La noche en que perdí a mi hija y me encontré a mí misma

—¿Por qué nunca me dijiste la verdad, Camila? —mi voz temblaba, apenas un susurro en la penumbra del pequeño departamento de la colonia Narvarte, mientras la lluvia golpeaba los cristales como si quisiera entrar y arrasar con todo.

Camila no respondió. Se quedó de espaldas, mirando por la ventana, su silueta recortada contra las luces lejanas de la ciudad. Yo sentía el corazón en la garganta, los recuerdos de la tarde repitiéndose en mi cabeza como una película que no puedo detener.

Todo comenzó esa mañana, cuando recibí su llamada. —Mamá, ¿puedes venir este fin de semana? Quiero que conozcas mi nuevo lugar. —Su voz sonaba alegre, pero había algo más, un matiz que no supe descifrar entonces.

Preparé mi maleta con esmero, doblando la blusa azul que ella siempre decía que me hacía ver joven. Compré pan dulce en la panadería de la esquina, porque sabía que le encantaba desayunar con café y conchas. Tomé el autobús desde Cuernavaca hasta la Ciudad de México, mirando por la ventana cómo el paisaje cambiaba del verde al gris urbano.

Cuando llegué, Camila me recibió con un abrazo apretado. Su departamento era pequeño pero acogedor, decorado con plantas y fotos de viajes. Me mostró cada rincón con orgullo: —Mira, mamá, aquí trabajo; aquí leo; aquí cocino… —Su entusiasmo era contagioso y por un momento sentí que todo estaba bien entre nosotras.

Pero esa noche, mientras ella hablaba por teléfono en la cocina, escuché mi nombre. No suelo espiar, pero algo en su tono me hizo detenerme junto a la puerta entreabierta.

—No sé cómo decírselo… —decía Camila—. Siempre espera tanto de mí. No quiero decepcionarla otra vez. —Hubo un silencio largo—. Sí, ya sé que no puedo seguir fingiendo. Pero es mi mamá… —Su voz se quebró.

Sentí un frío recorrerme el cuerpo. ¿Qué estaba ocultando mi hija? ¿Qué era eso tan grave que no podía decirme?

Cené en silencio esa noche. Camila intentó animar la conversación, pero yo apenas podía mirarla a los ojos. Después de lavar los platos, se encerró en su cuarto. Yo me quedé sentada en el sofá, mirando una foto nuestra en la repisa: ella de niña, abrazada a mi cintura en una playa de Acapulco.

No dormí bien. A las tres de la mañana escuché pasos en la sala. Me levanté y vi a Camila sentada en el suelo, llorando en silencio.

—¿Qué pasa, hija? —me arrodillé a su lado.

—Mamá… —me miró con los ojos hinchados—. Hay algo que tengo que decirte.

El silencio pesó entre nosotras como una losa. Finalmente, habló:

—No terminé la carrera. No trabajo en lo que te dije. He estado sobreviviendo con trabajos temporales y… —tragó saliva—. Estoy cansada de mentirte. No soy la hija perfecta que crees.

Sentí que el mundo se desmoronaba bajo mis pies. Todas las veces que presumí de ella ante mis amigas, todas las expectativas que había puesto sobre sus hombros… ¿Había sido yo quien la empujó a mentir?

—¿Por qué no me lo dijiste antes? —pregunté, la voz rota.

—Porque siempre esperaste tanto de mí… Tenía miedo de decepcionarte como decepcioné a papá antes de que se fuera.

La mención de su padre fue como una bofetada. Él nos había dejado cuando Camila tenía diez años. Desde entonces, me prometí ser suficiente para ella y exigirle lo mejor para que nunca sintiera ese vacío otra vez.

Nos quedamos abrazadas en el suelo mucho tiempo. Lloramos juntas por todo lo no dicho, por los años de silencios y expectativas no cumplidas.

A la mañana siguiente, desayunamos sin hablar mucho. El ambiente era tenso pero diferente: más honesto, más real.

Antes de irme, Camila me tomó de la mano:

—Mamá, ¿me sigues queriendo aunque no sea quien pensabas?

La miré largo rato antes de responder:

—Te quiero más ahora que sé quién eres realmente.

Salí del departamento sintiéndome extrañamente ligera y devastada al mismo tiempo. Había perdido a la hija idealizada que construí en mi mente, pero había encontrado a mi verdadera hija… y a mí misma.

Ahora me pregunto: ¿Cuántas veces amamos una idea y no a la persona real? ¿Cuántas madres y padres allá afuera viven engañados por sus propias expectativas? ¿Y cuántos hijos viven con miedo de mostrarse tal cual son?

¿De verdad conocemos a quienes más amamos o solo amamos lo que queremos ver?