No Quiero Esta Hija: El Grito Que Rompió Mi Hogar

—¡No quiero una hija como tú! ¡Eres una vergüenza para toda la familia! —gritó mi madre, doña Teresa, con la voz quebrada y los ojos llenos de furia. La vieja mesa de la cocina tembló cuando golpeó el puño sobre ella, y la carta arrugada que yo había dejado sobre su almohada cayó al suelo como una sentencia.

Yo, Catalina Ramírez, tenía diecinueve años y acababa de confesarle a mi madre que estaba embarazada. No era sólo el embarazo lo que la enfurecía, sino el hecho de que el padre era Javier, un muchacho de nuestro barrio en Medellín, hijo de una familia humilde y con fama de problemático. Mi madre siempre soñó con otro destino para mí: universidad, trabajo en oficina, casarme con alguien «de bien». Pero la vida, en los barrios populares de Colombia, rara vez sigue los planes de las madres.

—Mamá, por favor… —susurré, sintiendo cómo las lágrimas me ardían en las mejillas—. No fue mi intención decepcionarte. Yo…

—¿Intención? ¿Y eso qué importa ahora? ¿Cómo crees que voy a mirar a las vecinas a la cara? ¿Qué le voy a decir a tu abuela? ¡Tú eras mi orgullo, Catalina! —me interrumpió, su voz subiendo aún más de tono.

Mi hermano menor, Andrés, asomó la cabeza por la puerta. Tenía apenas doce años y sus ojos grandes y oscuros reflejaban miedo. Mi padre, don Álvaro, estaba en el trabajo; era conductor de bus y no volvería hasta la noche. Sabía que cuando llegara, mamá le contaría todo y el infierno apenas comenzaría.

Me senté en una silla, temblando. Recordé las veces que mamá me abrazaba cuando tenía miedo de los truenos o cuando me curaba las rodillas raspadas. ¿En qué momento se había roto ese amor? ¿Por qué ahora me sentía tan sola?

—Mamá… yo amo a Javier —me atreví a decir, aunque sabía que eso sólo echaría más leña al fuego.

—¡¿Amor?! ¡Eso no es amor! Eso es ignorancia, es rebeldía… ¡es una maldición! —gritó ella. Tomó la carta del suelo y la rompió en pedazos—. No quiero verte aquí. Vete con ese muchacho si tanto lo quieres. Pero no vuelvas a esta casa a traer más desgracias.

Sentí que el aire se me iba. Andrés corrió hacia mí y me abrazó fuerte.

—No te vayas, Cata —susurró—. No me dejes solo con ellos.

Le acaricié el cabello y le prometí que volvería a verlo. Pero esa noche, recogí mis pocas cosas y salí de la casa donde había crecido. Caminé por las calles oscuras del barrio, con el corazón hecho trizas y el miedo apretándome el pecho.

Javier me recibió en su casa sin preguntas. Su madre, doña Rosa, me miró con tristeza pero también con comprensión. Sabía lo que era ser rechazada; su esposo la había dejado años atrás por otra mujer y ella sola sacó adelante a sus tres hijos.

—Aquí tienes un techo —me dijo—. No será mucho, pero nadie te va a gritar ni a juzgar.

Las semanas pasaron lentas y pesadas. En el barrio todos murmuraban; las vecinas cuchicheaban cuando pasaba por la tienda y algunos amigos dejaron de saludarme. Javier buscaba trabajo todos los días, pero sólo conseguía trabajos temporales en construcción o cargando bultos en la plaza de mercado.

Una tarde, mientras lavaba ropa en el patio, sentí un dolor agudo en el vientre. Me asusté tanto que grité por Javier. Me llevó corriendo al hospital público; allí nos atendieron después de horas de espera entre gritos y llantos ajenos. El médico me dijo que debía guardar reposo o perdería al bebé.

Esa noche lloré como nunca antes. Sentí rabia contra mi madre, contra el barrio, contra Dios… pero sobre todo contra mí misma por sentirme tan débil.

Javier se sentó a mi lado y me tomó la mano.

—Cata, yo sé que esto no es lo que soñabas —dijo con voz baja—. Pero te juro que voy a hacer todo para que no te falte nada.

Lo miré y vi en sus ojos el mismo miedo que sentía yo. Éramos dos niños jugando a ser adultos en un mundo que no perdona los errores.

Un día recibí una llamada inesperada: era mi abuela Lucía. Había escuchado todo por boca de mi madre y quería verme.

—Catalina, hija —me dijo al verme—. Tu mamá está herida porque te quiere demasiado. Pero también tiene miedo del qué dirán… Aquí en este pueblo, la gente vive más pendiente del vecino que de su propia vida.

Lloré en sus brazos como cuando era niña.

—¿Crees que algún día me va a perdonar? —pregunté entre sollozos.

—El tiempo sana muchas cosas —respondió ella—. Pero tú también tienes que perdonarla a ella por no saber cómo amarte cuando más lo necesitabas.

Esas palabras se quedaron conmigo durante meses. El embarazo avanzó entre miedos y esperanzas; Javier consiguió un trabajo fijo como ayudante de panadero y yo empecé a vender arepas en la esquina para ayudar con los gastos.

El día que nació mi hija Valentina fue el más feliz y aterrador de mi vida. Cuando la tuve en brazos sentí una fuerza nueva dentro de mí; ya no era sólo Catalina Ramírez, la hija rechazada: ahora era madre, responsable de una vida frágil y hermosa.

Pasaron los meses y poco a poco aprendí a sobrevivir sin la aprobación de mi madre ni del barrio entero. Aprendí a confiar en mí misma y a valorar el amor sencillo de quienes sí se quedaron a mi lado.

Un año después, recibí una visita inesperada: era mi madre. Llegó con los ojos hinchados y las manos temblorosas.

—¿Puedo ver a Valentina? —preguntó apenas abrió la puerta.

La dejé pasar sin decir palabra. La vi tomar a mi hija en brazos y llorar como nunca antes la había visto llorar.

—Perdóname, hija —susurró—. Fui una cobarde… Me importó más lo que dijeran los demás que tu dolor.

No respondí enseguida; las heridas seguían abiertas, pero ver a mi madre abrazando a Valentina me hizo entender algo: todos somos víctimas del miedo y del orgullo alguna vez.

Hoy sigo luchando cada día para darle un futuro mejor a mi hija. Mi relación con mamá es frágil pero real; aprendimos a hablarnos sin gritos ni reproches. El barrio sigue siendo duro, pero ya no me importa tanto lo que digan las vecinas.

A veces me pregunto: ¿cuántas madres e hijas viven historias como la nuestra? ¿Cuántas familias se rompen por miedo al qué dirán? ¿Vale la pena sacrificar el amor propio por encajar en un molde ajeno?

¿Y tú? ¿Has sentido alguna vez que tu familia te dio la espalda por ser diferente?