Un fin de semana con los suegros: ¿Solo soy la sirvienta en mi propia casa?

—¡Mariana, ¿ya está listo el café?!— El grito de mi suegra, doña Carmen, retumba en la cocina antes de que pueda siquiera terminar de lavar los platos del desayuno. El aroma del pan dulce aún flota en el aire, pero yo solo siento el sudor pegajoso en mi frente y el cansancio acumulado en la espalda. Es sábado, pero para mí no hay descanso. Desde que Iván y yo nos casamos y nos mudamos a esta casa en las afueras de Puebla, cada fin de semana se ha convertido en una maratón de tareas domésticas y sonrisas forzadas.

—Ya casi sale, doña Carmen —respondo, intentando que mi voz no tiemble. Miro a Iván, sentado en la sala con su papá y su hermano, riendo fuerte mientras ven el partido del Puebla contra el América. Ni siquiera voltea a verme. Me pregunto si alguna vez se ha dado cuenta de que, cuando su familia viene, yo dejo de existir para todos menos para la lista interminable de cosas por hacer.

Mi suegra entra a la cocina sin pedir permiso y revisa la olla del café. —Te falta ponerle más canela, hija. Así no le gusta a don Ernesto —dice con ese tono que parece amable pero que siempre es una crítica disfrazada. Aprieto los labios y asiento. ¿Para qué discutir? Sé que nunca será suficiente.

Mientras sirvo las tazas, escucho a mi cuñada Lucía quejarse desde el comedor:
—Mamá, ¿ya le dijiste a Mariana que la salsa está muy picosa? Casi ni puedo comer.

Me trago la respuesta que arde en mi garganta. ¿Por qué nadie agradece? ¿Por qué nadie ayuda? Me siento invisible, como si solo fuera una sombra moviéndose entre platos sucios y ollas calientes.

Cuando por fin me siento a la mesa, Iván ni siquiera me mira. Está demasiado ocupado discutiendo con su papá sobre el penalti que no marcaron. Yo mastico en silencio, sintiendo cómo la rabia y la tristeza se mezclan en mi estómago.

Después de comer, recojo los platos mientras escucho las risas desde la sala. Mi hija Sofía me sigue con su muñeca en brazos.
—Mami, ¿puedo ayudarte?

La miro y sonrío débilmente. —Claro, mi amor. Pásame esas cucharas.

Sofía es la única que parece notar mi cansancio. A veces pienso que ella entiende más de lo que debería para sus seis años.

La tarde avanza entre charlas ajenas y órdenes disfrazadas de consejos. «Mariana, deberías limpiar mejor las ventanas». «Mariana, ¿no tienes otra servilleta más bonita para la mesa?». «Mariana, ¿por qué no preparas un postre como el que hacía mi mamá?».

En algún momento me encierro en el baño solo para respirar. Me miro al espejo y casi no me reconozco. ¿Dónde quedó la Mariana alegre que soñaba con tener una familia unida? ¿En qué momento me convertí en la sirvienta de todos?

Recuerdo cuando Iván y yo éramos novios. Él era atento, cariñoso, siempre preocupado por cómo me sentía. Pero desde que nos casamos y su familia empezó a venir cada fin de semana, algo cambió. Ahora parece más hijo que esposo.

Esa noche, mientras todos duermen, bajo a la cocina para preparar lo del desayuno del domingo. Siento un nudo en la garganta. Me siento sola, atrapada en una rutina que no elegí. Pienso en mi mamá, allá en Veracruz, que siempre me decía: «No te dejes pisotear, hija. Tu casa es tu reino».

Pero aquí no siento que tenga un reino. Siento que soy una empleada sin sueldo ni reconocimiento.

El domingo amanece igual: órdenes, críticas y risas ajenas. Cuando por fin los suegros se van por la tarde, Iván se recuesta en el sillón y prende la televisión.
—¿No vas a sentarte conmigo? —me pregunta sin mirarme.

Siento una rabia sorda crecer dentro de mí.
—¿Y quién va a limpiar todo esto? —respondo señalando la montaña de platos y vasos sucios.

Él se encoge de hombros.
—Pues hazlo mañana si quieres. Ya se fueron.

Me quedo parada unos segundos, sintiendo cómo las lágrimas amenazan con salir. Pero no lloro. No esta vez.

Esa noche apenas puedo dormir. Doy vueltas en la cama pensando si esto es lo que quiero para mi vida. Pienso en Sofía, en el ejemplo que le estoy dando. ¿Quiero que ella crea que así debe ser una esposa? ¿Que debe callar y aguantar?

El lunes por la mañana, mientras Iván se prepara para ir al trabajo, decido hablar.
—Iván, necesito decirte algo —mi voz tiembla pero no me detengo—. No puedo seguir así cada fin de semana. Me siento invisible, como si solo sirviera para atender a tu familia. Quiero que me ayudes o que al menos te des cuenta de lo que pasa.

Él me mira sorprendido, como si nunca hubiera pensado en eso.
—Ay Mariana, no exageres…

—No estoy exagerando —lo interrumpo—. Estoy cansada de sentirme sola en mi propia casa.

Se queda callado unos segundos y luego sale sin decir nada más.

Me quedo sola en la cocina, temblando entre miedo y alivio. Por primera vez dije lo que sentía.

Esa semana Iván llega más temprano algunos días y me ayuda a bañar a Sofía o a recoger la mesa. No es perfecto, pero es un inicio. El siguiente fin de semana le dice a su mamá:
—Mamá, deja que Mariana descanse un rato. Yo sirvo el café hoy.

Doña Carmen pone cara de sorpresa pero no dice nada más.

No sé si esto durará o si tendré fuerzas para seguir exigiendo mi lugar. Pero al menos ya no soy invisible para mí misma.

A veces me pregunto: ¿Cuántas mujeres viven así, callando su dolor para mantener la paz familiar? ¿Cuándo aprenderemos a decir basta sin miedo al rechazo?