¿Por qué no me llevas contigo, hija?
—¿De verdad no me vas a llevar contigo, Mariana? —La voz de mi madre retumbó en la sala pequeña, cargada de reproche y una tristeza que me partía el alma. Sentí cómo el aire se volvía denso, casi irrespirable. Mi hijo, Emiliano, jugaba en silencio en la esquina, fingiendo no escuchar, pero sé que sus ojos atentos no se perdían ni un gesto.
Tenía la respuesta en la punta de la lengua, pero no podía pronunciarla. ¿Cómo decirle a la mujer que me dio la vida que no podía traerla a vivir conmigo? ¿Cómo explicarle que mi casa, mi matrimonio y mi vida ya estaban al borde del colapso con solo sostenernos a nosotros tres?
Mi madre, Rosa, había sido diagnosticada con Alzheimer hacía dos años. Al principio eran solo olvidos pequeños: las llaves, el nombre de una vecina, la fecha de cumpleaños de Emiliano. Pero ahora… ahora a veces no recordaba ni quién era yo. Sin embargo, ese día, su pregunta era clara y su mirada, acusadora.
—No puedo, mamá… —susurré, sintiendo cómo la culpa me quemaba por dentro.
Ella apretó los labios y desvió la mirada hacia la ventana. Afuera, el bullicio de Ciudad de México seguía su curso: vendedores ambulantes gritando ofertas, niños corriendo tras un balón desinflado, el olor a tamales colándose por las rendijas. Pero dentro de ese departamento viejo, el tiempo se detuvo.
—Siempre fuiste igual —dijo ella, casi escupiendo las palabras—. Primero tu carrera, luego tu marido… ahora tu hijo. Nunca yo.
Sentí el golpe directo al pecho. Andrés me había dicho mil veces que no podía dejar que esas palabras me afectaran, que ya había hecho suficiente: pagarle a una cuidadora, visitarla cada semana, llevarle comida y medicinas. Pero nada era suficiente para ella. Ni para mí.
Recordé cuando era niña y mi madre trabajaba doble turno en la panadería para mantenernos después de que mi papá se fue con otra mujer. Nunca le faltó un plato de sopa caliente ni un abrazo apretado. ¿Cómo podía ahora negarle lo que ella tanto me dio?
Pero mi realidad era otra. Andrés y yo apenas llegábamos a fin de mes. Él perdió su empleo durante la pandemia y aunque ahora trabaja como repartidor de aplicaciones, el dinero nunca alcanza. Yo doy clases en una secundaria pública y Emiliano necesita atención especial por su dislexia. Nuestra casa es pequeña: dos recámaras y un baño. No hay espacio para una cama más, ni para los gritos nocturnos de mi madre cuando se despierta confundida.
—¿Por qué no puedes? —insistió ella—. ¿Qué te cuesta?
—Mamá… —intenté acercarme—. No es tan fácil…
—¡Claro! Para ti nada es fácil cuando se trata de mí —me interrumpió con voz temblorosa—. Pero bien que para tu suegra sí tienes tiempo y espacio.
Sentí la sangre hervir. Mi suegra vive en Puebla y apenas la vemos dos veces al año. Pero mi madre siempre encontró motivos para sentir celos o para comparar lo que hacía por unos y no por otros.
—No es justo lo que dices —le respondí con voz baja pero firme—. Te ayudo en todo lo que puedo.
Ella se echó a llorar, tapándose el rostro con las manos arrugadas. Emiliano se acercó despacio y me tomó la mano.
—¿Por qué abuela está triste? —me preguntó en voz baja.
No supe qué responderle. ¿Cómo explicarle a un niño de ocho años que a veces el amor no basta? Que hay heridas tan profundas entre madres e hijas que ni el tiempo ni los cuidados pueden sanar del todo.
Esa noche, al regresar a casa con Emiliano, sentí el peso del mundo sobre mis hombros. Andrés me esperaba con café caliente y una mirada preocupada.
—¿Otra vez discutieron? —preguntó sin rodeos.
Asentí en silencio.
—No puedes dejar que te manipule así —dijo él—. Ya haces demasiado.
—¿Y si fuera tu mamá? —le solté sin pensar.
Andrés bajó la mirada y no respondió. Sabía que él también sentía culpa por no poder ayudar más, pero la vida nos había puesto límites duros.
Esa noche no pude dormir. Me levanté varias veces a mirar a Emiliano mientras dormía. Pensé en mi infancia: en los días de lluvia cuando mi madre me cubría con su rebozo viejo para ir a la escuela; en las noches en que compartíamos una tortilla con sal porque no había más; en las veces que ella lloraba en silencio pensando que yo dormía.
¿Era yo una mala hija por no poder llevármela conmigo? ¿O era simplemente una mujer atrapada entre dos generaciones, tratando de sobrevivir?
Los días siguientes fueron igual de tensos. Mi hermana menor, Lucía, vive en Monterrey y apenas llama una vez al mes. Cuando le conté lo que pasó, solo dijo:
—Pues llévatela tú si tanto te duele… Yo tengo mis propios problemas acá.
Sentí rabia y soledad. ¿Por qué siempre recaía todo sobre mí? ¿Por qué las hijas mayores cargamos con todo?
Un domingo llevé a mi madre al parque para distraerla. Caminamos despacio entre los árboles mientras ella murmuraba nombres de flores que ya no recordaba bien.
—¿Te acuerdas cuando veníamos aquí de niña? —me preguntó de pronto.
—Sí, mamá…
—Eras tan alegre… Siempre decías que nunca me ibas a dejar sola.
Me detuve en seco. Ella me miró con ojos vidriosos.
—No quiero irme a un asilo… —susurró—. No quiero morir sola.
Sentí un nudo en la garganta tan grande que apenas pude respirar.
—No vas a estar sola —le prometí—. Te lo juro.
Pero sabía que era una promesa vacía. No podía llevármela conmigo y tampoco podía dejarla sola del todo. La cuidadora era buena gente, pero nadie reemplaza el calor de una hija.
Esa noche lloré como hacía años no lo hacía. Andrés me abrazó fuerte mientras yo repetía una y otra vez:
—No puedo más… No puedo más…
Al día siguiente llamé al DIF para preguntar por opciones de apoyo para adultos mayores. Me dieron largas y papeles interminables. Sentí rabia contra el sistema, contra mi familia ausente, contra mí misma por no ser suficiente.
Hoy escribo esto sentada junto a la cama de mi madre mientras duerme una siesta ligera. Su rostro parece tranquilo por fin. Le acaricio la mano y pienso en todo lo que hemos vivido juntas: el amor, los sacrificios, los reproches…
¿Hasta dónde llega el deber de una hija? ¿Cuándo es suficiente? ¿Cuántas mujeres como yo viven atrapadas entre el amor y la culpa?
¿Ustedes qué harían en mi lugar?