Mi hermana Lucía lo dio todo por sus hijos, pero cuando más la necesitaban, la dejaron sola
—¡No me dejes sola, por favor! —gritaba Lucía, mi hermana, mientras yo sostenía su mano temblorosa en la sala de urgencias del hospital Piñero. El olor a desinfectante y el murmullo de los médicos se mezclaban con el llanto ahogado que intentaba contener. Afuera llovía con furia, como si el cielo mismo llorara por ella.
Lucía siempre fue la fuerte de la familia. Desde que papá se fue y mamá murió de cáncer, ella tomó las riendas de la casa. Yo era apenas un adolescente cuando Lucía, con solo veintidós años, se convirtió en madre y padre para mí y para sus dos hijos: Martín y Sofía. Recuerdo cómo vendía empanadas en la esquina de la avenida Rivadavia para pagar los útiles escolares, cómo cosía hasta la madrugada para que nunca nos faltara un plato de comida.
—No te preocupes, Lu, yo estoy acá —le susurré esa noche en el hospital, aunque sabía que no era a mí a quien llamaba. Era a sus hijos. A esos hijos por los que se desvivió toda la vida y que ahora, cuando su cuerpo ya no respondía y el cáncer avanzaba como una sombra silenciosa, no aparecían ni para traerle un vaso de agua.
La primera vez que noté el cambio fue hace tres años. Martín se fue a vivir con su novia a San Justo y dejó de visitar a Lucía. Sofía consiguió trabajo en un call center y pronto empezó a llegar tarde, a veces ni siquiera pasaba por casa. Lucía justificaba todo: “Están ocupados, tienen su vida”, decía mientras preparaba guiso para dos pero ponía tres platos en la mesa, por si alguno volvía.
—¿Por qué no vienen? —me preguntó una tarde mientras mirábamos juntos una novela vieja en la tele.
—No sé, Lu. Quizás no se dan cuenta de lo que te necesitan —le respondí, aunque por dentro hervía de rabia.
El barrio entero conocía a Lucía. Era la que organizaba las rifas para ayudar a los vecinos, la que cuidaba a los chicos cuando las madres salían a trabajar. Pero cuando cayó enferma, las visitas se hicieron menos frecuentes. La gente tiene miedo a la enfermedad, o quizás solo es egoísmo disfrazado de ocupación.
Una noche, mientras le cambiaba el suero en casa porque ya no quería ir al hospital, Lucía me miró con esos ojos grandes y cansados:
—¿Vos creés que fui mala madre?
—¡No digas eso! Fuiste la mejor. Si no fuera por vos, yo no habría terminado el secundario…
—Pero ellos…
No terminó la frase. Se quedó mirando el techo, perdida en recuerdos que yo no podía alcanzar.
Un domingo cualquiera, decidí llamar a Martín. Me contestó con voz apurada:
—Tío, estoy complicado con el laburo… después paso.
—Tu mamá pregunta por vos todos los días. No está bien…
—Ya sé, pero no puedo ahora. Decile que la quiero.
Colgó antes de que pudiera decirle lo que realmente pensaba: que el amor no se dice por teléfono, se demuestra estando presente.
Sofía fue peor. Apareció una vez después de meses sin verla. Entró apurada, revisó el celular mientras Lucía intentaba hablarle:
—Ma, estoy re cansada… ¿Tenés plata para el colectivo?
Lucía le dio lo poco que tenía en la billetera y Sofía se fue sin mirar atrás.
Yo veía cómo Lucía se apagaba cada día un poco más. El cáncer avanzaba y ella ya no tenía fuerzas ni para levantarse de la cama. Los médicos decían que era cuestión de tiempo. Yo me quedé a vivir con ella, dejando mi trabajo en el taller mecánico porque no podía dejarla sola ni un minuto.
Una tarde de invierno, mientras afuera los chicos jugaban a la pelota y el olor a pan casero llenaba el aire del barrio, Lucía me pidió que le acercara una caja vieja del placard. Adentro había fotos gastadas: Martín con guardapolvo blanco en primer grado; Sofía disfrazada de hada en un acto escolar; nosotros tres abrazados en una Navidad sin regalos pero llenos de esperanza.
—¿Valió la pena todo esto? —me preguntó con voz apenas audible.
No supe qué decirle. ¿Cómo explicarle que el amor no siempre vuelve de la forma en que uno espera?
El día que Lucía murió fue uno de esos días grises en Buenos Aires donde parece que el tiempo se detiene. Martín llegó al velorio cuando ya casi todos se habían ido. Sofía ni siquiera apareció. Los vecinos me abrazaban en silencio; algunos lloraban más por culpa que por tristeza.
Esa noche, solo en casa, encontré una carta que Lucía había escrito para sus hijos:
“Queridos Martín y Sofía:
Si alguna vez leen esto, quiero que sepan que los amé más que a mi propia vida. Todo lo que hice fue por ustedes. No les guardo rencor por no haber estado al final; solo espero que algún día entiendan lo importante que es cuidar a quienes nos cuidaron primero.”
Leí esas palabras una y otra vez hasta quedarme dormido sobre la mesa.
Hoy han pasado dos años desde su partida. Martín vive lejos y apenas llama para los cumpleaños. Sofía se mudó con su novio y nunca volvió al barrio. Yo sigo aquí, en la misma casa donde Lucía crió a toda una familia con nada más que amor y coraje.
A veces me pregunto si como sociedad estamos perdiendo algo esencial: ese sentido de comunidad, de familia extendida donde nadie queda solo. ¿En qué momento dejamos de valorar el sacrificio silencioso de las madres? ¿Cuándo nos volvimos tan indiferentes al dolor ajeno?
¿Será posible recuperar ese calor humano o ya es tarde para todos nosotros?
¿Ustedes qué piensan? ¿Qué harían si vieran a alguien tan querido quedarse solo? ¿Estamos realmente presentes para quienes nos dieron todo?