¿Solo sirvo para ayudar? La historia de una nuera invisible

—¡Mariana! ¿Puedes venir un momento?— La voz de mi cuñada, Lucía, sonó urgente al teléfono, como si el mundo se estuviera cayendo a pedazos. Eran las siete de la mañana de un martes cualquiera, y yo apenas había terminado mi café. —¿Qué pasa, Lucía?— respondí, sintiendo ya ese nudo en el estómago que me acompaña cada vez que suena su nombre en la pantalla.

—Es mamá… se cayó en el baño. No puede moverse bien y yo tengo que llevar a los niños a la escuela. ¿Puedes venir a cuidarla?—

No tengo hijos. Esas palabras siempre flotan en el aire, como si fueran una explicación suficiente para todo lo que se espera de mí. Mi esposo, Andrés, ya se había ido al trabajo y yo tenía planeado avanzar con mis clases virtuales de diseño gráfico. Pero la culpa me apretó el pecho. —Claro, Lucía. Llego en veinte minutos.—

Así empezó todo. Una llamada, una petición imposible de rechazar. Me puse los primeros jeans que encontré y salí corriendo bajo el cielo gris de Ciudad de México. En el taxi, miraba por la ventana y me preguntaba si alguna vez podría decir que no sin sentirme egoísta.

Cuando llegué al departamento de mi suegra, la encontré sentada en el sillón, con la pierna vendada y los ojos llenos de lágrimas. —Ay, Marianita, qué pena que te molesten por mi culpa— murmuró ella, bajando la mirada. Le sonreí, tratando de ocultar mi propio cansancio.

—No es molestia, doña Rosa. Estoy aquí para ayudar.—

Pero sí era una molestia. No por ella, sino por la sensación de que mi vida no me pertenecía del todo. Los días siguientes se convirtieron en una rutina agotadora: preparar su desayuno, ayudarla a bañarse, acompañarla al médico. Lucía venía solo por las noches, después de dejar a sus hijos con su esposo. Andrés llamaba para preguntar cómo seguía su mamá, pero nunca para preguntar cómo estaba yo.

Una tarde, mientras le cambiaba las vendas a doña Rosa, ella me miró con ternura y me dijo: —Eres como una hija para mí.— Sentí una punzada en el pecho. ¿Como una hija? ¿O como una empleada sin sueldo?

Las semanas pasaron y empecé a notar cómo mi propio mundo se desvanecía. Mis amigas dejaron de invitarme a salir porque siempre estaba «ocupada». Mis clases se acumularon sin entregar tareas. Mi madre me llamaba preocupada: —¿Y tú cuándo piensas vivir tu vida, Mariana?—

Una noche, después de acostar a doña Rosa, escuché a Lucía hablando con Andrés en la cocina:

—Menos mal que Mariana puede quedarse con mamá… Yo no sé qué haríamos si ella tuviera hijos o estuviera trabajando.—

Sentí rabia y tristeza al mismo tiempo. ¿Eso era todo lo que valía? ¿Mi tiempo solo servía porque no tenía hijos ni un trabajo «de verdad»?

Intenté hablarlo con Andrés esa noche:

—Siento que nadie ve lo que hago… Que solo estoy aquí para ayudar.—

Él suspiró y me abrazó rápido, como quien cumple un trámite:

—Es solo por un tiempo, amor. Además, tú eres tan buena con mamá… Nadie más podría hacerlo así.—

Pero ese «por un tiempo» se volvió meses. Doña Rosa mejoró lentamente, pero nadie más se ofrecía a cuidarla. Lucía tenía excusas: los niños, el trabajo, el tráfico. Andrés trabajaba horas extras para pagar las cuentas. Y yo… yo seguía ahí.

Un domingo por la tarde, mientras lavaba los platos después de la comida familiar, escuché a mi suegra decirle a una vecina:

—Mi nuera es un ángel… No tiene hijos, así que puede estar conmigo todo el día.—

Sentí cómo se me quebraba algo adentro. ¿Eso era todo lo que veían en mí? ¿Un ángel disponible porque no tengo hijos?

Esa noche llamé a mi madre llorando:

—Mamá, siento que no existo más allá de lo que hago por ellos.—

Ella guardó silencio unos segundos y luego me dijo:

—Hija, nadie va a poner tus límites por ti. Si tú no te cuidas, nadie lo hará.—

Al día siguiente decidí hablar con Lucía y Andrés. Temblaba mientras preparaba el café.

—Necesito hablar con ustedes— dije firme cuando llegaron.

Lucía me miró sorprendida; Andrés parecía incómodo.

—He estado cuidando a doña Rosa porque la quiero y porque entiendo que es difícil para todos… Pero también tengo derecho a mi vida. No puedo seguir haciéndolo sola.—

Lucía frunció el ceño:

—Pero tú no tienes hijos ni trabajo fijo… Nosotras sí.—

Sentí ganas de gritarle que mis sueños también valen. Que ser mujer no significa sacrificarme siempre por los demás.

Andrés intentó mediar:

—Podemos buscar una enfermera unas horas al día… Pero Mariana, entiende que mamá te necesita.—

Me levanté de la mesa y los miré a los dos:

—¿Y yo? ¿Quién me necesita a mí? ¿Quién se preocupa por lo que yo quiero o necesito?

El silencio fue tan pesado como una losa.

Esa noche dormí en casa de mi madre. Lloré hasta quedarme dormida pensando en todas las veces que dije sí cuando quería decir no.

Con el tiempo aprendí a poner límites. A veces todavía siento culpa cuando digo que no puedo ayudar o cuando priorizo mis propios proyectos. Pero también aprendí que no soy menos mujer por no tener hijos ni menos valiosa por querer vivir mi propia vida.

A veces me pregunto: ¿cuántas mujeres en Latinoamérica sienten lo mismo? ¿Cuántas veces nos convertimos en las invisibles de la familia solo porque «podemos ayudar»? ¿Hasta cuándo vamos a dejar que decidan por nosotras?