¿Por qué no soy suficiente? – El relato de una familia rota en Medellín
—¿Así de fácil te vas, Julián? —grité, con la voz quebrada, mientras él recogía su maleta sin mirarme a los ojos. La lluvia golpeaba los ventanales del pequeño apartamento en Laureles, y el eco de mis palabras rebotaba en las paredes vacías. Tenía seis meses de embarazo y el miedo me apretaba el pecho como una garra invisible.
Él no respondió. Solo se detuvo un segundo en la puerta, como si dudara, pero al final se fue. El portazo fue el punto final de una historia que yo creía eterna. Me quedé sola, abrazando mi vientre, sintiendo cómo mi hijo pateaba, ajeno al desastre que acababa de ocurrir.
No sé cuánto tiempo pasé en el suelo, llorando. La voz de mi mamá resonaba en mi cabeza: “Los hombres siempre se van, Mariana. No te fíes de promesas bonitas”. Pero yo había creído en Julián. Había apostado todo por nosotros, por ese futuro que ahora se desmoronaba como las casas viejas del barrio Prado.
Los días siguientes fueron una niebla espesa. Mi hermana Lucía venía cada tarde con arepas y chocolate caliente. Se sentaba a mi lado y me acariciaba el cabello, como cuando éramos niñas y papá llegaba borracho a casa.
—No llores más, Mari —me decía—. Ese hombre no te merece. Piensa en tu bebé.
Pero ¿cómo pensar en el futuro cuando el presente era un abismo? Cada rincón del apartamento tenía algo de Julián: su camisa azul colgada detrás de la puerta, su taza favorita con el escudo del Nacional, hasta el olor a su colonia mezclado con el café de las mañanas. Todo me recordaba que ya no estaba.
La noticia corrió rápido por la familia. Mi tía Gloria llamó desde Envigado para decirme que rezaría por mí. Mi abuela Rosa llegó con una bolsa llena de remedios caseros y consejos que dolían más que ayudaban.
—Eso te pasa por confiar tanto —me soltó sin piedad—. Los hombres son así, mija. Ahora tienes que ser fuerte por ese niño.
Sentí rabia. ¿Por qué siempre era culpa nuestra? ¿Por qué las mujeres teníamos que cargar con todo?
Una noche, mientras trataba de dormir entre las sábanas frías, encontré el celular de Julián olvidado en la mesa de noche. Dudé antes de encenderlo, pero la curiosidad pudo más. Ahí estaban los mensajes: una tal Camila, palabras dulces, promesas de una vida juntos lejos de mí. Sentí náuseas. No solo me había dejado; me había cambiado por otra.
El dolor se transformó en furia. Al día siguiente fui a buscarlo al taller donde trabajaba con su primo Andrés. Cuando llegué, lo vi riendo con sus compañeros, como si nada hubiera pasado.
—¿Por qué lo hiciste? —le pregunté frente a todos—. ¿Por qué me cambiaste justo ahora?
Julián bajó la mirada. Andrés intentó intervenir, pero lo callé con un gesto.
—No era feliz —dijo Julián al fin—. Lo siento, Mariana. No sé ser papá. No sé ser esposo.
Me fui antes de romper a llorar frente a todos. Caminé por la avenida San Juan bajo el sol ardiente, sintiendo que cada paso era una batalla contra el dolor y la vergüenza.
Los meses pasaron lentos. El embarazo avanzó entre controles médicos y noches de insomnio. Lucía seguía a mi lado, pero mi mamá apenas me hablaba; decía que le daba vergüenza lo que dirían las vecinas.
El día que nació Samuel fue una mezcla de alegría y tristeza. Lo miré a los ojos y sentí un amor tan grande que casi dolía. Pero también sentí miedo: ¿cómo iba a criar a un hijo sola? ¿Cómo iba a explicarle algún día por qué su papá no estaba?
Los primeros meses fueron duros. Samuel lloraba mucho y yo apenas tenía fuerzas para levantarme. A veces pensaba en rendirme, en dejarlo todo e irme lejos, donde nadie supiera mi historia.
Una tarde, mientras Samuel dormía sobre mi pecho, Lucía llegó con una carta en la mano.
—Es de Julián —me dijo—. Dice que quiere ver al niño.
Mi corazón se aceleró. ¿Qué derecho tenía ahora? ¿Después de todo lo que nos hizo?
Lo pensé mucho antes de responderle. Al final accedí a verlo en un parque cerca del río Medellín. Julián llegó nervioso, con flores y una caja de leche para Samuel.
—Perdóname —me dijo—. No supe cómo manejarlo todo. Me asusté.
Lo miré largo rato. Vi al hombre del que me enamoré y al cobarde que me abandonó.
—No sé si puedo perdonarte —le dije—. Pero Samuel merece conocer a su papá.
Desde entonces, Julián viene a ver a Samuel cada semana. No hemos vuelto a estar juntos, pero poco a poco hemos aprendido a convivir por el bien del niño.
A veces me pregunto si el amor basta para sanar todas las heridas. Si algún día podré confiar de nuevo o si siempre llevaré esta cicatriz en el alma.
¿Ustedes creen que el amor es suficiente para reconstruir lo roto? ¿O hay heridas que nunca sanan del todo?