Sábados de Sombras: El Secreto Bajo el Quincho
—¿Por qué siempre terminamos así? —me pregunté, limpiando las lágrimas antes de entrar al comedor. El aroma a asado llenaba la casa de mis suegros en Lanús, pero el aire estaba cargado de algo más denso que el humo: secretos.
Cada sábado, mi esposo Martín y yo cruzábamos la ciudad para sentarnos en esa mesa larga, donde las risas de mi suegra, Teresa, intentaban tapar las miradas cortantes y los silencios incómodos. Mi cuñado Julián, siempre tan servicial, se había convertido en el héroe del quincho: martillo en mano, sonrisa fácil, dispuesto a todo por ayudar a su padre con la construcción del nuevo espacio familiar. Pero yo sentía que algo no encajaba.
—¿Otra vez te vas tan temprano, Camila? —me preguntó Teresa con esa voz dulce que usaba para disfrazar el reproche.
—Tengo que terminar un informe para el trabajo —mentí, evitando mirar a Martín. Él sabía que odiaba esos sábados, pero nunca decía nada. La familia era sagrada para él, aunque a mí me estuviera ahogando.
Esa tarde, mientras los hombres seguían trabajando en el quincho y las mujeres preparaban empanadas en la cocina, salí al patio a tomar aire. Escuché voces bajas detrás del galpón. Me acerqué sin hacer ruido y vi a Julián hablando con una mujer que no era su esposa, Lucía. Era Verónica, la vecina nueva. Sus manos se rozaban con una complicidad que me heló la sangre.
—No puedo más, Vero —susurró Julián—. Me estoy volviendo loco en esa casa.
—Tranquilo —respondió ella—. Pronto vas a tener tu lugar acá. Nadie sospecha nada.
Me quedé paralizada. El quincho no era solo un proyecto familiar; era el refugio secreto de Julián y Verónica. Sentí una mezcla de rabia y miedo. ¿Debía contarle a Lucía? ¿A mi suegra? ¿O quedarme callada como todos los demás?
Volví al comedor con el corazón desbocado. Martín me miró preocupado.
—¿Estás bien? —me preguntó en voz baja.
—Sí… solo estoy cansada —respondí, pero mi mente no podía dejar de pensar en lo que había visto.
Esa noche, en casa, le conté todo a Martín. Su reacción fue inesperada: se levantó de la mesa y empezó a caminar de un lado a otro.
—No puede ser… Julián no haría eso —dijo, pero su voz temblaba.
—Lo vi con mis propios ojos —insistí—. ¿Qué vamos a hacer?
Martín se sentó frente a mí y me tomó las manos.
—No podemos meternos. Si Lucía se entera por nosotros, va a ser un escándalo. Y mamá… ni hablar. Se muere si la familia se rompe.
—¿Y entonces? ¿Seguimos fingiendo todos los sábados?
Martín bajó la mirada. El silencio entre nosotros fue peor que cualquier grito.
Los días pasaron y el secreto me carcomía por dentro. Empecé a evitar las reuniones familiares, inventando excusas cada vez más absurdas. Pero un sábado Martín me pidió que lo acompañara sí o sí: era el cumpleaños de Teresa y todos debíamos estar presentes.
Llegamos temprano. Julián ya estaba en el patio, cortando madera para el quincho. Lucía lo miraba desde la ventana con una sonrisa triste. Me acerqué a ella en la cocina.
—¿Estás bien? —le pregunté.
—No sé… Siento que Julián está distante últimamente. Pasa más tiempo acá que en casa —me confesó con voz baja.
Quise abrazarla, decirle la verdad, pero me mordí los labios. ¿Quién era yo para destruir su mundo?
Durante el almuerzo, Julián hizo un brindis por la familia y por el futuro del quincho.
—Este lugar va a ser nuestro refugio —dijo, mirando a todos menos a Lucía.
Sentí una punzada en el pecho. Teresa lloraba de emoción; Martín fingía sonreír; Lucía lo miraba con esperanza; y yo… yo solo quería gritar.
Después del postre, salí al patio para respirar. Verónica apareció de repente junto al galpón.
—¿Me podés ayudar con unas cajas? —me pidió con una sonrisa nerviosa.
La seguí sin decir palabra. Cuando estuvimos solas, me miró fijo.
—Sé que viste algo el otro día —susurró—. No digas nada, por favor. Julián está mal… necesita esto para no volverse loco.
Me quedé helada. ¿Desde cuándo la infidelidad era una terapia? Sentí ganas de gritarle, pero solo asentí y me fui corriendo al baño.
Esa noche no pude dormir. La culpa me pesaba como una piedra en el pecho. Martín tampoco conciliaba el sueño.
—No aguanto más esta mentira —me dijo al fin—. Mañana hablo con Julián.
Al día siguiente fuimos temprano a casa de sus padres. Julián estaba solo en el quincho, martillando con furia.
—Tenemos que hablar —le dijo Martín sin rodeos.
Julián dejó caer el martillo y nos miró desafiante.
—¿Qué pasa?
—Sabemos lo tuyo con Verónica —dije yo, temblando.
Julián se quedó mudo unos segundos y luego se desplomó sobre un banco improvisado.
—No puedo más… —susurró—. Lucía ya no me mira igual desde que perdimos al bebé. Yo tampoco soy el mismo. Verónica es lo único que me hace sentir vivo…
Martín lo abrazó mientras yo lloraba en silencio. La familia perfecta era solo una fachada; todos estábamos rotos por dentro.
Esa tarde Julián le confesó todo a Lucía. Los gritos se escucharon hasta la esquina; Teresa lloraba desconsolada; mi suegro se encerró en su cuarto sin decir palabra.
El quincho quedó a medio construir durante meses. Nadie volvió a mencionar los sábados familiares ni las comidas compartidas. Cada uno se refugió en su propio dolor y sus propias mentiras.
Hoy paso por esa casa y veo el quincho vacío, cubierto de polvo y telarañas. A veces pienso si hice bien en no hablar antes o si debí quedarme callada para siempre.
¿Vale la pena sostener una mentira para proteger a quienes amamos? ¿O es mejor enfrentar la verdad aunque duela? ¿Ustedes qué harían si estuvieran en mi lugar?