La hija que elegí: entre el amor y la traición

—¿Por qué lo hiciste, Camila? —mi voz temblaba, pero no podía dejar de mirarla a los ojos, buscando en su mirada alguna señal de arrepentimiento, de amor, de esa complicidad que creí que habíamos construido durante años.

Ella bajó la cabeza, jugando con el borde de su sudadera vieja, esa que le regalé en su cumpleaños número quince. El silencio entre nosotras era tan denso que sentía que me ahogaba. Afuera, la lluvia golpeaba el techo de lámina de nuestra casa en las afueras de Medellín, como si el cielo también llorara conmigo.

Nunca pensé que llegaría este día. Cuando conocí a Camila, tenía apenas ocho años y una mirada dura, desconfiada. Su madre biológica, Lucía, había muerto en un accidente de moto y su papá —mi esposo, Andrés— no sabía cómo acercarse a ella. Yo tampoco tenía experiencia con niños, pero desde el primer momento sentí que debía protegerla. No era mi sangre, pero sí mi destino.

Los primeros años fueron difíciles. Camila no hablaba mucho y cuando lo hacía, era para desafiarme. «No eres mi mamá», me gritó una vez, lanzando un vaso contra la pared. Recuerdo cómo recogí los pedazos de vidrio con las manos temblorosas y las lágrimas corriéndome por las mejillas. Pero nunca me rendí. Le preparaba su desayuno favorito —arepas con queso— y la esperaba cada tarde con un abrazo, aunque ella casi nunca lo aceptaba.

Con el tiempo, las cosas cambiaron. Empezó a contarme sus secretos: el chico que le gustaba en el colegio, sus sueños de ser veterinaria, sus miedos a quedarse sola. Yo la acompañé en cada paso: en su primer periodo, en sus peleas con Andrés, en sus noches de fiebre. Me sentía orgullosa cuando la veía reírse con sus amigas o cuando sacaba buenas notas. «Eres mi mamá del corazón», me dijo una noche mientras veíamos una novela juntas. Sentí que todo valía la pena.

Pero todo cambió hace dos meses. Andrés perdió el trabajo en la fábrica y el dinero empezó a faltar. Yo limpiaba casas en El Poblado para completar los gastos, pero no era suficiente. Una tarde, llegué a casa y encontré la puerta abierta. Faltaban mi celular, la televisión vieja y hasta la alcancía donde guardábamos los ahorros para la universidad de Camila. Llamé a la policía y a los vecinos, pero nadie vio nada.

Esa noche, Camila no volvió a dormir. Cuando apareció al día siguiente, traía los ojos rojos y evitaba mirarme. «¿Dónde estabas?», le pregunté. «Con amigas», murmuró. No le creí, pero no quise presionarla.

La verdad salió a la luz una semana después. Doña Rosa, la vecina del frente, me llamó para decirme que había visto a Camila salir de la casa con un muchacho desconocido y una bolsa negra. Sentí un frío recorrerme el cuerpo. Cuando enfrenté a Camila, lo negó todo al principio. Pero después de horas de silencio y lágrimas, confesó:

—Necesitaba el dinero… Me lo pidió Julián —su voz era apenas un susurro—. Me dijo que si no le ayudaba, iba a hacerle daño a papá.

Me senté en la cama, sin poder creerlo. Julián era ese chico mayor con el que Camila había empezado a salir hace unos meses. No me gustaba desde el principio: tenía fama de meterse en problemas y andar con malas compañías.

—¿Por qué no me dijiste nada? —le pregunté entre sollozos.

—Tenía miedo… No quería que le pasara nada a papá ni a ti.

Sentí una mezcla de rabia y dolor tan grande que quise gritarle todo lo que había guardado durante años: el esfuerzo por ganarme su confianza, las noches sin dormir preocupada por ella, los sacrificios para que no le faltara nada… Pero solo pude llorar.

Desde ese día, nada volvió a ser igual entre nosotras. Andrés se enteró y casi golpea a Julián cuando lo encontró en la esquina del barrio. Camila se encerró en su cuarto y apenas salía para ir al colegio. Yo traté de acercarme, pero ella me rechazaba una y otra vez.

Una tarde, mientras lavaba los platos, escuché su voz detrás de mí:

—¿Todavía me quieres?

Me quedé quieta, con las manos mojadas y el corazón hecho trizas.

—No sé… —respondí con sinceridad—. Me duele mucho lo que hiciste.

Ella se acercó despacio y apoyó su cabeza en mi hombro.

—Perdóname… No sabía qué hacer.

La abracé fuerte y lloramos juntas por largo rato. Pero aunque quería perdonarla, algo dentro de mí se había roto.

En el barrio todos empezaron a murmurar: que si Camila era mala semilla por no ser mi hija verdadera; que si yo era tonta por haberla criado como propia; que la sangre siempre llama… Esas palabras me dolían más que cualquier golpe.

Andrés trató de mediar entre nosotras, pero también estaba herido. «No podemos seguir así», me dijo una noche mientras tomábamos café en silencio. «Camila necesita ayuda… y tú también».

Buscamos apoyo en la parroquia y hablamos con la psicóloga del colegio. Nos dijeron que las familias ensambladas pasan por crisis así; que el amor no siempre basta para sanar heridas profundas; que hay que aprender a perdonar y reconstruir la confianza poco a poco.

Pero yo sigo preguntándome cada noche si hice bien en abrirle mi corazón a una niña que no llevaba mi sangre; si es posible amar sin reservas cuando sabes que siempre serás «la otra»; si alguna vez podré volver a mirarla sin recordar esa traición.

Hoy Camila está por graduarse del colegio. La miro desde lejos mientras ensaya su discurso para la ceremonia final. A veces sonríe como antes y siento una chispa de esperanza; otras veces se encierra en sí misma y temo perderla para siempre.

No sé qué nos depara el futuro. Solo sé que la amo como si fuera mía… aunque a veces me pregunte si eso es suficiente para sanar lo roto.

¿Ustedes creen que se puede construir una familia verdadera sin compartir la sangre? ¿O hay heridas que nunca terminan de cerrar?