Siempre fuiste capaz, mamá: El verano que me rompió el corazón
—Mamá, ¿puedes quedarte con los niños este verano?—. La voz de mi hija, Mariana, sonó urgente al teléfono, como si no tuviera otra opción. No era la primera vez que me lo pedía, pero esta vez sentí en su tono una mezcla de prisa y desapego que me dolió más de lo que debería.
Acepté sin dudarlo, como siempre. ¿Qué otra cosa podía hacer una madre? Así empezó mi verano en la casa de Mariana, en un barrio modesto de las afueras de Guadalajara. Llegué con mi maleta vieja y el corazón lleno de esperanza, creyendo que este sería el verano en que mis hijos finalmente verían todo lo que hago por ellos.
Los primeros días fueron un torbellino de risas y pequeños desastres. Emiliano, el mayor de mis nietos, me despertaba a las seis de la mañana saltando sobre mi cama improvisada en el sofá. Valeria, la más pequeña, lloraba porque extrañaba a su mamá. Yo corría de un lado a otro: preparando desayunos, limpiando manchas de jugo en el piso, lavando ropa mientras los niños peleaban por el control remoto.
—Abue, ¿por qué no tienes Netflix premium como en casa de mamá?— preguntó Emiliano un día, frunciendo el ceño.
—Porque aquí todo es diferente, mi amor— respondí, tratando de sonreír mientras sentía una punzada en el pecho.
Las semanas pasaron y Mariana apenas tenía tiempo para mí. Llegaba tarde del trabajo, cansada y con el celular pegado a la oreja. Apenas me miraba cuando entraba a la casa.
—¿Todo bien con los niños?— preguntaba sin esperar respuesta.
Yo asentía, tragándome las ganas de decirle que me sentía invisible, que necesitaba aunque fuera un abrazo o una palabra amable. Pero no lo hacía. No quería ser una carga.
Una tarde, mientras lavaba los platos, escuché a Mariana hablando con su esposo en la cocina:
—Mi mamá siempre puede con todo. No sé cómo lo hace. Ojalá yo fuera así de fuerte.
Sentí una mezcla amarga de orgullo y tristeza. Sí, siempre podía con todo. Pero nadie preguntaba si quería hacerlo o si estaba cansada.
El calor del verano era insoportable. Los niños se aburrían y yo inventaba juegos para entretenerlos: carreras de cucharas con frijoles, teatros improvisados con sábanas viejas. A veces me sentía feliz viendo sus caritas iluminadas por la risa. Pero por las noches, cuando todos dormían y yo me quedaba sola en la sala, el silencio me caía encima como una losa.
Recordaba mi propia infancia en Michoacán, cuando mi madre me abrazaba después de un día largo. ¿Por qué ahora yo no recibía ese mismo consuelo? ¿En qué momento pasé de ser hija a ser solo la abuela útil?
Un domingo, Mariana organizó una comida familiar. Vinieron mis otros hijos: Diego y Lucía. Todos hablaban entre ellos sobre sus trabajos, sus problemas, sus planes para las vacaciones. Nadie me preguntó cómo estaba yo.
—Mamá, ¿puedes servir más arroz?— me pidió Lucía desde la mesa.
Me levanté sin decir nada y serví el arroz mientras escuchaba sus risas y conversaciones ajenas. Sentí que era invisible en mi propia familia.
Esa noche no pude dormir. Me levanté y salí al patio trasero. El aire olía a tierra mojada y a jazmín. Me senté en una silla vieja y lloré en silencio. No por tristeza solamente, sino por la rabia de sentirme tan sola rodeada de gente.
Al día siguiente, Valeria se enfermó. Tuvo fiebre alta y Mariana no podía faltar al trabajo. Pasé toda la noche cuidándola, cambiando paños fríos en su frente y rezando para que bajara la fiebre.
Cuando Mariana llegó por la mañana y vio a Valeria dormida en mis brazos, solo dijo:
—Gracias, mamá. Sabía que podía contar contigo.
No hubo abrazo ni palabras dulces. Solo esa frase seca que sonó más a obligación que a cariño.
Esa tarde decidí hablar con Mariana. Esperé a que los niños estuvieran dormidos y me senté frente a ella en la cocina.
—Hija, ¿alguna vez te has preguntado cómo me siento yo?
Mariana levantó la vista del celular sorprendida.
—¿Por qué lo dices?
—Porque a veces siento que solo estoy aquí para ayudarles, pero nadie se preocupa por mí. Me siento sola, Mariana. Extraño cuando éramos una familia unida.
Ella guardó silencio un momento antes de responder:
—Perdón, mamá… No me había dado cuenta. Es que todo va tan rápido…
Vi lágrimas asomarse en sus ojos y sentí un pequeño alivio. Al menos por fin me escuchaba.
El resto del verano fue diferente. Mariana empezó a dejarme notitas en la mesa: «Gracias por todo, mamá», «Te quiero». Los niños me abrazaban más seguido y hasta Diego llamó para preguntarme cómo estaba.
Pero el dolor seguía ahí, como una herida vieja que nunca termina de sanar. Aprendí que el amor de madre y abuela muchas veces es silencioso e invisible; que damos todo esperando aunque sea un poco de reconocimiento.
Ahora que terminó el verano y volví a mi casa vacía en Michoacán, me pregunto: ¿Cuántas madres y abuelas viven así, entregando todo sin recibir nada a cambio? ¿Cuándo aprenderemos a ver el corazón cansado detrás de cada sacrificio?