Nunca Imaginé Que Me Juzgaría Así: Todo Por la Manutención de Nuestra Hija
—¿De verdad crees que mereces ese dinero, Lucía? —La voz de Mauricio retumbó en la sala del juzgado, tan fría y cortante como el aire acondicionado que me erizaba la piel.
Sentí que todos los ojos se clavaban en mí. El juez, la abogada de oficio, incluso la señora de la limpieza que pasaba el trapeador por el pasillo. Mi hija, Valentina, estaba en casa de mi mamá, ajena a este circo de adultos que discutían sobre su futuro como si fuera una cifra en una hoja de Excel.
—No es para mí —respondí, tragando saliva—. Es para Valentina. Tú lo sabes.
Mauricio bufó, cruzando los brazos. Llevaba esa camisa azul que tanto le gustaba cuando estábamos juntos, pero ahora parecía un uniforme de guerra. Yo sólo quería volver a mi cocina, a ese espacio diminuto donde podía preparar arroz con leche y sentirme útil, aunque fuera por un rato.
La abogada del DIF me miró con compasión. «Lucía, ¿puede explicar por qué solicita el aumento de la pensión?»
Respiré hondo. «La escuela subió las cuotas. Valentina necesita zapatos nuevos. Y… bueno, yo trabajo en una cafetería, pero no alcanza. No quiero lujos, sólo que ella tenga lo necesario.»
Mauricio soltó una risa amarga. «¿Y yo qué? ¿Acaso crees que nado en dinero?»
El juez lo interrumpió: «Señor Mauricio, aquí estamos para velar por el bienestar de su hija, no para discutir sus finanzas personales».
Sentí las lágrimas ardiendo detrás de los ojos, pero no iba a llorar frente a él. No otra vez.
Cuando salí del juzgado, mi hermana Camila me esperaba afuera con un termo de café y un abrazo apretado. «No le hagas caso, Lucía. Él siempre fue así: orgulloso y egoísta».
—Pero nunca pensé que me juzgaría tan feo —le susurré—. Como si pedir lo justo fuera un crimen.
Camila me apretó más fuerte. «Eres una buena madre. Eso es lo único que importa».
Pero en casa las cosas no eran tan sencillas. Mi mamá, doña Teresa, se sentaba cada noche a contar las monedas del monedero y suspiraba fuerte cuando veía lo poco que quedaba para el día siguiente.
—¿Y si buscas otro trabajo? —me preguntó una noche mientras pelaba papas para la cena.
—Ya trabajo doble turno, mamá. Si salgo más tarde, ¿quién cuida a Valentina?
Ella bajó la mirada. «No quiero que te desgastes así, hija. Pero tampoco podemos vivir siempre al día».
A veces sentía que todos me juzgaban: los vecinos murmurando cuando pasaba con Valentina de la mano; las maestras de la escuela preguntando por qué no llevaba uniforme nuevo; hasta mi propia familia, aunque no lo dijeran en voz alta.
Una tarde, mientras cocinaba sopa de fideos y Valentina dibujaba en la mesa con sus crayones gastados, ella me miró con esos ojos enormes y serios:
—Mami, ¿por qué papá ya no viene?
Me quedé helada. ¿Cómo explicarle a una niña de seis años que su papá prefería pelear por dinero antes que pasar tiempo con ella?
—Papá está ocupado —mentí—. Pero te quiere mucho.
Valentina asintió, pero siguió dibujando en silencio. Sentí una punzada en el pecho: el dinero era importante, sí, pero lo que más dolía era ver cómo la ausencia de Mauricio iba dejando huecos en el corazón de mi hija.
Las semanas pasaron entre audiencias y cartas del juzgado. Mauricio empezó a retrasarse con los pagos y yo tenía que pedirle a mi mamá o a Camila que me prestaran para completar el súper.
Un día, mientras limpiaba mesas en la cafetería, escuché a dos clientas hablar sobre mí:
—Dicen que Lucía sólo quiere sacarle dinero al exmarido —susurró una.
—Pues sí, pero ¿qué otra cosa puede hacer? Con esa niña tan chiquita…
Me ardieron las mejillas de vergüenza y rabia. ¿Por qué nadie entendía que yo sólo quería lo justo para Valentina? ¿Por qué era tan fácil juzgar a una madre soltera?
Esa noche llegué a casa agotada y encontré a mi mamá llorando en la cocina.
—¿Qué pasa, mamá?
Ella negó con la cabeza. «Nada, hija… sólo estoy cansada».
Pero yo sabía la verdad: estaba cansada de vernos luchar cada día sin ayuda suficiente. Cansada de ver cómo Mauricio se lavaba las manos y yo quedaba como la mala ante todos.
Un sábado por la mañana, Mauricio llegó sin avisar. Traía una bolsa con galletas y un peluche barato para Valentina.
—¿Puedo verla? —preguntó desde la puerta.
Valentina corrió a abrazarlo y yo sentí una mezcla de alivio y enojo. Cuando ella se fue al cuarto a mostrarle sus dibujos, aproveché para hablar claro:
—¿Por qué haces esto tan difícil? No es para mí, Mauricio. Es para nuestra hija.
Él me miró con desprecio. «Tú siempre fuiste buena para hacerte la víctima».
—No soy víctima —le respondí—. Soy madre. Y tú eres padre, aunque te cueste aceptarlo.
Se quedó callado un momento y luego se fue sin despedirse.
Esa noche no pude dormir. Pensé en todas las mujeres como yo: madres solteras luchando contra prejuicios, contra exmaridos indiferentes y contra un sistema que casi nunca está de nuestro lado.
Al día siguiente recibí una llamada del juzgado: el juez había dictaminado un aumento mínimo en la pensión. No era suficiente, pero al menos era algo.
Cuando le conté a mi mamá y a Camila, ambas me abrazaron fuerte. «No estás sola», me dijeron.
Miré a Valentina dormida bajo su cobija floreada y sentí una mezcla de tristeza y esperanza.
¿Hasta cuándo tendremos que luchar por lo básico? ¿Cuándo dejarán de juzgarnos por querer lo mejor para nuestros hijos?