¿Soy solo un cajero automático? – Mi lucha por recuperar mi vida tras años de sacrificio por mi familia

—¿De verdad, mamá? ¿Otra vez con lo mismo? —La voz de Lucía retumba en el salón, cargada de hastío. El eco de sus palabras me golpea más fuerte que cualquier jornada de limpieza en los hoteles de Frankfurt. Me quedo quieta, con las bolsas aún en la mano, el abrigo empapado por la lluvia sevillana y el corazón encogido.

Hoy he vuelto a casa tras ocho años trabajando en Alemania. Ocho años limpiando baños ajenos, fregando suelos hasta que las manos se me agrietaban y enviando cada euro a casa para que mis hijas no pasaran las mismas penurias que yo. Ocho años soñando con este reencuentro. Pero ahora, aquí, en el salón donde antes jugaban a las muñecas, solo siento frío.

—No es con lo mismo, Lucía —respondo, intentando que no se me quiebre la voz—. Solo quiero saber cómo estáis. Qué sentís. Si necesitáis algo…

—¿Necesitar? —interrumpe Marta desde la cocina, sin mirarme siquiera—. ¿Qué más podemos necesitar? Si ya lo tenemos todo. Gracias a ti, claro —añade con un deje irónico.

Me muerdo el labio. ¿Eso es todo lo que soy para ellas? ¿Un monedero ambulante?

Recuerdo cuando me fui. Lucía tenía doce años y Marta apenas nueve. Les prometí que volvería pronto, que todo esto era por ellas. “Mamá va a trabajar fuera para que tengáis una vida mejor”, les dije entre lágrimas en la estación de Santa Justa. Mi marido, Antonio, apenas me miró. “Haz lo que tengas que hacer”, murmuró, más pendiente del móvil que de mi despedida.

En Alemania aprendí a sobrevivir sola. Aprendí a callar cuando los jefes gritaban, a sonreír cuando los clientes me trataban como invisible. Aprendí a ahorrar cada céntimo para enviarlo a casa: para los libros de Lucía, para las zapatillas nuevas de Marta, para el recibo de la luz cuando Antonio se quedaba sin trabajo otra vez.

Pero nadie me preparó para esto: volver y sentirme una extraña en mi propia familia.

—¿Vas a quedarte mucho tiempo? —pregunta Lucía, sin levantar la vista del móvil.

—He vuelto para quedarme —respondo bajito.

Silencio. Un silencio espeso que lo llena todo.

Esa noche ceno sola. Antonio sale “a tomar algo con los amigos”. Marta cena en su habitación, viendo vídeos en el portátil. Lucía ni siquiera aparece. Me siento frente al plato de tortilla fría y pienso: ¿dónde están las niñas que dejé? ¿Dónde estoy yo?

Los días pasan y la rutina se instala como una niebla densa. Intento acercarme a ellas: les pregunto por sus estudios, por sus amigos, por sus sueños. Pero solo recibo monosílabos o miradas esquivas.

Un sábado por la tarde escucho risas en el salón. Me asomo y veo a Lucía con dos amigas. Hablan de viajes, de ropa cara, de fiestas en la playa.

—¿Y tu madre? —pregunta una chica rubia.

—Ahí está —responde Lucía encogiéndose de hombros—. Siempre igual, preguntando cosas raras. Como si no supiera que aquí todo va bien.

Me trago las lágrimas y vuelvo a mi cuarto. Enciendo el móvil y repaso fotos antiguas: las niñas en la feria de Abril, Antonio sonriendo junto a mí bajo los farolillos. ¿Cuándo se rompió todo?

Una tarde decido hablar con Antonio.

—¿Podemos hablar? —le digo mientras recoge su chaqueta.

—¿Ahora? Tengo prisa…

—Por favor —insisto.

Suspira y se sienta en el sofá.

—¿Qué pasa?

—No sé qué hago aquí —confieso—. Siento que no pertenezco a esta casa. Que solo sirvo para pagar facturas.

Antonio me mira como si no entendiera nada.

—¿Y qué esperabas? Has estado fuera casi una década. Las niñas han crecido sin ti. Yo he hecho lo que he podido…

—¿Y tú? ¿Tú también me ves así? ¿Como un cajero automático?

No responde. Se levanta y sale dando un portazo.

Esa noche no duermo. Repaso cada sacrificio, cada cumpleaños perdido, cada llamada rápida porque “tenían prisa”. ¿De verdad todo ha sido en vano?

Al día siguiente encuentro a Marta llorando en su habitación.

—¿Qué te pasa? —pregunto sentándome a su lado.

Ella duda un segundo antes de hablar:

—No sé… Me siento rara contigo aquí. Como si fueras una invitada…

Le acaricio el pelo como cuando era niña.

—Yo también me siento así —susurro—. Pero quiero cambiarlo. Quiero volver a ser tu madre, no solo la señora que manda dinero desde lejos.

Marta me mira con los ojos llenos de lágrimas.

—¿Por qué te fuiste tanto tiempo?

La pregunta me atraviesa como un cuchillo.

—Porque quería daros lo mejor… Pero ahora veo que os perdí por el camino.

Nos abrazamos y lloramos juntas por todo lo perdido.

Pasan los meses y poco a poco intento reconstruir los puentes rotos. Me apunto a clases de costura en el centro cívico del barrio; allí conozco a Carmen y a Pilar, otras mujeres que han vivido historias parecidas. Compartimos cafés y confidencias sobre hijos distantes y maridos ausentes.

Un día Lucía llega tarde y la espero despierta.

—¿Dónde estabas? —pregunto suavemente.

Ella me mira desafiante:

—No soy una niña.

—Lo sé… Solo quiero saber si estás bien.

Lucía suspira y deja caer la mochila al suelo.

—A veces pienso que no te conozco —admite bajito—. Que eres como una tía lejana…

Me acerco despacio y le cojo la mano.

—Podemos empezar de cero si quieres…

Por primera vez en meses, Lucía no aparta la mirada. Asiente despacio y se va a su cuarto sin decir nada más, pero sé que algo ha cambiado.

Antonio cada vez está menos en casa. Un día descubro mensajes en su móvil con otra mujer: palabras cariñosas, promesas de escapadas juntos. El mundo se me viene abajo otra vez.

Le enfrento esa noche:

—¿Quién es Laura?

Antonio no niega nada. Solo dice:

—No sé si esto tiene arreglo…

Me siento vacía pero también extrañamente libre. Por primera vez en años pienso en mí misma: ¿qué quiero yo? ¿Quién soy más allá de madre y esposa?

Empiezo a salir más con mis nuevas amigas; voy al cine sola, paseo por el río al atardecer, redescubro Sevilla con ojos nuevos. Poco a poco recupero pedazos de mí misma que creía perdidos para siempre.

Las niñas empiezan a buscarme más: Marta me pide ayuda con un trabajo del instituto; Lucía me pregunta si quiero acompañarla de compras al centro comercial. No es fácil ni rápido, pero algo se va recomponiendo entre nosotras.

Una tarde cualquiera, mientras tomamos café en la terraza, Marta dice:

—Gracias por volver, mamá.

Lucía asiente en silencio y me sonríe tímidamente.

Miro el cielo azul sobre Triana y siento una paz desconocida desde hace años. Sé que queda mucho por sanar, pero también sé que ya no soy solo un cajero automático ni una sombra en mi propia casa.

A veces me pregunto: ¿cuántas madres hay como yo en España? ¿Cuántas mujeres han dado todo por los suyos hasta olvidarse de sí mismas? ¿No merecemos también ser vistas, escuchadas… queridas?