Me traicionó y luego dijo que era mi culpa: la historia de una madre mexicana

—¿Por qué no puedes entenderlo, Mariana? —gritó Javier, su voz retumbando en la cocina mientras yo sostenía el cuchillo con el que partía la fruta para el lunch de los niños.

Sentí que el aire se volvía espeso, como si cada palabra suya pesara toneladas. Afuera, el sol de Ciudad de México apenas se asomaba entre los edificios, pero dentro de mí ya era noche. Mis manos temblaban, aunque intenté disimularlo. Los niños aún dormían, ajenos a la tormenta que se desataba en nuestra casa.

—¿Entender qué, Javier? ¿Que me engañaste porque yo estaba ocupada cuidando a nuestros hijos? —Mi voz salió más baja de lo que quería, pero cargada de rabia y dolor.

Él desvió la mirada, incapaz de sostenerme los ojos. —No es tan simple… Tú… tú ya no eras la misma. Todo era los niños, la escuela, las tareas. ¿Y yo? ¿Dónde quedé yo?

Sentí que el piso se abría bajo mis pies. ¿Era posible que después de quince años juntos, después de dos hijos y tantas noches sin dormir, él pensara que su traición era culpa mía? Recordé cuando conocí a Javier en la universidad, cómo me hacía reír en los pasillos de la UNAM, cómo soñábamos con una familia grande y feliz. Nunca imaginé que terminaríamos así: él justificando su infidelidad y yo sintiéndome culpable por ser madre.

Me senté en la mesa, sin fuerzas para seguir discutiendo. El reloj marcaba las 6:30 am; en media hora tenía que despertar a Diego y Valeria, prepararles el desayuno y llevarlos a la primaria. Mi vida era una lista interminable de pendientes: juntas escolares, tareas, citas médicas, compras en el mercado de la esquina. Siempre pensé que ser una buena madre era suficiente para mantener unida a mi familia.

Pero Javier no lo veía así. —No te das cuenta, Mariana. Yo también necesitaba atención. Me sentía invisible.

—¿Y crees que yo no? —le respondí, sintiendo cómo las lágrimas amenazaban con salir—. ¿Crees que es fácil dejar de ser mujer para ser solo mamá? ¿Crees que no extraño salir contigo, sentirme bonita, reírme sin preocuparme por la hora?

Él guardó silencio. Por un momento pensé que iba a disculparse, pero solo suspiró y salió de la cocina. Me quedé sola, escuchando el tic-tac del reloj y el sonido lejano del tráfico matutino.

Ese día llevé a los niños a la escuela como siempre. Diego me preguntó por qué tenía los ojos hinchados; le mentí diciendo que era alergia. Valeria me abrazó fuerte antes de entrar al salón, como si supiera que lo necesitaba más que nunca.

En el camino de regreso, mi mente era un torbellino. ¿En qué momento dejé de ser Mariana para convertirme solo en «mamá»? Recordé las veces que rechacé salir con Javier porque estaba cansada o porque los niños tenían fiebre. Recordé cómo me miraba cuando llegaba tarde del trabajo y yo ya estaba dormida en el sillón con Valeria en brazos.

Pero también recordé las veces que él prefirió ver fútbol con sus amigos en vez de ayudarme con los niños. Las veces que llegaba tarde sin avisar, o que se molestaba porque la casa no estaba impecable. ¿Por qué siempre somos las mujeres las que cargamos con la culpa?

Esa noche, después de acostar a los niños, enfrenté a Javier. —¿Quién es ella?

Él dudó antes de responder. —Una compañera del trabajo… No fue planeado.

Sentí una punzada en el pecho. —¿La amas?

—No lo sé —admitió—. Solo… me sentí visto otra vez.

Me encerré en el baño y lloré hasta quedarme sin lágrimas. No solo por su traición, sino por darme cuenta de cuánto me había perdido a mí misma en el camino. ¿Cuándo fue la última vez que hice algo solo para mí? ¿Cuándo fue la última vez que me miré al espejo y vi algo más que ojeras y cansancio?

Pasaron semanas en las que apenas nos hablábamos. Los niños notaron el cambio; Diego empezó a tener pesadillas y Valeria se volvió más callada. Mi mamá vino desde Puebla para ayudarme unos días. Una tarde, mientras preparábamos mole juntas, me dijo:

—Hija, no puedes cargar sola con todo esto. No eres menos mujer por ser madre, ni menos madre por querer ser mujer.

Sus palabras me hicieron pensar. Empecé a ir a terapia; al principio sentía culpa por gastar dinero en mí misma, pero poco a poco entendí que necesitaba sanar para poder cuidar bien a mis hijos.

Javier y yo intentamos hablar varias veces. A veces gritábamos, otras llorábamos juntos. Él también empezó terapia; reconoció sus errores, pero también sus vacíos.

Un día, Diego llegó con una nota de la escuela: «Mi mamá es mi heroína porque nunca se rinde». Lloré al leerla. Por primera vez en mucho tiempo sentí orgullo de mí misma, no solo como madre sino como mujer.

No sé qué pasará con Javier y conmigo. Tal vez logremos reconstruirnos juntos; tal vez cada uno siga su camino. Pero ahora sé que no puedo perderme otra vez por nadie.

A veces me pregunto: ¿cuántas mujeres en Latinoamérica viven esta misma historia en silencio? ¿Cuántas creen que deben cargar solas con todo? ¿Y si empezamos a hablarlo sin miedo ni vergüenza?