La soledad no siempre grita: la historia de Jerónimo y la «Tertulia de los martes»
—¿Para qué me levanto hoy? —me pregunté en voz alta, mientras el reloj de la cocina marcaba las siete y media, y el sol apenas asomaba tras la niebla castellana. El silencio era tan denso que parecía que la casa entera contenía la respiración. Me llamo Jerónimo, tengo setenta años y, desde que falleció mi mujer, vivo solo en un pequeño chalet a las afueras de Valladolid. Mis hijos, Lucía y Álvaro, viven en Madrid y Barcelona; las visitas se han ido espaciando con los años, como si la distancia se midiera en silencios y no en kilómetros.
Aquel martes de enero, el frío calaba hasta los huesos. Miré por la ventana y vi a Estefanía, mi vecina de enfrente, peleando con las bolsas del supermercado y su andador. Nadie más en la calle. Me puse el abrigo encima del pijama y salí corriendo.
—¡Estefanía! Deja que te ayude —le dije, mientras ella intentaba sonreír entre el vaho de su aliento.
—Ay, Jerónimo… qué haría yo sin ti —murmuró, con la voz temblorosa.
La acompañé hasta su casa. Al entrar, me golpeó ese olor a sopa recalentada y a muebles viejos. Pero sobre todo, olía a soledad. Ella dejó las bolsas en la mesa y se sentó despacio.
—A veces pienso que si mañana no me levanto, nadie lo notaría —dijo, mirando sus manos arrugadas.
No supe qué responder. Porque yo sentía lo mismo.
Esa noche apenas dormí. El eco de sus palabras me perseguía: «Nadie lo notaría». Al día siguiente, mientras preparaba mi café, miré el teléfono fijo. Dudé. ¿Y si llamo? ¿Y si le propongo tomar un café… aunque sea por teléfono?
A las tres en punto marqué su número.
—¿Diga? —su voz sonaba sorprendida.
—Estefanía, soy Jerónimo. ¿Te apetece tomar un café… juntos? Cada uno en su casa, pero por teléfono.
Hubo un silencio largo. Luego escuché un suspiro.
—Me encantaría.
Charlamos veinte minutos. De su nieta Marta, de mis tomates que nunca maduran en la huerta, de lo caro que está el gasóleo. Nada importante. Pero al colgar sentí algo parecido a la primavera.
Así nació nuestra «Tertulia de los martes». Cada semana, a las tres, nos llamábamos para compartir un café o una infusión. Pronto se nos unió Rosario, una amiga de Estefanía que vivía sola desde hacía años tras enviudar. Luego Rosario invitó a Tomás, el portero jubilado del bloque de enfrente, que apenas salía desde que le operaron de la cadera.
En menos de dos meses éramos seis. Después diez. Cada uno con su historia: Pilar, que perdió a su hijo en un accidente; Manuel, cuya hija se fue a Alemania y apenas llama; Carmen, que nunca tuvo hijos y solo ve a su sobrina en Navidad.
Un martes Estefanía no contestó. Llamé tres veces. Nada. Algo me apretó el pecho. Crucé la calle corriendo y encontré la puerta entreabierta. Dentro hacía frío; ella estaba en el suelo, junto al teléfono.
—Jerónimo… hoy no podía más —susurró—. Pero pensé: «Jerónimo llamará a las tres»… Y eso me retuvo.
Llamé a emergencias. En el hospital, su hija me miró con lágrimas en los ojos:
—No sabíamos que estaba tan mal…
Estefanía volvió a casa más frágil pero con una determinación nueva.
—No podemos dejar que otros se hundan como yo casi me hundo —me dijo—. Hay que hacer algo más.
Así nació la idea: crear una red de llamadas para quienes viven solos. Rosario habló con la parroquia; Tomás convenció al farmacéutico para poner carteles; Pilar escribió al ayuntamiento para pedir ayuda logística.
En dos meses éramos treinta personas conectadas cada martes a las tres. La biblioteca municipal cedió una sala para quienes no tenían teléfono o querían compañía física. El locutorio del barrio ofreció llamadas gratis durante una hora los martes.
Pero no todo fue fácil. Algunos vecinos murmuraban:
—Eso es cosa de viejos…
Otros decían:
—¿Para qué remover lo que cada uno lleva por dentro?
Incluso mi hijo Álvaro me llamó preocupado:
—Papá, ¿no te estarás obsesionando con esto? ¿No sería mejor ir a un centro de día?
Le respondí:
—No es obsesión, hijo. Es supervivencia.
Un día recibí una carta anónima bajo la puerta:
«Gracias por llamar a mi madre cada martes. Desde que murió mi padre no la había visto reírse tanto».
La red creció: pronto éramos cien personas en Valladolid y pueblos cercanos como Laguna de Duero o Arroyo. La radio local empezó a leer los nombres de quienes esperaban llamada cada martes; algunos comercios ofrecían descuentos en café para quienes participaban en la tertulia.
Pero también llegaron los problemas: una tarde Tomás no contestó; había sufrido un ictus leve pero logró pedir ayuda porque esperaba nuestra llamada. Carmen desapareció durante semanas; luego supimos que su sobrina había enfermado y ella se fue a cuidarla sin avisar.
La soledad seguía acechando, pero ahora tenía menos fuerza porque sabíamos que alguien pensaba en nosotros cada martes.
Un día recibí una llamada inesperada:
—¿Es usted Jerónimo? Soy Beatriz, trabajadora social del centro de salud. ¿Podría venir a hablar con nosotros sobre su red?
Fui nervioso pero orgulloso. Me escucharon médicos, enfermeros y hasta el alcalde del distrito.
—¿Cómo empezó todo esto? —preguntó Beatriz.
—Con una taza de café y una pregunta: «¿Te apetece hablar?»
Ahora la «Tertulia de los martes» cuenta con más de trescientas personas en tres ciudades: Valladolid, Palencia y Zamora. Hay voluntarios jóvenes que llaman a mayores sin familia; algunos nietos se han unido para charlar con abuelos ajenos cuando los propios viven lejos o ya no están.
En Navidad organizamos una merienda colectiva en la biblioteca: hubo villancicos, chocolate caliente y abrazos sinceros entre desconocidos convertidos en familia elegida.
A veces me pregunto cómo habría sido mi vida si nunca hubiera marcado aquel número aquel martes frío de enero. Quizá seguiría sentado frente al televisor apagado, esperando que alguien llamara sin atreverme yo primero.
Ahora sé que basta un gesto pequeño para romper el hielo del aislamiento: una llamada, un café compartido aunque sea por teléfono, una pregunta sincera.
Mientras escribo esto, tengo mi taza de té humeante entre las manos y el teléfono cerca. Son casi las tres; pronto sonará para otra tertulia más.
Me pregunto: ¿Cuántos Jerónimos hay ahora mismo esperando una llamada? ¿Cuántas Estefanías necesitan saber que alguien piensa en ellas cada martes?
¿Y tú? ¿Hace cuánto no llamas a esa persona mayor del barrio o a ese amigo que se fue alejando? No esperes al próximo martes… Marca el número hoy mismo.