No te apures con el matrimonio, Nikola: Cómo escapé de una familia que quería poseerme
—¿Por qué las arepas están tan doradas hoy, Nikola? —me preguntó doña Carmen, la mamá de Oskar, con esa voz suya que siempre sonaba como si estuviera juzgando hasta el aire que respiro.
Era un sábado cualquiera en Medellín, pero yo sentía que algo flotaba en el ambiente, algo espeso y denso. Oskar aún dormía en la habitación, ajeno a la tensión que se cocinaba en la cocina junto con el queso y la harina. Yo había decidido sorprenderlo con su desayuno favorito, pero no imaginaba que ese día sería el principio del fin.
—Así le gustan a Oskar —respondí, tratando de sonar tranquila, aunque por dentro me hervía la sangre. Doña Carmen me miró de arriba abajo, como si pudiera ver a través de mi delantal y mis sueños.
—En esta casa las cosas se hacen como siempre se han hecho —dijo ella, cortante. Luego se acercó y bajó el fuego sin mirarme—. No queremos sorpresas.
Me mordí los labios para no contestar. Desde que Oskar y yo nos comprometimos, su familia había invadido cada rincón de mi vida. Su hermana, Valeria, revisaba mis redes sociales y me corregía la ortografía en los comentarios. Su papá, don Ernesto, me preguntaba cada domingo si ya había aprendido a hacer sancocho como su mamá lo hacía en la costa. Y doña Carmen… bueno, ella parecía tener un manual invisible sobre cómo debía comportarme una futura esposa.
A veces sentía que no era Nikola, sino una versión editada de mí misma: más callada, más sumisa, más «apta» para ser parte de los Ramírez. Pero esa mañana, mientras el olor a arepas llenaba la casa y el sol entraba por la ventana, algo dentro de mí empezó a crujir.
Oskar apareció en la cocina con su sonrisa desordenada y el cabello revuelto.
—¡Qué rico huele! —exclamó, abrazándome por detrás. Yo cerré los ojos un segundo, deseando que ese momento fuera solo nuestro.
Pero doña Carmen no tardó en interrumpir:
—Oskar, dile a Nikola que aquí no necesitamos inventos. Que aprenda primero lo básico antes de querer sorprenderte.
Oskar soltó una risa incómoda y me miró como pidiéndome paciencia. Yo sentí una punzada en el pecho. ¿Por qué tenía que pedir permiso para ser yo misma?
El desayuno fue un desfile de indirectas. Valeria preguntó si ya había pensado en dejar mi trabajo para dedicarme a la casa. Don Ernesto sugirió que una buena esposa debía saber cuándo callar y cuándo hablar. Yo apretaba los puños debajo de la mesa, sintiendo cómo mi dignidad se desmoronaba pedazo a pedazo.
Después del desayuno, Oskar me llevó al balcón.
—Mi amor, no les hagas caso —susurró—. Ellos son así. Con el tiempo se acostumbrarán a ti.
—¿Y si nunca lo hacen? —pregunté, con la voz quebrada—. ¿Y si nunca soy suficiente para ellos?
Oskar me besó la frente y prometió que todo mejoraría después de la boda. Pero yo ya no estaba segura de querer casarme bajo esas condiciones.
Esa tarde, mientras lavaba los platos con doña Carmen a mi lado, ella soltó la frase que me rompió por dentro:
—Mira, Nikola. Aquí las cosas son claras: si quieres ser parte de esta familia, tienes que adaptarte. No queremos problemas ni mujeres rebeldes. O te acomodas o mejor piénsalo bien antes de dar el siguiente paso.
Sentí un nudo en la garganta. ¿Eso era lo que esperaba de mí? ¿Renunciar a mi esencia para encajar en un molde ajeno?
Esa noche no pude dormir. Miré a Oskar mientras dormía y pensé en todo lo que había sacrificado por amor: mis amigos, mis costumbres, hasta mi manera de hablar. Recordé las tardes en casa de mi abuela en Bucaramanga, cuando bailábamos cumbia en la sala y nadie me decía cómo debía ser. Extrañé mi libertad con una fuerza que dolía.
Al día siguiente, decidí hablar con Oskar.
—Necesito irme unos días —le dije—. Necesito pensar si esto es lo que quiero para mi vida.
Oskar se quedó mudo. Vi cómo su rostro se llenaba de miedo y tristeza.
—¿Me vas a dejar por culpa de ellos? —preguntó con voz temblorosa.
—No te estoy dejando —respondí—. Me estoy encontrando a mí misma antes de perderme por completo.
Hice mi maleta entre lágrimas y salí de esa casa sintiendo que me arrancaban un pedazo del alma. Fui donde mi amiga Juliana, quien me recibió con los brazos abiertos y una taza de chocolate caliente.
—Nikola, tú no eres menos por querer ser tú misma —me dijo—. El amor no debería doler así.
Pasé tres días llorando y pensando en todo lo que había vivido con Oskar. Lo amaba, sí, pero ¿a qué precio? ¿Valía la pena perderme para complacer a una familia que nunca me aceptaría tal como soy?
El cuarto día recibí un mensaje de Oskar:
“Te extraño. Pero entiendo si necesitas irte para siempre.”
Lloré como nunca antes. Pero también sentí alivio. Por primera vez en mucho tiempo, tenía el control sobre mi vida.
Volví a casa de mis padres en Bucaramanga. Mi mamá me abrazó fuerte y me dijo:
—Las mujeres de esta familia no nacimos para ser sombra de nadie.
Hoy escribo esto desde mi cuarto de infancia, rodeada de fotos viejas y recuerdos felices. No sé qué pasará con Oskar ni con mi futuro amoroso. Pero sí sé algo: nunca más dejaré que nadie decida por mí quién debo ser.
¿Vale la pena sacrificar tu esencia por encajar en una familia ajena? ¿Cuántas mujeres han sentido lo mismo y han callado por miedo? Yo decidí hablar… ¿y tú qué harías?