Mi esposo me envió una factura por nuestra vida juntos: una historia de amor, dinero y traición en Ciudad de México
—¿Ya viste tu correo, Mariana? —me preguntó Luis desde la cocina, con esa voz seca que últimamente usaba para todo.
No respondí. Mi corazón latía tan fuerte que apenas podía escuchar el sonido del agua cayendo en el fregadero. Tomé el celular con manos temblorosas y abrí el correo que acababa de llegar. El asunto decía: “Gastos compartidos – Liquidación pendiente”.
Al principio pensé que era una broma pesada, pero al abrir el archivo adjunto, sentí que el piso se me iba. Era una factura, con fechas, montos y descripciones minuciosas: “Renta del departamento: 50%”, “Supermercado: 50%”, “Luz, agua, gas: 50%”, “Vacaciones en Acapulco: 50%”, “Regalo para tu mamá: 50%”. Todo sumaba una cifra que no podía creer. Al final, una nota: “Por favor, transferir antes del 15. Gracias”.
Me quedé sentada en la mesa del comedor, mirando la pantalla como si fuera un mal sueño. Luis entró y me miró sin expresión.
—¿Qué es esto? —le pregunté, la voz quebrada.
—Es lo justo, Mariana. No puedo seguir cargando con todo —respondió, sin mirarme a los ojos.
No era cierto. Siempre habíamos compartido los gastos, a veces uno ponía más, a veces el otro. Pero nunca habíamos llevado cuentas tan frías. Nuestra vida juntos había sido un ir y venir de apoyos, de sacrificios silenciosos. ¿En qué momento se había convertido en una contabilidad?
Me levanté y fui al baño para no llorar frente a él. Cerré la puerta y me miré al espejo. ¿Quién era esa mujer de ojos hinchados y cabello desordenado? ¿En qué momento perdí el control de mi propia vida?
Esa noche no dormí. Recordé cuando nos conocimos en la UNAM, cómo nos enamoramos entre libros y cafés baratos en Coyoacán. Recordé las veces que él se quedó sin trabajo y yo pagué la renta sin decir nada. Recordé cuando mi papá enfermó y Luis me acompañó al hospital cada noche, sin pedir nada a cambio. ¿Dónde quedó todo eso?
A la mañana siguiente, mi mamá me llamó.
—¿Todo bien, hija? Te escucho rara.
Quise contarle todo, pero no pude. En mi familia nunca se hablaba de dinero abiertamente. Mi papá siempre decía: “En esta casa lo que hay es de todos”. Pero yo sabía que no era cierto; las peleas por dinero eran silenciosas pero constantes.
Pasaron los días y la tensión en casa creció como una nube negra. Luis apenas me hablaba. Yo empecé a revisar mis cuentas, a hacer cálculos mentales. ¿De verdad le debía todo eso? ¿Y los años que pasé cuidando a su mamá cuando tuvo cáncer? ¿Y las noches que trabajé horas extra para que él pudiera terminar su maestría?
Una tarde, mientras lavaba los trastes, escuché a Luis hablando por teléfono en la sala.
—Sí, ya le mandé la factura… No sé si va a pagar… No, no creo que quiera pelear… Sí, ya estoy viendo lo del abogado…
Sentí un frío en el estómago. ¿Abogado? ¿Esto iba en serio?
Esa noche lo enfrenté.
—¿Vas a divorciarte de mí así nomás? ¿Con una factura?
Luis bajó la mirada.
—No sé qué más hacer, Mariana. Siento que ya no somos un equipo. Todo es pelea, todo es reclamo…
—¿Y crees que esto lo va a arreglar? ¿Convertir nuestra vida en números?
Se encogió de hombros.
—Es lo único que entiendo ahora.
Me fui a dormir al sillón. Lloré hasta quedarme dormida.
Los días siguientes fueron un infierno. Mis amigas me decían que lo mandara al diablo, que ningún hombre valía tanto dolor. Pero yo no podía dejar de pensar en todo lo vivido juntos. ¿De verdad el dinero podía destruirlo todo?
Un sábado por la tarde, mi hermana Paulina vino a verme. Me encontró sentada en la cocina, rodeada de papeles y cuentas.
—¿Qué haces?
—Sumando todo lo que he dado y recibido en esta relación —le respondí con amargura.
Paulina suspiró.
—¿Y eso te va a dar paz?
No supe qué decirle.
Esa noche decidí hablar con Luis por última vez antes de tomar una decisión.
—¿Por qué me hiciste esto? —le pregunté con voz suave.
Luis se sentó frente a mí y por primera vez en semanas vi lágrimas en sus ojos.
—Tengo miedo, Mariana. Miedo de quedarme solo, miedo de no poder con todo… Siento que si no pongo límites ahora voy a perderme yo también.
Me quedé callada. Por primera vez entendí su miedo, aunque no justificaba su manera de actuar.
—¿Y si intentamos terapia? —le propuse.
Luis asintió sin mucha convicción.
Fuimos a terapia de pareja durante dos meses. Hablamos de todo: del dinero, del amor, del resentimiento acumulado por años. Lloramos mucho. Nos gritamos verdades dolorosas. Descubrimos heridas viejas: su miedo al abandono desde niño; mi necesidad de sentirme valorada más allá del dinero.
Al final, decidimos separarnos. No fue fácil ni bonito. Pero al menos pudimos hablar sin facturas ni abogados de por medio.
Hoy vivo sola en un departamento pequeño en la Narvarte. Trabajo mucho pero duermo tranquila. A veces extraño a Luis; otras veces agradezco haber recuperado mi dignidad.
A veces me pregunto: ¿cuánto vale realmente el amor? ¿Cuándo dejamos que el dinero pese más que los recuerdos y los abrazos? ¿Ustedes qué harían si recibieran una factura por su propia vida?