y pronto recibí mensajes de mujeres desconocidas agradeciéndome por poner palabras a su dolor. Algunas compartieron sus propias historias; otras solo querían decirme que se sentían menos solas después de leerme.
Una tarde cualquiera, mientras tomaba café en la Plaza Mayor, vi pasar a Alfonso con Lucía y su bebé recién nacido. Me saludaron desde lejos; les devolví el gesto con una sonrisa sincera. Ya no sentía rencor ni tristeza: solo gratitud por haber sobrevivido al naufragio y haber aprendido a nadar sola.
A veces pienso en todo lo que perdí… pero también en lo mucho que gané al dejar atrás el deseo de venganza y permitirme empezar de nuevo.
¿Quién no ha soñado alguna vez con devolverle el golpe a quien nos hizo daño? Pero ahora sé que la mejor venganza es vivir sin miedo ni rencor… ¿Y vosotros? ¿Os atreveríais a perdonar o preferiríais ver arder el pasado?