Nunca fuimos lo que soñamos ser
—¿Vas a quedarte esta noche? —le pregunté a Julián, mientras la lluvia golpeaba con furia los ventanales de mi pequeño departamento en el centro de Medellín. Él no respondió de inmediato. Se quedó mirando el vaso de ron entre sus manos, como si buscara en el fondo una respuesta que no podía darme.
Yo ya sabía la verdad. Desde el primer día, cuando me besó en aquel café de la Avenida Oriental, supe que no era suya. Ni él mío. Era un préstamo, un respiro, una pausa en su vida de esposo y padre. Nunca me prometió nada, ni yo lo exigí. Pero a veces, en noches como esa, cuando el mundo afuera parecía desmoronarse bajo el peso de la tormenta, deseaba que me mintiera. Que dijera que sí, que esta vez se quedaría hasta el amanecer.
—No puedo, Lucía —susurró al fin—. Mañana es el cumpleaños de Camila. No puedo faltar.
Camila. Su hija. La niña que veía en las fotos de su celular, con sus trenzas y su sonrisa idéntica a la de Julián. Siempre me pregunté si alguna vez sospechó algo. Si alguna vez notó el olor a perfume ajeno en la camisa de su papá o las llamadas que colgaba apresurado cuando ella entraba al cuarto.
Me levanté del sofá y fui a la cocina. Preparé café aunque ya era tarde. Julián me siguió con la mirada, pero no se movió. El silencio entre nosotros era tan denso que podía cortarse con un cuchillo.
—¿Por qué sigues viniendo? —le pregunté sin mirarlo—. ¿Por qué no te quedas allá, con tu familia?
Él suspiró y se frotó la cara con las manos.
—Porque contigo puedo respirar, Lucía. Allá soy otro. Aquí… aquí soy yo.
Me reí, amarga.
—¿Y yo? ¿Quién soy aquí? ¿La sombra? ¿El secreto?
No respondió. Nunca lo hacía. Y yo tampoco insistía. Porque sabía que si lo presionaba demasiado, dejaría de venir. Y entonces me quedaría sola, con mi café frío y mi cama vacía.
Mi mamá siempre decía que las mujeres como yo terminan solas o locas. Que los hombres casados solo buscan diversión y que una mujer decente no se presta para eso. Pero yo nunca fui decente según sus estándares. Me fui de casa a los diecisiete, trabajé en lo que pude y aprendí a sobrevivir en una ciudad donde nadie regala nada.
A veces soñaba con una vida distinta. Una donde Julián llegara a casa con flores y me abrazara delante de todos, sin miedo ni culpa. Pero esos sueños se desvanecían cada vez que él se vestía deprisa y salía por la puerta antes del amanecer.
Una noche, después de hacer el amor, Julián me miró con una tristeza infinita.
—¿Nunca te has preguntado si esto está mal?
Me encogí de hombros.
—¿Mal para quién? ¿Para tu esposa? ¿Para tus hijos? ¿Para mí?
Él asintió.
—Para todos.
No supe qué decirle. Porque sí, estaba mal. Pero también era lo único que me hacía sentir viva.
Los días pasaban y cada vez venía menos. Decía que tenía más trabajo, que su esposa sospechaba algo, que Camila estaba enferma. Yo asentía y sonreía, fingiendo que no me dolía.
Una tarde, mientras caminaba por el Parque Bolívar, vi a Julián con su familia. Iban tomados de la mano, riendo bajo el sol tibio de Medellín. Sentí una punzada en el pecho y tuve ganas de gritarle que yo también existía, que yo también tenía derecho a ser feliz. Pero solo apreté los puños y seguí caminando.
Esa noche lloré como hacía años no lloraba. Lloré por mí, por él, por su esposa y por Camila. Lloré por todas las mujeres invisibles que esperan en silencio una llamada, un mensaje, una promesa vacía.
Mi amiga Paola me decía que debía dejarlo, buscarme alguien libre, alguien que pudiera amarme sin esconderse. Pero yo no sabía cómo soltarlo. Era como una adicción: sabía que me hacía daño, pero no podía dejarlo ir.
Un día recibí una llamada inesperada. Era la esposa de Julián.
—Sé quién eres —dijo con voz firme—. Sé lo que has hecho con mi esposo.
Me quedé muda. No supe qué responderle.
—Solo quiero saber una cosa —continuó—: ¿Lo amas?
No pude mentirle.
—Sí —susurré—. Lo amo.
Colgó sin decir nada más.
Esa noche Julián llegó furioso.
—¿Por qué hablaste con ella? ¿Por qué le dijiste eso?
—Ella me llamó —respondí—. Solo fui honesta.
Él se dejó caer en el sofá y se tapó la cara con las manos.
—Ahora todo está perdido —murmuró—. Todo se va a acabar.
Y así fue. Dejó de venir. Dejó de llamarme. Me quedé sola con mis recuerdos y mis preguntas sin respuesta.
Pasaron los meses y aprendí a vivir sin él. Volví a salir con amigas, retomé mis estudios y conseguí un mejor trabajo. Pero cada vez que llovía fuerte sobre Medellín, recordaba aquellas noches en las que Julián era mi refugio y mi condena.
A veces me pregunto si alguna vez fui realmente feliz o solo viví aferrada a una ilusión imposible.
¿Vale la pena amar así? ¿Vale la pena ser el secreto de alguien cuando podrías ser el centro del mundo para otro?