Madre, ¿cuánto vale tu amor?
—¿Eso es todo lo que me van a dar? —La voz de Lucía retumbó en la sala, cortando el aire como un machete en caña dulce. Sus ojos, los mismos que de niña buscaban consuelo en mi regazo, ahora me miraban con una mezcla de decepción y rabia. El vestido blanco que llevaba parecía pesarle más que la vida misma.
Yo sostenía la caja envuelta en papel dorado, temblando. Dentro, un juego de sábanas bordadas a mano, igual al que mi madre me regaló cuando me casé con tu papá, Lucía. Pero ella no lo sabía. O no le importaba.
—Lucía, hija, es un regalo hecho con amor —intenté decirle, pero mi voz se quebró. Mi esposo, Ernesto, me apretó la mano bajo la mesa, como si así pudiera evitar que el mundo se desmoronara.
—Mamá, todos los papás de mis amigas les dieron dinero para la luna de miel o les compraron muebles nuevos. Ustedes… —Lucía dejó la frase en el aire, pero el veneno ya estaba echado.
Sentí cómo las miradas de los invitados se clavaban en mí. Mi hermana Rosa bajó la cabeza; mi suegra se acomodó el rebozo con incomodidad. Nadie dijo nada. Nadie nunca dice nada cuando el dolor es ajeno.
Esa noche, mientras recogía los platos sucios y las flores marchitas del salón comunal del barrio San Juan, pensé en todas las veces que me privé de un vestido nuevo para comprarle los útiles escolares a Lucía. Recordé las noches en vela cosiendo disfraces para sus festivales, los domingos vendiendo empanadas para pagarle el curso de inglés. ¿Eso no cuenta?
Ernesto me abrazó en la cocina.
—No te lo tomes así, Carmen. Los jóvenes ahora piensan diferente…
—¿Diferente? —le interrumpí—. ¿O será que nunca supimos enseñarle lo que importa?
Él no respondió. Solo suspiró y salió a fumar al patio.
Los días siguientes fueron un desfile de silencios y mensajes cortos. Lucía se fue de luna de miel a Cancún con su esposo, Julián, y apenas mandó una foto por WhatsApp: una selfie en la playa, sonriendo como si nada hubiera pasado. Yo la miraba una y otra vez, buscando a mi niña detrás de esa mujer maquillada y distante.
Mi hermana Rosa vino a visitarme una tarde lluviosa.
—No te mortifiques tanto, Carmen —me dijo mientras tomábamos café—. Los hijos a veces son ingratos. Pero uno no deja de quererlos.
—¿Y si tiene razón? —le pregunté—. ¿Y si realmente no le dimos lo suficiente?
Rosa me miró con ternura.
—¿Suficiente para quién? ¿Para ella o para ti?
Esa pregunta me persiguió toda la noche. Me levanté a buscar fotos viejas: Lucía con su uniforme nuevo, Lucía abrazando a su perro rescatado, Lucía llorando porque no la invitaron a una fiesta… Siempre fui yo quien estuvo ahí. ¿Eso no es suficiente?
Una semana después, Lucía regresó. No vino a casa; fue directo al departamento que rentaron cerca del centro. Yo quería llamarla, pero el orgullo me ataba las manos.
Hasta que un día recibí su mensaje:
“Mamá, ¿puedes venir? Necesito hablar contigo.”
El corazón me latía tan fuerte que casi no podía respirar. Caminé bajo el sol ardiente hasta su edificio. Subí las escaleras temblando.
Lucía abrió la puerta. Tenía los ojos hinchados y el maquillaje corrido.
—Pasa —me dijo apenas en un susurro.
Me senté en el sillón mientras ella daba vueltas por la sala.
—Mamá… —empezó—. Perdón por lo del regalo. Es que… Julián y yo estamos peleados por dinero. Él dice que mis papás no nos apoyan como los suyos… Y yo… yo solo quería sentirme igual que mis amigas.
La miré largo rato. Vi a la niña asustada detrás de la mujer herida.
—Lucía —le dije—, yo no tengo mucho para darte en cosas materiales. Pero todo lo que tengo te lo he dado siempre: mi tiempo, mi trabajo, mi vida entera…
Ella rompió en llanto y se arrojó a mis brazos.
—Lo sé, mamá… Perdón… Es solo que a veces siento que nunca voy a tener lo suficiente para ser feliz.
La abracé fuerte, como cuando era pequeña y tenía miedo a las tormentas.
—La felicidad no está en lo que tienes, hija —le susurré—. Está en lo que eres y en cómo amas.
Nos quedamos así mucho tiempo. Afuera llovía otra vez; adentro también llovíamos nosotras.
Esa noche volví a casa sintiéndome más ligera pero también más triste. Porque entendí que el mundo ha cambiado y que nuestros hijos cargan otras angustias: la presión social, la comparación constante, el miedo al fracaso económico…
Ernesto me esperaba despierto.
—¿Cómo te fue?
—Bien —le dije—. Pero creo que tenemos que aprender a soltar.
Él asintió y me tomó la mano.
Pasaron los meses y poco a poco Lucía volvió a visitarnos los domingos. Ya no hablábamos del regalo ni del dinero; hablamos de recetas, de películas viejas, de cómo sobrevivir en esta ciudad donde todo parece costar más cada día.
Un día llegó con una noticia:
—Mamá… estoy embarazada.
Me quedé sin palabras. La abracé y lloramos juntas otra vez.
Ahora espero a mi nieto o nieta con esperanza y temor. Me pregunto si sabré ser abuela como fui madre; si podré enseñarles que el amor no se mide en regalos ni en cuentas bancarias.
A veces me despierto pensando: ¿En qué momento dejamos de entendernos? ¿Será posible volver a ser una familia unida?
¿Ustedes qué piensan? ¿El amor de madre puede medirse en dinero? ¿O estamos perdiendo algo más valioso por mirar solo lo material?